37. ¿Tiburones blancos o sardinas?

0
331

 

No estaba lejos, y menos mal porque no es seguro que Felpudo hubiese seguido mucho tiempo a Cangrejo por el suelo del mar. Al tiburón le costaba ir tan despacio, aunque el cangrejo se esforzase en correr.

 

– Aquí está, –dijo al fin este. Se encontraban en un lugar más en sombra, disimulado por unos arrecifes de coral, y sin embargo se movió seguro. Y con la punta de las pinzas y una delicadeza de amante al comienzo se puso a quitar arena de un punto concreto. Se hubiese dicho que lo hacía grano a grano.

 

– Oye: si me has traído aquí para… comenzó a protestar Felpudo.

 

– ¡Yaestáyaestáyaestá! –le cortó Cangrejo en una sola palabra, y no sin cierto talento teatral se apartó un poco y con la punta de su pinza derecha señaló lo que parecía una piedra. Una piedra triangular.

 

Felpudo la miró con ojos duros y después recogió un poco los labios sobre los dientes, como hacen los perros cuando comienzan a enfadarse.

 

– ¿Y?

 

– Míralo.

 

Felpudo miró.

 

– Una piedra. ¿Y?

 

– No es una piedra. Mírala despacio.

 

– ¡Ya la he mirado despacio! –subió la voz Felpudo, de pronto consciente de que se estaba perdiendo los juegos.

 

– ¡Vale, vale! –exclamó Cangrejo y agitó las pinzas. Pero luego añadió con toda la persuasión de que fue capaz–: … Si la vuelves a mirar… si la vuelves a mirar verás que no es una piedra.

 

– Y si no es una piedra qué es, preguntó Felpudo mientras volvía a mirar. Hasta una Gamba habría notado que esa iba a ser su última pregunta.

 

– Un diente.

 

El diente tenía, a primera vista, las dimensiones de un pez mariposa. Adulto.

 

Felpudo miró a Cangrejo. Si era una broma, sería la última que los cangrejos tuviesen ganas de gastarle a los tiburones durante mucho tiempo.

 

Pero luego lo miró de cerca, primero con un ojo, luego con el otro, para lo cual tuvo que dar dos vueltas de sentido inverso, e inclinarse… y sí, con su mirada miope reconoció un diente. No era tan difícil, además, pues los tiburones, todos los tiburones e incluso los Alfombra, mudan de dientes como las serpientes cambian de piel. Con más frecuencia, incluso. Los tienen alineados en una segunda y hasta tercera fila, dispuestos a sustituir de inmediato a todo diente que caiga, por así decir, en combate.

 

Ahora bien: este era un diente gigantesco. Como si la serpiente se hubiese convertido en un dragón. A su lado, los propios dientes de Felpudo, un tiburón Alfombra que parecía un gran cocodrilo al que hubiesen aplanado un poco más con una inmensa piedra, a su lado sus propios dientes parecían de leche.

 

Felpudo miró a Cangrejo y no hacía falta ni que hablara. Quería la continuación.

 

– Es de un Megalodonte –dijo Cangrejo con sencillez, y no hace mucho que se le cayó.

 

Le parecía que con eso bastaba.

 

Pero no contaba con que la astucia de los tiburones es tan grande como su voracidad, pero su cerebro no está muy desarrollado y su memoria es corta. Nada que ver con la de los cangrejos y no digamos los pulpos.

 

– ¿Un qué? –preguntó Felpudo.

 

– Un Megalodonte –dijo Cangrejo con la frustración de quien tiene que explicar un chiste. Y se preguntó cómo hacerlo sin estropearlo.

 

– ¿Y? –preguntó de nuevo Felpudo en la que parecía su palabra preferida. Aunque allí en el fondo sí había oído el pequeño chasquido de una tuerca oxidada poniéndose en marcha.

– A ver, cómo te lo diría –dijo Cangrejo con la suficiencia de quien sabe lo que los demás no–. Al lado de un Megalodonte, los tiburones blancos parecen sardinas.