5 cosas por las que ha valido la pena seguir vivo esta semana (35)

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1.

 

La obra “Tumo II” (1979), de Tibor Hajas.

 

 

 

2.

 

La performance de Edith Dekyndt “One thousand and one night” (2017).

 

 

 

3.

 

El artículo Getting poorer while working harder: The ‘cliff effect’, de Susan R. Crandall para The Conversation sobre el así llamado “cliff effect”, o de cómo los trabajadores con bajos salarios son reticentes a ganar más dinero en sus trabajos pensando que esto en lugar de beneficiarles les resultará contraproducente y les abocará a unas peros condiciones de vida.

 

Un extracto:

 

“This problem is becoming increasingly urgent because dozens of states, cities and counties are enforcing higher minimum wages, and employers are voluntarily raising pay as well, including Target and Amazon. Some places, including Massachusetts and the cities of Minneapolis and St. Paul in Minnesota, are even phasing in $15-an-hour minimums.

 

But the reality is that even after some of the biggest minimum wage increases enacted at the state level lately, many families are not earning enough to pay for housing and other basic needs without help – for which they may no longer qualify. Several states, including Colorado and Florida, are seeking solutions.

 

This complicated and frustrating challenge is just one symptom of an overarching problem. In addition to boosting wages, it will take major policy changes, like making child care more universally available and affordable, to offset the skyrocketing costs of living for American workers.”

 

4.

 

El tema “Aquí ya no”, del grupo valenciano INC, de su último disco Campos de colores (2018).

 

 

 

5.

 

El artículo de David García CasadoUn clamor suspendido entre la vida y la muerte” para Campo de Relámpagos, sobre la binding tendency.

 

Un extracto:

 

“Decimos que la música está “viva” porque se pone en movimiento, articulando ondas de sonido que fluyen en varias direcciones, todas dirigidas por los movimientos físicos de los músicos. Podemos verlos mover sus manos al mismo tiempo que escuchamos el sonido. Es por eso que una actuación en “playback” nunca resulta tan satisfactoria como una actuación en vivo, y resulta hasta siniestra ya que por mucho que un intérprete esté entrenado para sincronizar sus movimientos con la música nos parece falso, como una ventriloquía, en la que siempre tenemos una sensación de desconexión entre los cuerpos en movimiento y el sonido que aparentemente generan. Un momento esquizo, suspendido, enunciado hermosamente por Deleuze y Guattari cuando escriben sobre “una miseria y una gloria célibes sentidas en el punto más alto, como un clamor suspendido entre la vida y la muerte, una sensación de paso intensa, estados de intensidad pura y cruda despojados de su figura y de su forma.”

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