22. El bikini apenas molesta entre los dientes

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Lo cierto es que ni los tiburones Alfombra lo hubiesen podido decir.

 

Pues la asamblea no había terminado y ellos se habían adelantado a las decisiones… si es que se llegaban a tomar decisiones y los tiburones no se perdían antes entre las palabras como ballenas que extravían el norte cuando sobreviven a una batalla con los balleneros. Los Alfombra estaban hartos de discursos. ¿Por qué discutían tanto si estaba claro lo que querían? Los bajos del mar para los tiburones Alfombra, las merluzas para los Martillo, las doradas para los Limón, los peces espada para los Tigre (que pudieran con ellos), los grandes criaderos de focas para los Toro, y los leones marinos para los tiburones Blancos… y también las playas.

 

Sí, las playas que embuten a los bañistas como a las sardinas en las latas eran lo mejor de todo. No hay bocado más refinado y exquisito que una mujer rellena que no se haya echado aceite bronceador y use bikini, pues a diferencia del traje de baño completo, el bikini apenas molesta entre los dientes, había explicado algún tiburón Blanco. Él se lo había oído a su padre, que a su vez se lo había oído…

 

Todo tiburón sabe –explicó que los hombres son un plato delicado y fino, mucho más que las doradas y que las focas. Sobre todo porque son escasos y difíciles de cazar… y porque tienen mucho peligro.

 

 

Pues cazar en las playas termina casi siempre en tragedia. El tiburón se queda enganchado a un sabor excepcional y a la adrenalina que suelta en la cacería, que sabe peligrosa. Se vuelve adicto a los gritos sangrientos del hombre víctima y sus congéneres, algo que no le pasa con ninguna otra presa. Sólo un poco, tal vez, con las ballenas, cuando la buena suerte les depara el cadáver de alguna. No gritan pero la carne es deliciosa y, sobre todo, tan abundante que no se puede acabar en un solo banquete, por muchos tiburones que vengan hay para todos.

 

Drogado por todo ello, incapaz de tomar otra decisión, el tiburón se queda en esas aguas con la intención de cazar a un hombre más, sólo uno más… y no hay nada que hacer, ninguna advertencia puede evitarlo. La tragedia ya no la para nadie: más temprano que tarde lo matan a él con arpones, cohetes o vete a saber. Los hombres tienen armas y son invencibles.

 

¿Por qué discutían? Además, sin mucho sentido. Como borracho por todas esas palabras nuevas, el tiburón Limón había subido el tono y, como en una orgía de sangre, cuando ya se come mucho más allá del hambre, Limón había perdido su sabiduría natural y soltaba todo tipo de palabras que iban engordando hasta integrarse en frases llenas de volúmenes y arabescos –Fronteras internas y externas, el enemigo exterior, la nación, ¡el Honor de la nación Tiburón!, el azul es nuestro…- que tenían el don de sembrar el entusiasmo y la inquietud entre los otros tiburones. Había cientos en la asamblea, quizá miles, y seguían llegando.

 

En fin, que desde hacía un buen rato no se entendía lo que quería decir Limón, en su discurso lleno de gemidos y entusiasmos, pese a que estaba claro el reparto: Las focas, las señoras gordas con bikini, y las doradas y las merluzas para los demás, según el rango. En cuanto a los Alfombra, que querían el suelo, su territorio desde siempre, lo mejor para conseguirlo era darlo por conquistado. Adelantarse a las Rayas, que por comprensibles pero disputadas razones también consideran suyo el suelo. Y que, primas hermanas de los tiburones, y de linaje tan antiguo como el de ellos, y quizá más aún en unos cuantos millones de años, lo reivindican desde siempre.

 

Fue así como los tiburones Alfombra salieron a patrullar y a notificarles a los habitantes de la planta baja del mar y el primer piso, por así decir, que ellos, sí, ellos con su aspecto de charco, ¿algún problema?, eran la nueva Autoridad. Aunque todavía no supiesen bien qué significaba esa palabra empleada por Limón en su discurso.

 

Somos la autoridad del mar, los jefes del azul, sus dueños, y hasta para pescar una almeja o visitar el valle vecino los demás nos tendrán que pedir permiso –había dicho Limón con una voz que parecía tener eco–. ¡Eso, exactamente eso es lo que significan las fronteras!

 

Y para que no hubiese dudas soltaron un poco de ese olor de reserva que los tiburones tienen para los grandes peligros –defenderse de los calamares gigantes, de las Orcas o de los hombres, llegado el caso-, y al que descubrían un nuevo uso. Bien administrado y sin necesidad de gastarse los dientes cuando aún no tenían hambre, ese olor, como el del Tigre, podía servir para reforzar la Autoridad. Y la frontera.