4. La boca del león huele a gacela

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Igual que un cangrejo, más gris que rosado, que había oído lo que decía Martillo en la asamblea de tiburones, sintiendo que se le erizaban los pelos del cogote. Un modo de hablar ya que, ese cangrejo al menos, no tenía ni pelos ni cogote.

 

Porque el cangrejo sabía que lo que decía el tiburón Martillo no era ninguna de las bravatas a las que tan aficionados son los tiburones. En eso se diferenciaba de los otros espectadores casuales de la asamblea: estrellas y caballitos de mar, tan narcisos que tienen poco tiempo para otras cosas que no sean ellos mismos, y los muchos y discretos peces pequeños que andan organizados en nubes. Parecen seguir caprichosos y súbitos bailes y en realidad esquían entre los rayos de sol para no llamar la atención de los tiburones.

 

Y no es que el cangrejo se hubiese encontrado fronteras en alguna otra parte, pues las fronteras no son en realidad una idea, no alcanzan ese rango. Es más bien algo con lo que uno se encuentra, un árbol caído en el camino pero no derribado por un rayo sino por alguien. Eso es lo que las hacía atractivas a Martillo y, según se comenzaba a ver, a los tiburones, que daban giros más rápidos y vigilaban el mar con ojos de águila, viéndole nuevas posibilidades.

 

En cuanto al cangrejo, toda su vida había transcurrido en el espacio de una pequeña laguna alrededor de esa roca en forma de casa bajo la que se permitía asomar un ojo. Desde ahí veía un cielo de siluetas de tiburón recortándose contra el sol como cientos de bombarderos a punto de soltar una carga letal. Y sabía que no viajaría mucho más antes de morir: la idea de Martillo no le iba a afectar demasiado.

 

¿Entonces? ¿Por qué le había prestado atención?

 

Pues porque sabía que, sin afectarle, le iba a afectar. Igual que a todos: a los salmones y otros peces viajeros, desde luego, pero también a todas esas bandadas de sardinas de plata, y a los peces Payaso, que no se alejaban nunca de su anémona, y las gambas y otros peces de colores. Se creían a salvo porque el tiburón no iba a abrir la jeta para morder en algo que no llegaría ni a molestia entre dos dientes. De algún modo, sin embargo, Cangrejo sabía que la ocurrencia de Martillo terminaría por alcanzarles. Salvo el plancton, que ya bastante tiene con ser el alimento de las ballenas y qué frontera más radical que la vida y la muerte, todos los demás serían alcanzados por la idea; así la llamaba aunque no lo fuese.

 

Ni siquiera se paró entonces a averiguar por qué lo sabía.

 

No importa: lo sabía y de momento lo que le agobiaba era cómo avisar. Dar la voz de alarma. No podía gritar porque, aparte de que los cangrejos son casi mudos y su tono de voz no llega ni al susurro, no convenía llamar la atención de los tiburones. Que son exhibicionistas, como todos los musculosos, pero no estúpidos. Ni siquiera los tiburones Martillo, con su aspecto de ser otro error de la naturaleza.

 

Y además… ¿qué significaba dar la alarma?

 

Alarma… ¿para quién?

 

¿Y cómo podría darla? “¿Oíd: los tiburones se proponen crear fronteras?”.

 

¿Fronteras? ¿Qué era eso? Ningún pez que Cangrejo conociera sabía qué era eso. Ni siquiera las ballenas. Las ballenas menos que nadie. Las ballenas le dan la vuelta al mundo una vez al año.

 

El que sí lo sabía, y lo sabía muy bien, era Piojo, el delfín más cercano a esas aguas, que nadaba lo más rápido que podía para alejarse.

 

Aunque no de los tiburones. Piojo no recordaba más que a una pareja de tiburones pequeños que llevaron al acuario. Unos tipos silenciosos a los que bautizaron como Ben y Silvia pese a que eran dos machos, para que el público los sintiera amigos. Tenían diferencias en los grises y el blanco lechoso de la barriga pero compartían un aire de familia en la mirada: el uno la tenía estúpida, el otro aviesa. Acaso es lo mismo.

 

Terminaron llevándose a Ben y a Silvia a otra parte porque en los días de lluvia se ponían belicosos y no hubo modo de que aprendieran a hacer nada –ni saltar, ni cantar, y mucho menos bailar, ni siquiera con clases particulares después de la última sesión con público. Piojo los habría reconocido de todas formas pues los delfines nacen ya sabiendo quiénes son los tiburones, lo mismo que las gacelas ya saben al nacer que la boca de un león no huele a león, sino a gacela.

 

Si el delfín nadaba como una lancha motora era porque quería alejarse cuanto antes de la reja que separaba la tercera de las piscinas del acuario del mar abierto por el que circulaban gaviotas y barcos, a lo lejos, dibujando nubes de humo en el horizonte. Esa tercera piscina era el dormitorio de los delfines y durante mucho tiempo Piojo pensó que los habían instalado allí para que pudiesen verlo y se sintieran mejor: el mar ahí justo al lado, sosteniendo millones de estrellas en las noches de luna. A Piojo le parecía que el mar incluso se esforzaba en decirle algo a través de la rejilla. Se sentía agradecido.

 

Y también algo culpable por el privilegio pues todos los demás artistas del Acuario estaban en la primera y segunda piscina, desde las que sólo se podía intuir el mar en el agua salada.

 

¿No se sienten mal, los calamares, de no verlo?

 

El pulpo, buena gente, le mantuvo en la inocencia durante largo tiempo. Pero una tarde de mal humor los pulpos tienen una cuota alta del malhumor que produce la inteligencia y el idealismo en su permanente choque con la realidad ya se impacientó por la generosidad de Piojo.

 

Los calamares están encantados de no ver el mar –le dijo.

 

El delfín se quedó mudo un tiempo. Es cierto que el delfín es muy listo pero todo tiene un límite y hay ciertas cosas que desafían la inteligencia y aún la imaginación.

 

…¿encantados de no ver el mar?

 

¡Encantados! –manoteó el pulpo con todos sus brazos. ¡No les importa ni un alga, el mar!

 

Y… ¿por qué? ¿No es su casa, o al menos lo era? ¿No quieren volver?

 

E inconsciente por puro mal humor de la responsabilidad que contraía, Ramón hizo una de esas revelaciones de las que los profesores no siempre son conscientes:

 

¡Ya no! –Ramón tenía uno de esos días y se sentía escéptico y pesimista, y añadió: A los calamares les han teñido la tinta y se la han perfumado, están todo el tiempo vestidos de fiesta y ahora sólo quieren espectáculo. Le han escuchado tantas veces a Jonás [el jefe de pista del acuario] que son los calamares más elegantes del mundo, un espectáculo jamás visto en la Historia, que se lo han creído: ya no se sienten calamares.

 

Y si no se sienten calamares, qué se sienten –preguntó Piojo, incapaz de asimilar tanta información.

 

¡Pues qué va a ser! –exclamó Ramón– ¡Hombres!

 

Piojo miró a Ramón para ver si se estaba quedando con él. ¿Hombres? ¿Calamares hombres? Venga ya…

  

Y puso tal cara ante esa posibilidad que Ramón ya no tuvo valor para la siguiente revelación: si a los delfines les permitían dormir en la tercera de las piscinas, con sólo una fina pero sólida rejilla para que pudiesen ver el mar, era precisamente para que esa cercanía –podían tocar el mar, por así decirlo, pero no vivir en él les incrustase en el corazón la nostalgia necesaria para sus saltos. El público pensaba que eran alegres, altos, ágiles. Ni se le ocurría que si los delfines saltan tan alto en los acuarios es porque no soportan tanta nostalgia y están intentando escapar.