6. Los cangrejos gritan, pero no se les oye

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Y en torno no había nadie ni nada que pudiese acometer semejante empresa. Sus vecinos en la planta baja del mar no eran más que otros cangrejos –a cual más vago–, estrellas de mar durmiendo la siesta a todas horas, caballitos inmóviles mirándose en el espejo… Una vida y un vecindario en general pacíficos… de no ser por una familia de peces Piedra que eran los gamberros del barrio, y de unas anémonas también carnívoras. Pero sólo eran una novedad para los incautos que pasaran por ahí. Los vecinos ya les conocían y procuraban mantenerse alejados.

 

El cangrejo miró hacia arriba y en efecto vio a algunos peces que podían llevar a cabo la misión –merluzas o congrios, doradas…–, pero estos ni miraban hacia abajo. Hasta un atún pasaba por ahí de puntillas, por así decir, moviendo la cola con delicadeza para no llamar la atención de los tiburones que nadaban no lejos de la superficie.

 

Aunque ahora las merluzas y congrios se acercaban más de lo habitual. Y ello porque por alguna razón los tiburones mostraban una indiferencia inédita incluso a las doradas, que son su plato preferido y ello revela que no comen cualquier cosa, como se dice. También porque el sermón del tiburón Limón hasta conseguía indignarles.

 

¡Que en el origen sólo estaban los tiburones, las tortugas y los cocodrilos! –se extrañaba una merluza superviviente de más de cien emboscadas– ¡Por favor! ¡Y nosotras qué!…

 

Mejor no haber estado –pensó sin embargo la delicada compañera que viajaba con ella. Pese a que tenía una cara que asustaba a las medusas jóvenes y a los pulpitos, se daba perfecta cuenta de que en aquel mundo primitivo de tiburones, tortugas, cocodrilos y otros monstruos nunca habría podido alcanzar el tamaño que tenía.

 

A los otros peces les llamaba la atención la anomalía de que, por una vez, los tiburones les dejasen en paz.

 

¿Qué pasa? –preguntó algún caballito de mar con una delgada y aguda voz que parecía un trino.

 

Cangrejo pensó si el caballito podría… Nadie, salvo en los acuarios, repara en los caballitos de mar.

 

Pero como el caballito tenía un idioma de no más de veinte palabras –mar, tiburón, algas, espejo, caballita, dormir…– lo dejó estar.

 

Durante un buen rato el cangrejo intentó llamar la atención de los peces que pasaban por arriba. Gritaba, pero ya se ha dicho que los gritos de un cangrejo no llegan muy lejos. Si el cocinero ni siquiera oye los gritos de las langostas cuando las mete vivas en agua hirviendo…  Y aunque el cangrejo agitó sus pinzas, tuvo el mismo resultado que una hormiga moviendo de un lado a otro el pedacito de hoja que transporta. Ni siquiera el perro que mira sorprendido el desfile de hormigas cae en la cuenta de que eso podría ser una llamada de auxilio. O una proclama, un llamado heroico, y que el pedacito de hoja podría ser una bandera… Y si por casualidad se le ocurriese pegar la oreja a ver qué quiere la hormiga, lo más probable es que no la oyese. Y eso pese a ser perro y oír la respiración de su dueño a doscientos metros de distancia.

 

De pronto sonrió ante su suerte: pasaba no lejos un pez trompeta y pudo llamar su atención.

 

Con tu aspecto esbelto y gris –le dio coba Cangrejo con astucia de embajador– pueden tomarte por una barracuda y podrías llevar el mensaje a todas partes…

 

El pez trompeta le escuchó, pero cuando se dio cuenta de que en la expedición no había algas que chupar, declinó. Sabía de antiguo, además, que a las barracudas no les gusta que peces ridículos como los trompetas ni tan siquiera se les parezcan. Las barracudas reclaman una pureza de sangre que no entra ni a competir.

 

¡Pero si está en juego que podamos movernos con libertad! –le explicó Cangrejo.

 

Y a Trompeta ya no le hizo falta decir nada. En la mueca de su morro-aspirador de algas se podía leer: «¿Movernos? A qué tipo de movimiento te estás refiriendo. ¿A ese huir arrastrándose de medio lado y como a saltos que tenéis los cangrejos, y que os lleva como a cincuenta metros con mucho esfuerzo?».