9. El que quería cárcel para ser

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En el Acuario de los Siete Mares, cuando llovía, los calamares se hacían pequeñas plastas melancólicas en el fondo del segundo estanque, y Ben y Silvia, aunque fuesen dos machos, empezaban a lanzarse las pullas sordas que se lanzan los viejos matrimonios cuando ya están caducados. Las pullas parecían rebotar en sus ásperas pieles compuestas de millones de microscópicos cuchillos. Pero lo peor era que Jonás el encargado se ponía de muy mal humor por la cancelación del espectáculo, y se hacía el difícil con las sardinas de la comida.

 

Si no trabajáis tendréis hambre, aquí hay que trabajar para comer, decía, y otras cosas parecidas que repiten los patronos para bajar los salarios.

 

No había forma de convencer al público de que los delfines saltan lo mismo con sol que con lluvia. Al público le habían dicho que los delfines brillan al sol y eso era lo que quería ver. Y no está claro que a Jonás tan siquiera se le ocurriese otra posibilidad: Jonás, que se hubiese visto en problemas para recitar la tabla del ocho y no sabía que al tatatarabuelo del bisabuelo del padre de su ancestro se lo había comido una ballena, para después escupirlo –de hecho, no sabía casi nada de nada, era de los que creen que el objetivo de la vida es conseguir un estómago cuadriculado como una rayuela de niños, y que así se mantenga el mayor tiempo posible. Baste pensar que el delfín preferido de su acuario era Spiderdolphin, un delfín un poco límite al que no hacía falta ni premiar con sardinas para que saltase, bastaba con que Jonás, en pantalón corto, medio carbonizado por el sol y deslumbrando a las chicas con una sonrisa blanca que recordaba a la de los tiburones, anunciase la exhibición del… “¡ANIMAL MÁS INTELIGENTE DE LA TIERRA!”.

 

De modo que los delfines se sentían queridos sólo por su capacidad de brillo y no se necesitaba mucho, en los días de tormenta, para que comenzasen a cantar quedito una melodía que terminaba por poner de los nervios al más templado. En principio sólo los habitantes de los tres estanques, pero quién sabe si, a través de la reja, la melodía no llegaba hasta los delfines en libertad. Nunca se sabe.

 

El único que se mantenía impasible era Ramón, el pulpo. Se quedaba junto a la rejilla de la tercera piscina, la que conectaba con el mar, y miraba la tormenta. Era en esos días sin nada que hacer, con fondo de nubes enfadándose y con truenos, cuando Piojo y Ramón se libraban a largas conversaciones.

 

¿Cómo te capturaron? –preguntó un día Piojo, cuando ya había recuperado algo de la curiosidad natural de los delfines.

 

Si te lo cuento no me vas a creer.

 

Inténtalo.

 

– No me capturaron.

 

 

¿Lo ves? No me crees –dijo Ramón.

 

¿Y cómo fue eso? –preguntó Piojo, que sí le creía, su silencio era sólo de sorpresa. A esas alturas Ramón le había dado pruebas una y otra vez de que todo lo que decía se iba revelando cierto.

 

No me capturaron –dijo Ramón, y un brillo jugó en su único ojo sabio. En realidad, en el Acuario me metí yo de forma voluntaria.

 

Cómo.

 

Pues levantando la reja. Con mis tentáculos es fácil.

 

Pero… ¿por qué? –eso era lo que en realidad quería preguntar Piojo.

 

Eso es lo que no me vas a creer.

 

El delfín hizo un pequeño gesto de asentimiento con el morro, dándole ánimo.

 

Porque… porque quería ser un delfín. Y la única forma de serlo a mi alcance era dentro del acuario.