8. El viento busca naufragios

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Cangrejo partió justo en el momento en que las nubes comenzaban a sangrar, lo que no sólo las teñía a ellas sino a la superficie del agua. La luz se filtraba en rayos tornasolados que caían desde lo alto en esa especie de parlamento en el que se desarrollaba la asamblea de los tiburones, mucho más alto que una catedral. Con la caída de la tarde las olas crecían como si de pronto les hubiese llegado agua asilada de otro mar en guerra y se buscase sitio con los codos. El viento volaba bajo, en busca de naufragios.

 

En la asamblea ya se había establecido para siempre que los tiburones vivían ahí desde que los océanos no terminaban aún de llenarse con el agua de la lluvia y los ríos. Al mismo tiempo que los cocodrilos, cierto, pero ya se había visto a dónde han ido a parar los cocodrilos: a asustar a las pobres campesinas de los ríos africanos. Los tiburones eran también tan viejos como las tortugas, pero éstas no servían para nada más que hacer una sopa exquisita. O sea que una vez establecido que la palabra tiburón quería decir lo mismo que origen –aunque no dijeron tiburón, dijeron Nosotros, y no dijeron origen, dijeron El Comienzo-, llegó con toda naturalidad, como resbalando sobre un tobogán de lógica, la siguiente idea:

 

Esto es nuestro.

 

Lo dijo el tiburón Limón, que desde tiempo inmemorial hace de portavoz del tiburón Blanco. Pues el poder del Gran Blanco, que atormenta las pesadillas de los pescadores, reposa tanto en su batería de dientes como en su silencio. No se sabe de poderosos que hablen mucho. Y ese “nuestro” flotó un tiempo en el agua de la asamblea como un regalo, un banquete en un caladero de atunes o una orgía en un criadero de focas en las costas de Suráfrica.

 

Ahora bien, ¿a qué se refería con “esto”? El “esto” planteaba todo un problema pues llevaba implícito un territorio y no se sabe que el mar tenga límites. Un mono al que persigue un leopardo, si tiene suerte llegará a tiempo de subirse a un árbol. (Mucha suerte). Pero una merluza localizada por un tiburón desde uno, dos o tres kilómetros de distancia, sabe que no tiene nada que hacer. Que no habrá nada que los detenga ni se interponga. La merluza no tendrá árbol al que subirse. Y el tiburón terminará por alcanzarla.

 

Y el que diga que un tiburón no puede ver a una merluza desde uno o tres kilómetros de distancia es que no es un tiburón. Ni una merluza: una merluza huérfana, o viuda, o de las que, perseguidas por un tiburón, tuvo la suerte (esa sí que de salir en los periódicos) de cruzarse con un banco de doradas.

 

Pues los tiburones prefieren las doradas a las merluzas, y ese es un gusto que no se les puede discutir. Las merluzas, que son esbeltas y se mueven bien, tienen la jeta más fea de todo el baile. A los únicos que no espantan son el pez Piedra, el Mero y quizá el pez Globo, más feos que ella dentro de su categoría social, que en el mar, como en todas partes, está definida por la riqueza y el músculo. El problema, nada original, es que a su vez las merluzas se sienten princesas.

 

Un equívoco en el que vale la pena detenerse. Las merluzas se sienten princesas, tanto o más que los tiburones, y ello es debido a que creen tener la sangre azul porque su carne es blanca y exangüe. Un equívoco que repiten los cocineros del mundo entero, habría que averiguar si sobornados. Pues en realidad esa carne blanca no significa sangre azul, como ha demostrado repetidamente la Historia, sino la triste agonía lenta de quienes no se mezclan.

 

Afuera estalla la tormenta y se crea el ambiente que a los hombres, en tierra firme y a veces también en los barcos y aviones, les hace pensar que alguien les está comunicando algo. No se sabe que los tiburones se pregunten qué hay más allá, más allá de la oscuridad y los abismos. Todavía es un poco pronto para preguntarse qué significa “esto”, pero alguien vuelve a preguntar:

 

“Nuestro”… ¿de quién? ¿De quién exactamente?

 

Esta vez la pregunta es de un tiburón.