Diario de un madrileño de Brooklyn (2-7 de junio)

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2 de junio

Murió Lía. Me entero por un email del GC. Hacía años que no sabía nada de ella. Alguien me dijo hace tiempo que la había visto en silla de ruedas. Me apena la noticia, aunque no me sorprende demasiado. La muerte de su marido en 2013 fue un terrible revés para ella. Recuerdo que en aquellos días de duelo se la veía como ida, totalmente devastada por la pérdida. De pronto, al verla así, uno se daba cuenta -si es que no lo había percibido ya antes- de lo mucho que Isaías representaba en su vida. Lía fue siempre para mí Lía Lerner, o Lía a secas, pero en el ámbito académico se la conocía más como Lía Schwartz, especialista en Quevedo y una mandamás dentro del hispanismo. El obituario, si tuviera que escribirlo, debería incidir en ello, pero también en la gran pareja que formaba con su marido. Eran uña y carne. Uno y otro investigaban sin descanso, asistían regularmente a congresos y ejercían la labor docente con admirable dedicación. Se entendían los dos a las mil maravillas, aun manteniendo entre sí una gran independencia. Nunca, que yo sepa, publicaron nada conjuntamente ni se inmiscuyeron en el trabajo del otro. Eran personalidades muy diferentes, en cualquier caso. Mientras Isaías era indefectiblemente cordial, extrovertido y un gran conversador, Lía se mostraba mucho más reservada e incluso arisca con los extraños, seguramente por timidez. Desde luego she didn’t suffer fools gladly. Si alguien o algo le desagradaba, no se lo guardaba dentro. A Isaías, tan diplomático, las salidas de tono de su mujer le disgustaban, sobre todo cuando las hacía delante de personas fuera del círculo más íntimo. A mí esos prontos, debo confesar, me hacían mucha gracia. El número de necios en el mundo académico es, si no infinito, considerable. Lía tenía poca paciencia con los muchos cantamañanas del gremio, aunque a la hora de la verdad, en las aulas y con sus colegas, era afable y generosa. Y una magnífica docente. Sabía mucho y sabía transmitir su mucho saber. No la tuve de profesora, pero me queda el testimonio de algunos de sus antiguos alumnos, que la adoraban. Asistí también a alguna defensa de tesis. Lía era todo menos un ogro. En el tribunal solía ser la voz más ecuánime, además del miembro más magnánimo en el veredicto final. La profesora Schwartz, ya desde sus años juveniles en la Argentina, trabajó afanosamente por el hecho literario, dentro de la mejor tradición, que era la de María Rosa Lida de Maikel, tan parecida a ella en tantas cosas. El rigor en la búsqueda de fuentes, la lectura intertextual gracias a un perfecto dominio de las lenguas europeas y la vasta cultura afloraban en sus muchos estudios sobre Quevedo o sobre otros autores y asuntos relacionados con el Barroco español. Con su muerte, como la de George Steiner hace unos meses, va extinguiéndose esta estirpe de críticos, casi todos de origen judío, cuya mayor contribución ha sido glosar e interpretar los antiguos textos de la vieja Europa con la misma devoción que sus antepasados habían hecho durante generaciones con los textos rabínicos. No sé si los discípulos que deja recogerán su testigo. Ojalá. Por desgracia, en muchos departamentos de humanidades abundan cada vez más esos cantamañanas que sacaban de quicio a Lía y cada vez menos gente con su autoridad y prestigio para mandarlos callar.

4 de junio

Van amainando las protestas o, cuando menos, han pasado a ser marchas mayormente pacíficas. Aunque no del todo. Anoche hubo enfrentamientos entre la policía y los manifestantes en downtown Brooklyn; y en algunos casos, según dicen, los agentes se excedieron en las cargas y en los porrazos. Deben estar compensando por la negligencia de días anteriores. Ha habido muchos saqueos en Manhattan. La prensa conservadora, con el New York Post a la cabeza, carga contra el alcalde Bill De Blasio, a quien se le califica, con cierta hipérbole, como el peor alcalde en la historia de la ciudad. Desde luego su liderazgo estos días no ha sido ni muy eficaz ni muy vigoroso que digamos. Tampoco lo tenía fácil. Al final se ha quedado en tierra de nadie. La derecha republicana lo acusa de blando con los violentos y de haber permitido actos vandálicos en las primeras noches, mientras que la izquierda pide la inmediata dimisión del jefe de policía por el exceso de fuerza desplegado contra los manifestantes.

Es sorprendente el grado de agitación que se vive en la calle. Durante más de una semana la mayoría de las ciudades americanas se han visto desbordadas por miles y miles de manifestantes. Ha sido una explosión de rabia, de asco, de profundo malestar por parte de la ciudadanía. Supongo que el virus tiene parte de culpa. Han sido muchos días de confinamiento, a lo cual se suma el hecho incontrovertible de que un alto porcentaje de muertos se haya dado entre la comunidad negra. Se comparte un sentimiento claro de injusticia. Los números no engañan. La proporción de negros muertos por el coronavirus en todo EEUU triplica al de los blancos y está también muy por encima de latinos y asiáticos; y si por acaso ponemos el foco en algunos puntos concretos, como puede ser la capital del país, Washington, la diferencia entonces se dispara hasta llegar a seis negros por cada blanco muerto. Y lo mismo en algunos estados, como Kansas, donde la proporción es de 7/1. Las razones de tal disparidad parecen claras. La población negra sufre más que las demás de obesidad, de diabetes, de problemas cardiovasculares, sin contar con que muchos tienen un seguro médico precario o inexistente. El detonante de la revuelta está en esas imágenes aterradoras de Minneapolis, pero creo que desde hace tiempo vivíamos en medio de un polvorín. Y no solo por el racismo o la injusticia social. Va más allá. Los jóvenes, sobre todo los jóvenes, rechazan de plano la ideología reaccionaria del partido republicano, hipostasiada hasta el paroxismo por este grotesco personaje de cómic que es Trump. Las manifestaciones denuncian el racismo y la brutalidad policial, sí, pero también, creo, el cerril conservadurismo del gobierno actual: su crueldad, su falta de escrúpulos, su obscena venalidad, su apabullante estulticia. No hay que olvidar que nada más ser elegido Trump, ya hubo innumerables marchas pacíficas por las ciudades americanas. No es, por tanto, nuevo este movimiento, aunque sí mucho más virulento que entonces.

5 de junio

Me acabo de despertar. Es muy temprano. Apenas las seis de la mañana. Me dormí ayer leyendo una biografía de Napoleón III. Su figura histórica es fundamental para entender todas las dictaduras que han sucedido desde entonces. Trump querría ser otro Napoleón -aunque fuera el de pacotilla-, pero no pasa de ser un mal remedo del Joker de Gotham. Ha conseguido desquiciar a la ciudadanía. Están muchos fuera de sí. Tal es el grado de irritación que se vive en la calle que algunos pensarían que la revolución es inminente, pero yo no lo creo. Las democracias occidentales son bastante más fuertes de lo que parece, mayormente la americana, por mucho que algunos piensen lo contrario. Uno de ellos es Trump y, por eso, ahora se le ve con miedo. El otro día se encerró en el bunker de la Casa Blanca y al día siguiente salió con un batallón del ejército para despejar a los manifestantes y hacerse una foto con la Biblia en la mano, delante de una iglesia episcopal. La escena en sí fue todo un despropósito. ¿Qué mensaje pretendía enviar? ¿Que es un defensor del cristianismo evangélico amenazado por hordas impías? Ni siquiera entró en la iglesia a rezar o abrió el libro sagrado para leer algún pasaje que transmitiera solidaridad o ánimo entre los suyos. En cuanto le sacan de Twitter o de sus mítines cerveceros es incapaz de hilar una narración o un discurso mínimamente coherente.

En cinco meses el esperpento debería acabar. No necesitamos asaltos a la Bastilla o a la Casa Blanca, sin que por ello quiera quitarle importancia o minimizar lo que está pasando. Las revueltas no surgen por capricho. Toda revuelta social del signo que sea busca sacudir los cimientos del Estado y con ello cambiar el status quo. La dinámica es la misma desde hace siglos. En una revuelta hay tres desenlaces posibles: 1) los insurgentes prevalecen y neutralizan a las fuerzas de seguridad del Estado; 2) las fuerzas de seguridad aplastan a los insurgentes; y 3) el Estado llega a un acuerdo con los insurgentes mediante concesiones o cambios graduales en el status quo. La primera alternativa se da en cualquier insurrección que termina con el régimen anterior mediante un proceso revolucionario. La segunda es propia de las dictaduras o de los golpes de estado, sea el golpe de Pinochet, la primavera de Praga o las revueltas de la plaza de Tiananmén, aunque se podrían poner ejemplos muy anteriores, como la represión de Napoleón III tras el golpe de estado de 1851. La tercera alternativa tiene múltiples variantes y suele darse casi exclusivamente en sistemas democráticos, aunque haya gloriosas excepciones, como la transición española de 1975-77, que yo viví de joven, o la caída del muro de Berlín. Aquí, en EEUU, las marchas pacíficas por los derechos civiles de los negros lograron un cambio real en la sociedad, tanto en el plano legislativo como en la aprobación de numerosos programas sociales. La América de 1960 en nada se parecía a la de 1970. La discriminación y la pobreza han seguido estando ahí, desgraciadamente, pero ha habido un avance enorme desde los años sesenta. No hace ni cuatro años había un presidente negro. ¿Veremos un nuevo avance y mayor igualdad con estas manifestaciones? Puede, pero siempre que sirva para concienciar a la gente joven (ya sean negros, blancos o de cualquier otro color) de que el mejor y único camino para lograrlo es echar a Trump en noviembre. El Clown-in-Chief, con su corte de enanitos, tiene que desalojar la Casa Blanca cuanto antes, pero no a pedradas o con botes de humo, sino con la fuerza de los votos. Todo lo demás será darse de coscorrones.

7 de junio

Paso el día con mi hija. Poco después del mediodía paseamos por la ensenada de Sheepshead Bay, cruzamos el puente y nos dirigimos a la playa de Manhattan. Antes, desde el pretil, hacemos algunas fotos a los cisnes, siempre majestuosos, tan silenciosos de ser blancos y de ser bellos, que diría Darío. Un cielo azul de junio, con algunas pocas nubes al fondo.

Llegamos a la recoleta playa. El mar es una charca verdosa, sin apenas olas. Se dibuja un velero a lo lejos. O su idea, al menos. Un cartel avisa que no está permitido bañarse aún, pero hay ya muchas familias con niños. El cubo, la pala, el castillo de arena. Una cometa revolotea por el aire. La brisa nos resulta a los dos reconfortante. Nos quitamos los zapatos y caminamos descalzos por la arena; se siente calentita la arena, como si se pisara una gran hogaza esponjosa y apenas salida del horno. Una ráfaga de viento arrastra un sombrero de paja; sube y baja y rueda por la arena como un palomo cojo. Casi en seguida, veo a mi hija detrás, persiguiéndolo, hasta que al fin le da alcance, entre gritos de alegría, como cuando tenía diez años. Está muy guapa, una mocita ya. Por la tarde, en casa, vemos un documental sobre las cárceles en América. Más de dos millones de reclusos. En menos de diez años, con Clinton, la población carcelaria creció en más de un millón. Ahora suena compungido cuando se lo recuerdan. Mi amiga Arlene no se equivoca cuando confía poco en Biden y en estos demócratas.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

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