5. Para qué viajar

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No lejos de allí, Cangrejo se estaba dando cuenta de que  su primera elección no había sido la adecuada.

 

Aún estaban los tiburones dando vueltas a veinte metros por encima cuando el cangrejo detuvo a un pez Payaso y quiso que lo acompañara debajo de la piedra.

 

¿Por qué me llevas allí?

 

Para contarte algo sin llamar la atención de los tiburones.

 

El pez Payaso sonrió y ahí se podía ver el origen de su nombre.

 

Ya. El cuento de lo bueno que estoy para cenar, ¿no?

 

El cangrejo lo miró ya con un comienzo de duda.

 

¿Tú has visto alguna vez a un cangrejo cenando a un pez Payaso?

 

Payaso, protegido por su anémona venenosa, no había visto ninguno (lo cual, dado que los cangrejos son imprevisibles, no quiere decir que alguna vez un cangrejo no se haya desayunado a uno), pero aun así insistió:

 

Los tiburones ni nos ven.

 

Separados no dijo el cangrejo, no sin misterio. Pero si nos ven hablando podría ser peligroso.

 

¿Pel-igroso? dijo el Payaso, como si le costase tan sólo pronunciar la palabra. Y el cangrejo tuvo que esforzarse en tranquilizarle y convencerle de la importancia de que hablasen sin que les viesen hablando.

 

Mas una vez allí no sabía cómo decírselo. No sólo que los tiburones habían decidido establecer fronteras en el mar, sino, sobre todo, qué consecuencias iban a tener esas fronteras.

 

Bueno, ¿y qué hay de malo? comentó Payaso cuando al fin se lo dijo.

 

Cangrejo dudó si se había explicado bien, pero el Payaso le  interrumpió.

 

Te he entendido, no soy tan tonto: que no vamos a poder ir a nuestro aire, adonde queramos, y que los tiburones van a hacer de porteros.

 

Sí, se puede decir así –dijo Cangrejo.

 

… ¿Y qué hay de malo?

 

¿Que qué hay de malo? repitió Cangrejo, de nuevo dudaba si había oído bien.

 

Sí –Payaso, serio, parecía más de broma que nunca: a fin de cuentas, ¿para qué viajar? Tú no te mueves de este pequeño valle, donde has nacido y morirás un día. Y yo no sólo no tengo fuerzas para ir lejos sino que además me falta curiosidad. Estoy muy bien aquí, y me protege mi anémona, venenosa para los demás. El mar tiene el punto perfecto de sal, de azul y de animación. La existencia, agradable salvo al final, parece un permanente carnaval con los amigos. ¿No se puede llamar a eso una vida entre fronteras?

 

Cangrejo necesitaba con urgencia un mensajero que llevase la noticia de la invención de las fronteras más allá de esa asamblea de tiburones, y ahí estaba el Payaso argumentando que para qué, si fronteras hay en todas partes. Su problema seguía.

 

No sabía cómo, a quién acudir. Y los tiburones no se iban. Ahí seguían, con el proyecto.

 

Aunque a decir verdad, quién sabe si un recién llegado a la asamblea la hubiese reconocido.

 

Porque ahora ya no se hablaba de fronteras. Ahora se hablaba del origen.

 

Porque en el Origen ya estábamos nosotros –decía alguien con una voz sabia y de púlpito–. En el Origen del Origen, cuando los mares aún no habían sido llenados del todo por las lluvias y los continentes ni habían comenzado a separarse… ya estábamos nosotros. En el Origen del Origen del Origen…

 

¿Y tú cómo lo sabes? –interrumpió desde la asamblea un tiburón Toro con insolencia juvenil.

 

No era curiosidad ni pasión por averiguar cosas nuevas (aunque los Toro son violentos no destacan por su inteligencia). Se había permitido interrumpir porque quien hablaba era un tiburón Limón, que son de los más intelectuales pero se les conoce mal porque nunca atacan y son tímidos como leopardos: apenas se dejan ver.

 

Lo mismo que lo sabes tú –dijo el tiburón Limón–, porque a mí me lo contaron los viejos, y a ellos, los suyos, y a esos otros…

 

Algo había comenzado a ocurrir con la asamblea de tiburones, que por cierto había crecido: vistos desde abajo, los tiburones ya no parecían bombarderos sino nubes de tormenta en el momento en que se cierran y dejan pasar pocos rayos de sol. Y no tanto porque estuviesen pegados sino porque de algún modo se movían con cierta cadencia, siguiendo las palabras del orador.

 

Porque en el Origen ya estábamos nosotros… –repetía.

 

¡Y las tortugas! –gritó el Toro de antes, con ganas de broma y de llamar la atención: todos los jóvenes son iguales. Pero algunos tiburones le miraron mal, y la mirada torcida de varios tiburones al tiempo ya impone cierta seriedad al más guapo.

 

Cierto: y las tortugas. Y no sólo las tortugas sino sus primos los cocodrilos… Los cocodrilos antes de que se retirasen a tierra a curarse las heridas, cuando los derrotamos, y se refugiasen en los ríos, donde se han terminado por conformar. Por lo que me cuentan, allí sus descendientes tienen que compartir ahora el territorio con los hipopótamos, los animales menos elegantes bajo el sol, y se dedican a cazar gacelas que bajan a beber a la orilla con toda la chusma de rinocerontes, y asnos pintados a rayas, y jirafas deformes, y las mujeres que van a lavar sin saber que sus vestidos amarillos, rojos y verdes las convierten en trofeos de feria. Los cocodrilos son grandes guerreros, como se ve.

 

Y el tiburón Limón, tímido y todo, soltó una tos por las branquias, o un asma, o un gemido, a lo que los demás respondieron con algo que se le parecía. Esos sonidos parecían ser los primeros estadios de lo que con el tiempo, después de un largo proceso evolutivo, pueda llegar un día a ser considerado risa. Quién sabe. Risa de tiburón. En cualquier caso bastó para, de nuevo, ponerle a Cangrejo los pelos del cogote de punta.

 

Es urgente hacer algo –pensó. Y asomándose bajo la piedra, buscó en torno, desesperado.