32. El único animal al que le gusta el hambre.

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Algo realmente notable, lo del silencio, incluso en el medio del mar, porque justo al otro lado de la grieta se producía la agitación propia de las revoluciones al principio, cuando el impulso está hecho de entusiasmo y, sobre todo, la firme determinación de que ya nada siga igual.

 

En este caso la revolución iba bien lanzada. Los tiburones, constituidos en Asamblea Permanente, ya habían designado a los Alfombra policías del “suelo de la Nación”. O sea los fondos del mar, aunque al mando y supervisados por los Tigre, que es tras el Blanco el mayor guerrero, el tiburón más peligroso. Eso daba una idea de hasta qué punto se tomaban en serio lo de las fronteras. Y de forma que se viese que no era sólo una cuestión de fuerza bruta, para patrullar con ellos por los bajos del mar, cerca de las costas, habían nombrado también a los tiburones Tollo y Pejegato, los viejos rivales de los Alfombra. Unos y otros estaban dispuestos a arrebatarse el territorio tan pronto se diera la ocasión. ¿Una torpeza de los que mandaban?

 

– Tan sólo sana competencia –explicó Limón, que se había constituido en el ideólogo del nuevo estado de cosas–, no se vaya a creer nadie que tiene un territorio para él solo.

 

Y así con todo. Las discusiones sobre la ley de las fronteras se tomaba su tiempo y se iba enredando, pues no es lo mismo arañar que romper una frontera como si fuese una cuerda. O insultarla, cubrirla de injurias y amenazarla con el puño. De modo que mientras se ponían de acuerdo se nombró a unos tiburones viajeros, viajeros oficiales.

 

– Id a todas partes y desmentid el rumor de que los tiburones nos estamos organizando y vamos a declararle una guerra de conquista al resto del mundo –les instruyó Limón. Y a continuación soltó una risita (una de aquellas toses que un día llegará a ser risa), pero ese, por lo visto, es un ritual generalizado cuando se le da instrucciones a los embajadores.

 

Para elegir a estos había dónde escoger pues, en realidad, de las cerca de cuatrocientas tribus de tiburón, tan sólo media docena son peligrosas. Las demás no lo son más que el resto de los peces –salvo el pez Piedra, ese tiene más peligro que nadie-, y unos pocos son tan pacíficos como las ballenas. Esa fue la causa de que se acudiese a los tiburones Peregrino, también llamados Pez Sol porque viajan cerca de la superficie y se alimentan de plancton. El único inconveniente era que, al llevar la boca abierta como para tragarse el mar –parece que son los borrachos locales pero el agua pasa a través de ellos como un filtro y se alimentan de los residuos-, intimidan a los que no están informados.

 

No sólo ellos habían salido a patrullar. En realidad toda la población tiburón seguía navegando, como siempre, en su incansable empeño de mantener regulado el crecimiento demográfico y encauzado el movimiento de la población. Pero algunos, los nombrados por la asamblea, lo hacían de forma oficial.

 

Ese era el caso de Felpudo y Moqueta, que nada más recibir su nombramiento se dirigieron a la Estrella de Mar ya localizada antes. En adelante, le notificaron, tendría que rendir cuentas a la Autoridad por cualquier cambio de domicilio, por pequeño que fuese.

 

– ¿En adela-nte? –preguntó Estrella, que también tenía un lenguaje proporcional a sus movimientos.

 

– Bueno, sí –se impacientó Felpudo con la autoridad que da estrenar un cargo–: en adelante, en atrás, hacia un lado o hacia el otro.

 

Cierto, faltaba cierto rodaje pero se confiaba en que todo el mundo tuviese confianza en la nueva revolución, que suponía un adelanto, un progreso. El fin de la vida salvaje y de los territorios sin ley, ideal al que la mayor parte de los peces se plegaron con prudencia. Pero lo que nadie podía esperar es que –después del entusiasmo, ¡el azul es nuestro! y todo lo demás-, los problemas, en la revolución, comenzaran a surgir entre ellos.

 

Lo que parecía una discusión de detalle comenzó cuando, no lejos de allí, un tiburón Azul se comió una langosta y luego otra, y un Martillo que lo había visto se lo reprochó.

 

-Los tiburones Azules no coméis langosta– le dijo.

 

-¿Ah no? Desde cuándo.

 

Y no le faltaba razón porque desde siempre los tiburones Azules y casi todos los demás, aunque tuviesen sus preferencias como todo el mundo, se habían aliviado el hambre como podían y allí donde se encontraran. El único animal que le encuentra gusto al hambre es el hombre, y no vive en el mar.