2016/13 — La lujuria de la escritura

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"Yo no tengo la lujuria de la escritura. Escribir por escribir no vale la pena." Francisco Brines

 

Yo no tengo la lujuria de la escritura. Mire, donde yo escribo tengo la puerta entreabierta y por ahí entra la musa, que es una sombra, y por ahí sale; yo no la cierro, pero tampoco la abro de par en par. De eso estoy contento, porque escribir por escribir no vale la pena. Uno se puede equivocar… Yo creo que García Lorca o Gil de Biedma no tienen una obra extensa, pero no la necesitan. O sea, que para qué escribir mucho. Neruda, un poeta extraordinario, escribió demasiado.

 

Entrevista a Francisco Brines en El Cultural.

 

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—“Mi abuela murió en un campo de concentración”. Esta confidencia de Hanno a sus compañeros de oficina da pie a una cruel persecución. ¿Qué la desencadena?

 

—¿Pero usted ha leído el libro?

 

—Yo sí, pero los lectores no. Cuénteselo a ellos, por favor.

 

—Me resulta difícil, como autor, resumir el contenido…

 

Entrevista de Antonio Fontana a Erich Hackl en ABC Cultural.

 

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Escribe un folio todos los días del año. Se pone horario par ano perder el tiempo en internet: de 14.30 a 18.00. Más le agota. “No le puedo pedir nada más a la vida: me dedico a escribir y a leer. Puedo despertarme tarde, leer tres horas cada noche, ir al cine, tomarme el tiempo de leer tres periódicos en los bares del barrio, escuchar conversaciones…”. Se compara con un artesano que cepilla la madera cuando revisa los párrafos, “soy muy tiquismiquis, pero lo más bonito es corregir, rectificar como el sastre”.

 

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“Las palabras son gratis, pero algunas parecen caras y otras pura bisutería. La gente que no sabe escribir abusa de las caras. No me gustan los que creen que la literatura tiene que enaltecer la realidad. Hay palabras cursis que no forman parte de la vida real. Jamás me verás utilizar ‘estío’; me gustan las palabras de todos los días”, afirma. 

 

El autor define un buen texto como aquel que desprende un conocimiento del alma humana poniendo en juego un oído fino, una característica que cree que guarda relación con el estilo en el vestir: “Llevar muchas pulseras o pañuelos en la solapa es como si te pusieras muchos adjetivos”. Detesta los ‘pero sin embargo’ y los ‘y es que’. No usa ‘emociones’ porque “es infantil”. Afirma que escribir bien es difícil: “Hay rosas pedregosas y otras naturales, que permiten deslizarse por encima”.

 

Joana Bonet sobre Ignacio Martínez de Pisón en Cultura/s.

 

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Se tiende a destacar que esta novela fue finalista del National Book Award el año que lo ganó Pynchon con El arco iris de gravedad, pero no termina uno de entender lo que se pretende insinuar con eso. Acaso que de no haber coincidido con Pynchon Williams hubiera sido la justa ganadora; o quizás se esté sugiriendo que el premio debería haberse otorgado a este Estado de gracia.

 

Fran G. Matute sobre Joy Williams en El Cultural.

 

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Escribir un poema es manifestar que uno está vivo, que todavía piensa y siente, que existe y que resiste. Y que todavía anhela. Y que se propone recordar. Y eso, tan elemental, a veces lo ha sido todo para determinadas personas que se han sabido amenazadas, que se han visto en un peligro cierto, que han sido conscientes de que su nombre estaba escrito en la lista negra de los que van a callar para siempre.

 

Juan Marqués en Ahora.

 

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Ozick se estremece ante la posibilidad de que la novela se metamorfosee hasta quedar convertida en una variante del periodismo o del cine porque entonces, afirma, se perdería la manera más fiable de acceder al interior humano y todo sería caos y voces externas.

 

Pilar Adón en Ahora.

 

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Los editores lo saben, y ellos manejan el timón. Los escritores parecen saberlo también, aunque en este cambio climático no está del todo claro si los escritores son los elementos contaminantes o la lluvia ácida. The Guardian y The New York Times hacen sondeos entre los escritores. Geoff Dyer, apóstol de la nueva iglesia de la no-ficción, registra con fidelidad el signo de los tiempos: “durante una gran parte de mi vida como lector, las novelas me suministraban casi toda la nutrición y el sabor que yo necesitaba. Eran divertidas, me enseñaban psicología, conducta y ética. Y luego, gradualmente, cada vez más novelas dejaron de satisfacerme; o bien me daban cada vez menos de lo que yo necesitaba de ellas. La no ficción empezó a quedarse con más terreno y así fue como se aceleró el abandono de la ficción”. Otro mantra, esta vez del novelista inglés Will Self, en su reciente ensayo “La muerte de la novela (esta vez de verdad)”: “solamente porque estés paranoico no quiere decir que no vayan a por ti”.

 

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En su célebre manifiesto en forma de collage, Hambre de realidad, el crítico David Shields se proclama a sí mismo el Pablo de Tarso de la Nueva Era. Su hastío furibundo hacia los personajes y tramas inventados reclama una nueva iconoclastia. “Hay que dar pasos para asegurarnos de que nuestros textos sagrados queden del lado de los hechos y de que las escrituras no terminen en el callejón sin salida de la ficción”, nos dice. Y en otro pasaje: “Los creadores de personajes, en el sentido tradicional, ya no consiguen ofrecernos nada más que marionetas en las que ellos mismos ya no creen”. Pronto, promete su libro, seremos libres de esos cansinos artificios. Su cansancio es real, sin duda. Es el cansancio de millones de lectores. Es la fatiga y el escepticismo de miles de editores. Hambre de realidad no es ni mucho menos la única diatriba contra la invención literaria que puede leerse hoy en día. David Hare, poco después de dirigir la adaptación teatral de “El año del pensamiento mágico” de Joan Didion, otra apóstol temprana de la nueva religión, dijo públicamente: “Las dos palabras más deprimentes que tiene el idioma inglés son: ficción literaria”.

 

Javier Calvo en El Estado Mental.

 

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Lilian Ross, redactora de The New Yorker y amiga de Salinger, contó a The Guardian en 2010 que en una ocasión este le mostró una carta que le había escrito Hemingway mientras los dos combatían en la Segunda Guerra Mundial, en la que comentaba varios relatos inéditos que le había enviado Salinger. «Querido Jerry -encabezaba la misiva-. En primer lugar, tienes un oído maravilloso, y escribes con cariño y ternura sin ponerte cursi», añadía.

 

Xoan Tallón en El Progreso.

 

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Resulta difícil, extremadamente imposible, estar a la altura de la Historia constantemente. Casi a diario aparecen en los periódicos hitos históricos que colman las tertulias y los telediarios de sesudas reflexiones acerca de lo irrepetible de tal o cual evento concreto. […] La realidad parece convenir que la cotidianidad ha de recorrer caminos extraños que poco o nada tienen de cotidiano, y de ahí lo irrepetible de la historia, de cada evento histórico que se asoma a nuestras pantallas. ¿Cuál será el próximo hito de la Historia que me deparará el día? ¿Cómo habré de reaccionar ante la imposibilidad de que algo así vuelva a repetirse? ¿Qué comunidad de referencia he de escoger para cerciorarme de la trascendencia de este momento?

 

Carlos Fernández Barbudo en El Estado Mental.

 

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Es curioso, en cierto sentido, que más allá de los libros de Marx, Engels y otros “clásicos” de la censura, por decirlo de alguna manera, los dictadores argentinos hayan puesto especial énfasis en libros para niños. Así fue como, por ejemplo, se censuró un libro infantil titulado Cinco dedos, del Colectivo Libros para Niños de Berlín, cuya moraleja era clásica: “La unión hace la fuerza”. Pues fue prohibido por tener, según el decreto dictatorial, “finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica, propia del accionar subversivo”.

 

Cristian Vázquez en Letras Libres.

 

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Ven, vamos a llorar, que es tiempo, y además qué otra cosa podríamos hacer sino lo que mejor sabemos. Sin darnos cuenta nos hemos convertido en expertos del luto virtual, que viene a ser en la cultura posmoderna una evolución sentimental de la ética de la solidaridad. Qué hermosas lágrimas derramamos en las redes sociales, con qué dolorida emoción, con qué plasticidad simbólica, con cuanta elegancia moral. Si fuese verdad eso que dicen los pauloscoelhos acerca de que la energía positiva del mundo conspira a favor de nuestros buenos deseos, con la intensidad emotiva que desplegamos después de cada tragedia o de cada atentado podríamos encender una central eléctrica. Otra cosa no pondremos pero sensibilidad, toda. Ésta es la sociedad que mejor llora por las víctimas que no defiende.

 

Ignacio Camacho en ABC.

 

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Vivir es peligroso. Mi abuelo solía chincharme de niña con una broma que a mí no me hacía ni pizca de gracia: «La vida es peligrosa, Laura, nadie sale de ella con vida». Creo que la frase se la habría copiado a alguien. A Woody Allen, quién sabe. Claro que yo entonces no sabía quién era Woody Allen y que lo de “no salir con vida de la vida” se me quedaba grande, lejos, como los poemas de los piratas de Espronceda. Con el tiempo, mi abuelo cambió la frase porque me temo que se la gastaron. La sustituyó por otra que da un poco más de miedo: “Vivir es lo más peligroso que tiene la vida”.

 

Laura Ferrero en fronterad.

 

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Yo soy de los pocos críticos honrados que hay en España. Todo el mundo sabe que estoy loco, que me meto con Muñoz Molina y con gente así. A la gente le parece una locura porque todo el mundo está haciendo la pelota a todo el mundo todo el tiempo. Nadie se mete nunca con Muñoz Molina, ni con Vila-Matas, ni con ningún periodista cultural con poder, ni con ningún crítico.

 

Entrevista a Alberto Olmos en El Cultural.

 

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Tener 200.000 seguidores en Twitter es como tener 200.000 euros en el banco, enseguida se te pone esa cara como de poder dejar el Mercedes aparcado en doble fila si te da la gana. También puedes enviar tu capital (200.000 euros o 200.000 seguidores) contra alguien que te toque las narices o, simplemente, te caiga mal, a sabiendas de que encontrará al adversario indefenso. […] Otra ventaja del poder tuitero es que te publican libros, cualquier cosa que escribas, porque quizá un 7% de tus seguidores lo comprará y, con eso, ya venderás más que el finalista del premio Planeta.

 

Alberto Olmos en El Confidencial.

 

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Entre otras cosas, yo había empezado a beber de manera considerable, pese a no tener aún ni veinte años. Cómo me las arreglaba para beber tanto sin dinero todavía resulta un misterio incluso para mí, pero el alcohol barato era barato, y tanto de los políticos como de los “miembros de la hermandad deportiva” se esperaba que invitasen a copas a los periodistas. “¿Por qué no? —me decía uno de los gatos viejos—. Es una pequeña recompensa por el dudoso placer de su compañía.” Lintzie no era ni político ni promotor de boxeo, pero una tarde que paré a hacer una compra de última hora, me invitó a tomar una copa con él en Schmelinger’s, un bar del barrio que nunca se había tomado la molestia de disimular que era un ‘speakeasy’.

 

—Esto pelado —le dije.

 

—Yo invito —dijo Lintzie.

 

—Eso ya es otra cosa —dije.

 

Fatimas y besos, un cuento de John O’Hara.