21. Olor de alfombra

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Mientras la anémona se comía al pez, empezando por el estómago, y este se iba doblando en uve mientras boqueaba y daba gritos mudos, dos seres aplastados que parecían una especie de charcos pero estaban vivos –en eso un delfín no se engaña nunca-, medio rodeaban a un cangrejo que miraba al suelo y mantenía sus pinzas delanteras cruzadas en actitud sumisa.

 

Y justo en el momento en que Piojo localizó la escena, una de las manchas habló.

 

¿Vive usted aquí?

 

Bueno, casi, por aquí cerca, dijo Cangrejo sobreponiéndose con rapidez al “usted”, un tipo de tratamiento del que no tenía noticia y tuvo que suponer era una especie de “tú”.

 

“Casi”, “cerca”… –imitó una de las manchas–. Cerca… pero no exactamente aquí –precisó.

 

No, no exactamente.

 

Pues de ahora en adelante tendrá que pedir permiso a la Autoridad para desplazarse más allá de donde vive –dijo una de las manchas.

 

Pero eso cómo se mide –tuvo todavía el valor de preguntar Cangrejo–. ¿Cómo sé yo dónde comienza y termina donde vivo… dónde es mi casa?

 

Entonces se produjo algo: El tiburón Alfombra se las arregló para dejar de parecer el charco estancado, disfraz bajo el que se camufla, y al tiempo le miró fijo con uno de los ojos que comparte con todas las demás especies de tiburón. Con todas. Y que los identifica más que la leyenda de sus dientes, más aún que las branquias a los lados o la aleta en la espina dorsal.

 

¿Su casa? –preguntó despacio, y pareció que no terminaba de comprender.

 

Al tiempo, Cangrejo y hasta Gamba 14 y Piojo, que aún no habían llegado, comenzaron a oler un tufo indescriptible, uno de esos olores que parecen delimitar un territorio con más eficacia que un muro de coral o los dientes en sierra de una barracuda. Un olor que no habían olido nunca, salvo Delfín, y este sólo un poco y desde lejos.

 

Y sobre la mirada de tiburón, ya inolvidable, los dos Alfombras –porque eran dos, y andaban en patrulla-, sobrepusieron otra, de policía, que también es universal y hasta en tierra firma se reconoce desde antes de nacer. Una mirada de policía de fronteras.

 

Cangrejo alcanzó a ver, intuir más bien, que ya se acercaba Gamba 14 y … ¡traía con ella al delfín que habían localizado arriba, jugando con las olas! Nunca había creído de verdad que lo fuese a conseguir. Y aunque era urgente que no se toparan con los dos Alfombra, a Cangrejo le urgía resolver una duda que le quemaba en la boca.

 

¿Autoridad? Qué es eso. Y quién es la autoridad a la que habrá que pedirle permiso para moverse…

 

Los tiburones le miraron esta vez con la suficiencia generosa y los ademanes lentos y perdonavidas del tiburón Tigre que les servía como modelo, también consustancial a la especie.

 

– A su debido tiempo –dijeron con ambigüedad funcionarial–. No se preocupe, sabrá que es ella cuando la vea.

 

Y como cada vez que hablaban, segundos después les alcanzó el olor que a Cangrejo le recordaba el de las explosiones nucleares. No tanto por el olor en sí –que no conocía, si él hubiese olido la explosión estaría muerto-, sino por los efectos que le habían contado.

 

Una vez en el pasado hubo una explosión nuclear, hacia el Oste, muy lejos, que empezó cambiando de hora el amanecer e hizo que el sol llegase desde donde nunca había llegado. Y hasta donde no había llegado jamás, lo más profundo del mar, donde los peces no tienen ojos porque para qué. Durante meses muchos peces murieron porque se les olvidó que tenían que comer o ya no sabían por dónde empezar ni por dónde había que meter la comida. Ningún pez volvió a aparecer procedente de aquel nuevo Este donde había nacido otro sol, como si alguien lo hubiese devuelto con violencia después del último crepúsculo. Sólo después de mucho tiempo, mucho, volvieron a llegar algunos peces o algo parecido, vacilantes, raros y atónitos porque los habían hecho mal. Todavía estupefactos, fueron poco a poco contando cosas que nadie se creyó, y entre otras cosas contaron de un olor que no se parecía a nada y que con sólo recordarlo se les torcían las tripas.

 

El asunto se terminó por olvidar, dado que nadie se creyó la historia, como se olvidan los cuentos para dormir. Y también porque la memoria de los peces, salvo el delfín, la ballena y el pulpo, y tal vez la raya, es más bien corta. Pero por alguna razón Cangrejo recordó aquel cuento olvidado al respirar el olor que desprendían los tiburones Alfombra. Puesto que no tenía una memoria precisa de la primera, le pareció que este olor era el indicio, el rastro, quizá la ruina de otra explosión.

 

Los tiburones Alfombra acababan de arrebatarle a la anémona naranja y verde el resto de su pescado boqueante, no sin antes haberle advertido sobre la inminente Autoridad a la que, en adelante, tendría que pedir permiso para poder cazar.

 

Y la anémona se había quedado más estupefacta que nunca. Ni siquiera movía sus tentáculos chillones para atraer a nuevas presas. ¿Permiso? ¿Autoridad? De qué estaban hablando…