41. Una belleza tan antigua como los árboles

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Bien mirado –cosa que hacía Cangrejo gracias a que no iba rápido y a su punto de vista desde abajo, que es el que descubre más cosas-, en esos juegos eran más los tristes que los exultantes. Y no porque no se alegrasen por la victoria del tiburón de turno, que sí lo hacían, con espíritu deportivo cuánto más ejemplar que nadie les había enseñado las convenciones del juego caballeresco. Eran más los tristes porque se hacía evidente que ellos jamás triunfarían. Nunca llegarían los primeros. Nunca se comerían al último.

 

Al principio sí pareció que las carreras eran un invento divertido y progresista que superaba el canibalismo de siempre y en el que cada uno podía llegar a ganar y, lo que no era poco, sobrevivir al encuentro con un tiburón. Luego se vio que Limón y sus ayudantes –porque estaba claro que detrás de todo ello había un equipo ideando las grandes líneas del nuevo mundo-, luego se vio que se habían inventado las carreras porque, si se dejaba fuera al Pez Vela, y así lo dejaban, los tiburones iban a ganar siempre.

 

Y cómo no si el tiburón es un diseño ideado cuando había sólo dos continentes y ninguna vida sobre la tierra. Fue una belleza creada al tiempo que la de los árboles, las montañas o las cascadas: ya entonces los tiburones andaban por ahí, junto con los cocodrilos y las tortugas.

 

Nació casi perfecto, un pez ideal, y desde entonces todo ha cambiado, hasta los cocodrilos. Todo ha cambiado menos ellos. Quizá por eso los hombres han comenzado su exterminio. No es tanto la supuesta pasión por la sopa de aleta de tiburón, algo insípido que ni siquiera da sabor, sólo espesa el caldo, y compite en estulticia y brutalidad con la que busca en los huesos del tigre, los colmillos del elefante y el cuerno del rinoceronte –todos animales de una belleza superior- excitar vidas patéticas, existencias vacías y muy, muy aburridas que compiten en imaginación con la de las gambas.

 

En realidad, igual que los tiburones detestan a los delfines porque no soportan la superioridad manifiesta de su inteligencia y alegría, los hombres han comenzado el exterminio de los tiburones. Y no porque sean de verdad peligrosos o tengan hambre de sopa, sino porque, en un tiempo banal como tal vez ningún otro del pasado, no soportan su elegancia, sin duda indestructible y que sugiere la eternidad: ya dura cuatrocientos millones de años. Puede muy bien competir por ser la belleza más vieja que existe. No deja de ser sintomático que lo que le cortan a los tiburones, para arrojar luego el cuerpo al mar, sea la aleta: el símbolo de su diferencia manifiesta.

 

Pese a la estupefacción de los juegos y el entusiasmo de los bandos, poco a poco los otros peces se dieron cuenta de que nunca, nunca ganarían ninguna carrera. Ni siquiera las anguilas, que al ser largas se diría que llegan antes, ni tampoco los pulpos, cuyos tentáculos les impulsan como un sistema de reactores naturales. De acuerdo, siempre fue así. Pero ¿era necesario entonces que los tiburones lo subrayasen? La cortesía más elemental impide regodearse en las victorias, sobre todo las ineludibles.

 

Esa, esa era la melancolía que Cangrejo veía en los ojos y la actitud de los peces que iban quedando. E iban quedando menos: ya no se veían peces de acuario, por ejemplo, los peces amarillos y morados con aletas ondeando en torno como vestidos de noche o chales de divas de la ópera: la epidemia de la competición y de los campeonatos hacía terminado con ellos, al menos en esa parte del mar. Más que el peligro de ser devorados en cualquier momento, al que estaban acostumbrados pues nadie llega a viejo en el mar y a todos les cae un rayo un día bajo la forma de un pez más grande que simplemente se los traga, lo que los peces iban comprendiendo no sin tristeza era que las carreras establecían un tipo de fronteras entre ellos, hasta entonces desconocido: los que ganaban carreras y los que no. Todos los peces, salvo quizá, el Gran Blanco, las ballenas, el pez Piedra y algunos delfines, sabían que más tarde o más temprano un pez más grande se los terminaría por comer. Pero hasta la fecha nadie había hecho alarde de ello.

 

En todo caso Felpudo y Cangrejo se aprovecharon de ese fenómeno óptico de la hipnosis por competición para ir a visitar a Piojo sin que nadie les viera ni les diera el alto.

 

No fue fácil. No que no les viesen, que eso resultaba sencillo si se movían cuando se disputaban los campeonatos, o justo después o justo antes. Lo arduo fue conseguir llegar hasta el delfín y que despertase.

 

Estaba muy mal.

 

Agonizaba.