29. Necesidad de las tormentas

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Fue como cuando a una noche estrellada la van cubriendo las nubes. A Piojo se le apagaron primero los ojos, que ocupó el gris de los días de llovizna. Gamba 14 pudo verlo con sus ojos un tanto alucinados porque, con una nueva confianza y hasta temeridad que le hubiese parecido delirio cuando veía en el delfín a un monstruo, se había agarrado con sus antenas a la comisura de su sonrisa para poder viajar a la velocidad que marcaban los dos tiburones-policía.

 

Sin embargo, Gamba 14 no le daba importancia a los cambios en la mirada de Piojo.

 

De hecho esa no era más que una de las muchas transformaciones en su vida que su pequeño cerebro blando apenas podía procesar. Así que ni el cerebro ni su mirada fija y negra le alcanzaron para ver la siguiente mutación, que en cambio sí impresionó mucho a Cangrejo: Piojo comenzó a endurecerse, a volverse más rígido.

 

Después de la alegría, lo que más caracteriza a los delfines es su agilidad de saltimbanquis. Su don natural para saltar a través de las olas como si hubiesen sido inventados para convertir las tormentas en fiestas y consolar a los náufragos, que los ven como una demostración de que la vida mereció la pena. Luego los náufragos se ahogan de todas formas pero mueren más tranquilos, y en sus ojos se llevan grabada para la eternidad el salto del delfín.

 

Pues bien: Piojo parecía envejecer con cada golpe de sus aletas mientras lo llevaban detenido. En viaje no usaba casi la cola, que era para los días de libertad. Y Cangrejo, que lo veía desde el suelo, hubiese jurado que hasta iba más despacio. Si lo sabría él, que seguía a la comitiva corriendo de lado más rápido de lo que podía. Pero no se podía permitir el riesgo de quejarse, para no llamar la atención de los tiburones, ni rezagarse. No podía perder al delfín bajo ningún concepto y dudaba que tuviese fuerzas para volver a encontrarle. La comitiva no había avanzado demasiado cuando ya Piojo parecía un delfín anciano. Triste. Se le veía encogido.

 

El invento de la Nación Tiburón y sus fronteras creó de golpe, como corresponde a toda revolución, necesidades urgentes que hubo que resolver a toda prisa. Y la primera fue la de montar cuartelillos para llevar detenidos a los que se atrevieran a cruzar sin permiso. Sin “salvoconducto”, como había dicho Felpudo.

 

Y ante la absoluta carencia de lugares semejantes -¿cuartelillos?… ¿en el mar?-, la que dio con la solución fue Plata, la barracuda: Tras pedir la palabra con voz cortante, con la autoridad que incluso allí le daban sus dientes, anunció a la asamblea que detrás de la hendidura a su espalda se encontraba una gruta, y en ella, sin duda, cabría un delfín. ¿Por qué no utilizarla de calabozo mientras un juez -otra creación urgente de la Revolución- determinaba la sanción por violar fronteras?

 

– Es que no he violado ninguna frontera –alcanzó a decir Piojo, con todavía una capacidad de indignación que también iba a perder.

 

– Bueno, pues entonces que sea por no llevar salvoconducto.

 

Los tiburones Alfombra no están hechos para pensar y, como cualquier policía, Felpudo y Moqueta agradecieron que otros lo hiciesen por ellos y les dijesen qué hacer. Además, quizá ellos dos solos no podían llevar al delfín en carne y hueso detenido ante la Asamblea de los tiburones, pues Piojo no lo permitiría… En cambio sí podían llevar la noticia de su arresto. ¿No era casi lo mismo?

 

Sólo una vez ante la cueva los tiburones Alfombra vieron que Piojo podía pasar por la hendidura, aunque muy justo y no sin dejarse unas raspaduras. También lo podían hacer Plata y Cangrejo… pero ellos no. Ellos -hicieron la prueba- se atascaban. Los tiburones Alfombra son más bien planos y anchos, como su nombre indica, y a Moqueta y Felpudo no se les ocurrió que, si se ponían de medio lado, quizá pudiesen pasar.

 

– No importa –dijo la barracuda con desprendida generosidad, vigilad vosotros la salida que nosotros nos encargaremos del trabajo poco lucido de la cárcel por dentro. Así podréis consagraros a la noble labor de custodiar los mares y defenderlos de cualquier posible enemigo exterior.

 

Ese del enemigo exterior era un nuevo concepto y, como les gustó, tanto como lo de la noble labor y el idioma lleno de modales elegantes de las barracudas, Felpudo y Mofeta aceptaron.

 

Al principio Piojo no vio nada, un principio que se prolongó algún tiempo. Luego algo de luz se fue filtrando hasta su conciencia, aunque hablar de luz, allí, no dejaba de ser un lenguaje poético. Y después se sintió tan mal que, pensó, sin duda tenía que haber muerto.

 

La policía le había llevado a una cueva bajo el mar que, comprobó pronto, era más grande que cualquiera de las piscinas del Acuario. Pero estaba bajo el mar, y éste, bajo tierra. Era una gruta submarina.

 

Primero Piojo se sintió muy humillado al tener que pasar ante la asamblea de tiburones casi firmes, en silencio, sin dar saltos. No había mirado a nadie pero había podido sentir sus miradas sobre él.

 

Cuando empezó a comprender sintió un pánico que le fue creciendo; él no podía permanecer siempre bajo el mar, como los peces normales. Él pertenecía al agua por naturaleza pero al aire por vocación, y era, por lo tanto, de ambos mundos. Tenía que salir y respirar y, sobre todo, ver la luna o las tormentas de cuando en cuando. Con toda la rapidez que le permitían sus huesos doloridos se lanzó hacia la superficie y, como temía pues le avisaron a gritos sus radares, se golpeó de inmediato contra un techo de piedra. Se hizo daño en la cabeza, su zona más delicada y rica, llegó a marearse.

 

Es difícil saber si los delfines sudan pero en ese momento Piojo sudó. Algo frío que se le paseaba sobre la piel desde la nariz hasta la cola, y regreso. Supo que prefería morir antes que permanecer allí sin poder subir a la superficie, que era, ahora lo comprendía, lo que le había mantenido en el Acuario y permitido resistir las órdenes estúpidas de Jonás y la mediocridad de los calamares… y también de Spiderdolphin y los otros delfines felices de dar saltitos tras un pito. Deseó también tener a Ramón cerca, que era lo otro que entonces le había ayudado a resistir. Pero en ese hueco en el fondo del mar, Ramón, su sabiduría, su inteligencia y bondad le parecían algo más bien soñado. ¿Sabría lo que le habían hecho? No era probable. La simple posibilidad de hablar con alguien parecía imposible.

 

– ¿No hay nadie más, aquí?, le preguntó a una de las tres Barracudas que custodiaban la rendija por donde le habían metido y que le observaban con la mirada de hielo.

 

– Si hubiese alguien más esto no sería una cárcel, contestó la barracuda, y cortó tajante cualquier otro intento de aproximación.

 

Así que Piojo quería morir…

 

Pero eso tampoco parecía tan sencillo.