25. Lo que hacen los tiburones felpudo con los horribles

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Qué hacen reunidos, preguntó Felpudo.

 

¿Reunidos? –preguntó Cangrejo en voz baja. Eso mismo quería preguntar Gamba 14 pero la voz no le llegaba para hacer preguntas. Además la gamba había palidecido un poco más hacia la transparencia, de puro terror. Un miedo inútil porque a efectos prácticos los tiburones ni la veían.

 

Las reuniones están prohibidas: requieren permiso previo –dijo Felpudo con característica indiferencia policial a las preguntas de otros.

 

¡Pero si no estamos reunidos! –dijo Cangrejo. La presencia de Piojo y, por absurdo que resulte, también de Gamba 14, por alguna razón le infundía fuerzas. Y aunque no se atrevía a mirar a Felpudo o Moqueta a los ojos, ya no mantenía las pinzas de delante cruzadas, como la primera vez.

 

Están prohibidas –insistió Felpudo con el peligroso empecinamiento de los tiburones, más terco aún en los Alfombra–, y además requieren permiso previo de la autoridad.

 

Desde cuándo –intervino entonces Piojo.

 

¡Ah! ¡Está usted ahí! –dijo Moqueta–. Aunque el tiburón es algo miope –el olfato le llega más lejos que la vista-, era difícil creer que no hubiese visto al delfín, que le sacaba una cabeza.

 

Lo cierto era que Piojo había terminado por intervenir porque en realidad no entendía bien lo que decía Felpudo. Si bien podía entender la palabra “reuniones” –eso, cayó en la cuenta, era lo que estaba buscando: una reunión, una expedición de delfines-, no entendía la palabra “prohibidas” y tampoco todo lo que seguía: “… y además requieren permiso previo de la autoridad”. Ahí sólo entendía “y, “de” y “la”, en tanto que se le escapaba el significado de “requieren” y “permiso”, “previo”, y desde luego “autoridad”: ahí sí que nada de nada. Como si no fuese una palabra sino un gruñido… aunque los gruñidos podía entenderlos: ¿No era ese un poco el lenguaje de los Alfombra?

 

Piojo había intervenido porque, para su sorpresa, los Alfombra le caían mal. Y no por feos. Quién más feo que Ramón, y Ramón era su amigo. Aunque bien pensado movía los brazos con gran elegancia y hasta parecía que estaba bailando. Y bailaba con más gracia en todo caso que las payasadas que les obligaban a hacer a los delfines en el Acuario.

 

Por otra parte, aunque los Alfombra parecían charcos marinos, barro ambulante en medio del agua, ese barro se movía pese a todo con el gran estilo de los tiburones. Cuando quieren parecen pájaros de grandes alas llevados con suavidad por los vientos que viajan sobre los mares hacia alguna parte, con algún propósito.

 

Lo que no le gustaba era más sencillo y a la vez menos: No le gustaba la mirada de Felpudo y Moqueta, que parecían reírse de Cangrejo con la chulería que los feos despliegan ante los horribles. No le gustaba el gesto imperioso, sus movimientos sobrados… pero sobre todo no le gustaba el tono de voz. Aunque Felpudo y Moqueta tenían voces distintas, ambas compartían algo… Algo que Piojo terminó de precisar cuando preguntó qué significa “permiso” y qué significa “previo”. Entonces Felpudo y Moqueta soltaron una suerte de ladrido.

 

Piojo tenía un mal recuerdo de los del Jefe, el mastín camboyano que ayudaba a Jonás a que los delfines no se saliesen de la vía, cuando nadaban en formación marcial en el Acuario, o impedía que algún analfabeto del público les tirase chocolatinas. Por lo general el perro se mantenía en la orilla pero si era necesario saltaba al agua y les ladraba a los peces como si fuesen sordos, lo que a los delfines suponía una verdadera tortura. Al público le hacía gracia, como si fuese un número del espectáculo. Y ahora que lo pensaba, se dijo Piojo, quizá lo fuese.

 

Lo de Felpudo y Moqueta era un ladrido o una especie de tos enferma, y Piojo ya supo qué era lo que no le gustaba. Esos dos tipos no sabían reír, lo mismo que les pasaba a Ben y a Silvia en el Acuario. Eso, claro, eso era lo que no le gustaba. Para un delfín, si alguien no sabe reír, casi seguro que tampoco sepa vivir.

 

¡No sabe lo que es permiso! –le decía Felpudo a Moqueta–. Es una palabra que nos hemos inventado… –le explicó a Piojo entre risas, como si la palabra tuviese un poder cómico desconocido– y no saberla le puede costar la vida.

 

Sí… ¡y el peligro aumenta porque todavía no sabemos muy bien qué quiere decir! –mascó Moqueta de una forma confusa porque se mezclaba con eso que no se sabía si era risa o ladrido.

 

¿Por qué usan “le” y no “te”?, se preguntó de nuevo Piojo: “No saberla le puede costar la vida”. Ese “le” le molestaba.

 

Arriba la luna parecía haber crecido porque ahora se veía casi tanto como de día. Incluso un poco más pues la falta de olas dejaba de crear las sombras móviles que viajan por dentro del agua y le dan vida al mar y hasta un aire de fiesta. El mar, sin sombras, crecía por dentro hasta parecerse a un gigantesco acuario en una penumbra tranquila de tarde de domingo. Cuando la fiesta ha terminado y en el de los Siete Mares los espectadores ya se habían ido…

 

E igual que allí, comenzaban las pesadillas. El pez capturado por la anémona había dejado de boquear, ya convertido en una espina de pescado con cabeza y cola. Pero un poco más allá otra anémona, esta azul eléctrico y amarilla, había capturado a una serpiente de mar, negra como un erizo, que se retorcía como si pudiese defenderse contra esas mil esporas de veneno anestésico. Y un poco más allá un prepotente rodaballo gris se comía de un bocado a un pequeño Espalda Verde aguamarina que se había distraído. Un tipo de ataque violento y arbitrario que Piojo apenas había tenido oportunidad de ver, antes de que matasen a su madre y le capturasen a él, y al que en todo caso se había desacostumbrado. La vida no era fácil, en el Acuario, pero por lo menos nadie se comía a nadie, y menos a mansalva: Ahí estaban Jonás y Jefe, para proteger a los más débiles. En el Acuario todo pez costaba dinero y entrenamiento –salvo Ramón, que se había colado y no le hacían mucho caso- y la vida salvaje estaba proscrita.