2016/23 — “Esto sobra”

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"Ha editado mi original con maestría, un cuidado minucioso y un ojo implacable para la repetición, la pesadez y la continuidad. Me he encontrado con muchos “esto sobra” escritos en los márgenes." —Katharine Graham.

 

 

 

 

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Bob Gottlieb, con quien hablé de un libro por primera vez en 1978, se convirtió en mi editor cuando regresó a Knopf después de haber trabajado en The New Yorker. Ha editado mi original con maestría, un cuidado minucioso y un ojo implacable para la repetición, la pesadez y la continuidad. Me he encontrado con muchos “esto sobra” escritos en los márgenes. Incluso cuando se cargaba una historia —siempre por cuestiones de espacio, según él—, hubo pocas muestras de protesta por mi parte. Quizá lloré por las páginas caídas, pero él, Ev y yo teníamos siempre el mismo objetivo. Y en las ocasiones en las que pensé que había quitado algo esencial, Bob cedió generosamente ante mis argumentos.

 

Una historia personal. Sobre cómo alcancé la cima del periodismo en un mundo de hombres (Libros del K.O.) —Katharine Graham.

 

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Su originalidad como narradora comienza en el momento en que descubrimos que ni siquiera somos capaces de definir el género de su obra. El fin del ‘homo sovieticus’ no es una novela ni un libro de relatos, como tampoco puede considerarse sólo un libro periodístico. Propone un tejido polifónico de voces, testimonios reales entresacados de todos los rincones de la antigua Unión Soviética, para dar cuenta del paso del mundo comunista al capitalista. Pero no se limita a recoger una sucesión de entrevistas. Su objetivo es crear un retrato personal y profundo de cada uno de los entrevistados, para lo cual escoge desaparecer ella misma de la narración. No llegamos a saber cuáles son las preguntas que les dirige, ni las circunstancias en que dichos encuentros tienen lugar: es el propio testimonio el que se erige en protagonista.

 

Juan Gómez Bárcena sobre Svetlana Alexiévich en buensalvaje.

 

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Los libros pueden tener su origen en los más variados sentimientos. Se escriben libros al calor de un entusiasmo o por un sentimiento de gratitud, pero también la exasperación, la cólera y el despecho pueden, a su vez, encender la pasión intelectual. En ocasiones, es la curiosidad quien da el impulso, la voluptuosidad psicológica de explicarse a sí mismo, escribiendo, unas figuras humanas o unos acontecimientos; pero otras veces —demasiadas— impelen a la producción motivos de índole más delicada, como la vanidad, el afán de lucro, la complacencia en sí mismo. En rigor, el que escribe debería dar cuenta de los sentimientos, de los apetitos personales que le han motivado a escoger el asunto de cada una de su sobras. El íntimo origen del libro que aquí veis se me aparece a mí mismo con toda claridad. Nació de un sentimiento algo insólito, pero muy penetrante: la vergüenza.

 

Introducción de Stefan Zweig a Magallanes.

 

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El trabajo tal como lo conocemos surge en la Revolución Industrial. Máquinas. Telares. Telares, siempre telares. El padre de Engels se hizo rico con la industria textil. La rebelión de los tejedores de Silesia. Los luditas. La red. La web. Herón de Alejandría ya descubrió la máquina de vapor en la antigua Grecia, pero los griegos (dice Jenofonte) despreciaban las artes mecánicas. Los romanos pudieron perfectamente haber descubierto la máquina de vapor. Si no lo hicieron es, probablemente (pero esto lo digo yo, no Yun Sun Limet) porque no estaban obsesionados con el tiempo… ¿O sí lo estaban? Había en Roma unos esclavos, llamados «esclavos de las horas», cuya misión era ir voceando las horas del día. Eran como relojes vivientes.

 

Andrés Ibáñez en ABC Cultural.

 

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En aquel momento trabajaba en otras dos obras Esta cara de la luna (1962) y Últimas tardes con Teresa. La primera de ellas tenía otro título: Las muchachas del Neckar, el río que pasa por Heidelberg, la universidad alemana a la que habían ido a ampliar estudios algunos de esos nuevos amigos, entre ellos Carlos Barral. Hoy, sin embargo, Marsé no autoriza la reedición de la novela porque no cree que tenga calidad suficiente.

 

Francesc Arroyo sobre Juan Marsé en Ahora.

 

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He leído con avidez La dificultad, de Tomás Abraham. La he devorado a pesar de sus casi quinientas páginas, dejándome arrastrar por la prosa magnética, por la profundidad filosófica y por el relato desgarrado de una vida que a veces parece un descenso a los infiernos. El libro, presentado como novela, es en realidad una autobiografía (más o menos anovelada) porque, como justifica el Yo —filosófico, redivivo— en las páginas finales “escribir no es vivir, ni revivir, por eso la autobiografía es un género de ficción, de inventiva, de creación” (p. 457). Valga la paradoja genérica y lo que me parece una de las más convincentes definiciones de la literatura (confesional) como hecho ficcional, casi a prueba de escépticos (y de teóricos).

 

Ascensión Rivas reseña La dificultad, de Tomás Abraham, en El Cultural.

 

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Vaya. ¿Y a quién puede interesar cosa tan voluntariosamente ecuménica y aséptica? Pues está claro: a “lectores, periodistas, editores, escritores, agentes literarios, autores noveles, libreros y todos los interesados en el mundo de la literatura hispanoamericana”. Es decir, a casi todos menos —obsérvese bien— a los críticos y gentes de su calaña, a los que si se les ocurre entrar en el local el dueño pondrá de patitas en la calle.

 

Uno se pone a mirar la lista de los autores o prisioneros de Zenda y se encuentra con que buena parte de ellos ocupan ya sendas columnas en los diarios y magazines españoles, escriben reseñas en los suplementos, hacen y deshacen en las secciones de cultura. Pero al parecer no es suficiente, y al terminar la faena les gusta reunirse en el Zenda para dejarse ver y, de vez en cuando, escuchar, intimidados, cómo el dueño, por cualquier fruslería, levanta la voz y recuerda a quien tenga orejas que él ha estado “en media docena de guerras civiles en Europa, África y América, así como en doce o quince de las otras”.

 

Glups.

 

Ignacio Echevarría en El Cultural.

 

—¿Abandonó algún libro por imposible?

 

—Sí. Abandoné la lectura de muchos libros, y cuando digo muchos son muchos. Sobre todo aquellos que leí inducido por alguna reseña ditirámbica de algún crítico patrio o no patrio. Hecho que me llevó a la triste conclusión de que o yo no sabía lo que era buena literatura o que lo más patético de los críticos, como ya señaló Ramón Gaya, no es tanto que se equivoquen y no entiendan, sino que entienden de una cosa que no comprenden.

 

Entrevista a Manuel Borrás en El Cultural.

 

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La consecuencia de ver una película para adultos que te anima a pensar y a estar en guerra con tus entrañas es que te envicias, y buscando lo mismo, vuelves al cine, esta vez acompañada de otro ser humano adulto, al que también le interesa este cine alemán de ahora mismo que está dispuesto a contar los pecados más vergonzosos de sus compatriotas: los que se cometieron al acabar la guerra.

 

Elvira Lindo en El País.

 

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Bien se ha dicho de los artistas que entre sus méritos podría contarse el de saber morir a tiempo, porque una muerte oportuna siempre potencia o consolida el impacto de la obra sobre la posteridad. […] Muerto a principios de los años setenta, Günter Grass habría pasado a la historia como un modelo de escritor comprometido; fallecido hacia el año 2000, ya con los Premios Nobel y Príncipe de Asturias en su haber (ambos le habían sido otorgados en 1999), su rótulo indudable habría sido el de máximo narrador de la literatura alemana de la segunda mitad del siglo XX. Pero bien entrada en la centuria actual, su figura era la de una especie de anacrónico dinosaurio, y su solo nombre amenazaba con opacar su legado artístico.

 

Marcelo G. Burello en Revista Eñe.

 

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«El silencio aquí es una cosa que incomoda. Si estamos en una mesa juntos y se hace el silencio, alguien tiene que decir algo porque siente un vacío. En África no. Allí siempre se aprecia el silencio». El autor [Mia Couto] define precisamente su literatura como un lugar donde «la palabra y el silencio tienen el mismo peso».

 

Entrevista de Berna González Harbour a Mia Couto en Babelia.

 

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—¿Cree que el libro ha dejado de ser el centro de la cultura, como en muchos sentidos lo fue durante siglos?

 

—Sigue siéndolo, todavía, para lectores irreductibles. Pero las negligencias aparatosas en los ámbitos de la enseñanza y las irresponsabilidades gubernamentales conspiran en su contra. En estos tiempos se ha producido una progresiva y empobrecedora concentración editorial, aunque es alentador ver cómo persiste la pulsión editorial: en todo el mundo (y desde luego en España) florecen pequeñas, excelentes y combativas editoriales, pequeñas librerías, microagencias literarias, en una batalla desigual, pero creo que de largo aliento.

 

Entrevista de Ramón González Férriz a Jorge Herralde en Ahora.

 

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En el borrador de una carta —ignoro si en su versión final permaneció el comentario—, Mercè Rodoreda anotó: «Ahora volveré a escribir, no diga a trabajar, porque aunque el escribir a veces mate, no lo considero un trabajo sino un verdadero placer». Un comentario sincero, quizá sufrido y cómplice, ya que la carta iba dirigida a otro escritor, poeta e intelectual de altura.

 

Joan-Pere Viladecans en Cultura/s.

 

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Como recuerda Isidoro Valcárcel Medina, las primeras palabras del Quijote no son “En un lugar de La Mancha” sino “Desocupado lector”, las que abren el prólogo, que, entre otras cosas, trata de las dificultades de escribir… un prólogo.

 

Javier Rodríguez Marcos en El País.

 

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Otra confusión del periodismo cultural es que hay quien cree que son las páginas donde se debe escribir “bien”. Ese escribir bien es la mayoría de las veces escribir muy mal: la prosa “literaria” en el peor sentido de la palabra. La mejor prosa del periódico está en todas las secciones: es la que explica bien las cosas. Si uno coloca el estilo por encima del contenido –incluso cuando sabe manejar ese estilo, lo que no es frecuente–, lo único que hace es mostrar que el contenido no es tan importante. (Existen grandes prosas barrocas en los periódicos, pero es mejor no poner el coche a doscientos cuando todavía no sabes si serás capaz de salir del parking.)

 

Daniel Gascón en Letras Libres.

 

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Unlike fiction, nonfiction is not a genre. It’s a headache. Compiling 100 great books of nonfiction in English takes the reader into a universe of titles unrestricted by the limitations of a canon or the strictures of critical theory. Anything goes – so long as it’s in English (once again, to keep things manageable, we have excluded translations).

 

Robert McCrum en The Guardian

 

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El catálogo es la firma del editor; tiene que mostrarse como si fuera la obra del editor. Los editores, por suerte, no escribimos, leemos mucho, pero no escribimos, y nuestro catálogo es nuestra obra.

 

Entrevista de Anna María Iglesia a Silvia Querini, editora de Lumen.