Protestas en Sofia: nuevo capítulo de nuestra serie búlgara favorita

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Algo se cuece en Bulgaria y no son pelmeni. Desde hace setenta días el centro de Sofía es escenario de multitudinarias protestas contra el gobierno y las élites del país. Al igual que hace seis años – en aquel entonces fueron casi 400 días seguidos –, una marea humana ha tomado las calles pidiendo la dimisión del primer ministro Boyko Borisov y ha lanzado un claro mensaje: «estamos hartos, no podemos más con la corrupción y falta de moral en la política».

A finales del pasado mes de julio pude comprobar in situ cómo se repetían muchas de las estampas de 2014: marchas, voces, silbatos, ingeniosas pancartas, banderas e imágenes icónicas. De nuevo, las concentraciones variaban de número e intensidad según el día y estaban marcadas por un fuerte componente moral y estético. A pesar de toda la ira, resignación y frustración que se entremezclaban, las protestas discurrían, por lo general, de manera pacífica y con altas dosis de sarcasmo.

Sin embargo, hace apenas dos semanas hubo un giro de los acontecimientos. Durante la manifestación del 2 de septiembre se registraron graves disturbios y enfrentamientos con la policía. Ante la poca repercusión de sus demandas algunos manifestantes pasaron a la acción con barricadas y acampadas en pleno centro de ciudad. Las fuerzas del orden respondieron repartiendo leña de lo lindo. Aunque el nivel de represión no pueda compararse con el que se está llevando a cabo en Bielorrusia, más de 120 personas fueron detenidas en Sofía, prácticamente las mismas que en Minsk el día anterior. Siendo Bulgaria desde 2007 miembro de la Unión Europea, ¿a qué intereses responde esta falta de atención mediática?

Regresé a España con la sensación de haber dejado un país inmerso en un bucle. Como decía mi amigo Georgi, “parece la misma obra con diferentes actores”. Esa frase y todo lo experimentado durante aquellos días me hizo recordar la primera crónica que publiqué desde la península balcánica.

Sucedió en junio de 2012. Por segunda vez en seis semanas se llevaban a cabo en Grecia unas elecciones que se antojaban trascendentales para el futuro de la Unión Europea. Poco menos de un año antes se había aprobado un segundo rescate financiero, provocando tensiones entre distintos miembros de la UE y las entidades financieras internacionales.

Tres semanas antes de los comicios los sondeos daban ventaja a Syriza, una coalición de izquierda radical que no consideraba justo que la mayoría más humilde pagase por una crisis que tuvo su origen en Estados Unidos, ni sufriese por la incompetencia, el despilfarro y las corruptelas de su clase política. Por todo ello, en su programa electoral abogaba por una solución utópica: no pagar la deuda y refundar la Unión Europea desde dentro.

A partir de entonces los principales medios nacionales e internacionales engrasaron la maquinaria y comenzaron a especular sobre los posibles escenarios en caso de no conseguirse formar gobierno o que el que saliera lo liderase Syriza. A más de setecientos kilómetros de distancia, en Sofía, dejándome llevar por el bombardeo mediático sentía estar cerca de un acontecimiento histórico. El proyecto europeo parecía tambalearse en la cuna de la democracia e imaginaba las calles repletas de unos agitando el miedo con mensajes apocalípticos y otros apelando a la utopía como la única razón posible. Con esas, y sin más apoyo que mi curiosidad y un par de contactos de profesionales a los que no conocía, me dirigí en autobús a Atenas a ver qué pasaba.

Casi desde el primer momento me sentí decepcionado. Exceptuando el centro histórico, punto neurálgico del turisteo, el ambiente de la mayoría de los barrios céntricos que conocí me pareció bastante tranquilo, desangelado y decadente. Además de infinitud de comercios y espacios cerrados, podían verse, cada tanto, personas drogándose en plena calle y altercados o palizas, casi siempre contra inmigrantes. La única concentración masiva de personas haciendo ruido con banderas de Grecia fue el sábado 16 de junio, después de que Grecia ganara a Rusia un partido durante la Eurocopa de fútbol.

A las 20.00 del domingo 17 de junio los resultados provisionales daban una ligerísima ventaja a Syriza, pero, finalmente, ganó el partido de centro-derecha, Nueva Democracia. El miedo había vencido a la utopía y en la plaza Sintagma, antaño símbolo de la rebeldía y la lucha del pueblo griego, apenas unas decenas de seguidores de Nueva Democracia tenían algo que celebrar. Allí me encontré con un grupo de artistas portugueses que, según me contaron, grababan un documental, una especie de parodia sobre las elecciones, las grandes coberturas que hacen los medios y cómo sus mensajes fabrican o afectan a la realidad de gente.

Francisco, uno de aquellos artistas, me contaba que una semana antes había entregado en Lisboa su tesis doctoral con la que trataba de explicar cómo a raíz del surgimiento del Estado moderno las antiguas categorías por las cuales podíamos describir el fenómeno artístico de la tragedia –el destino, la fatalidad, etcétera– pasaron a estar profundamente ligadas a la historia política. Por ejemplo, visto lo visto, Francisco consideraba obvio que, en la economía, los mercados financieros, con la complicidad de los medios de comunicación y los gobiernos, tomaron definitivamente el lugar del destino.

 

                                                  Atenas, junio de 2012

 

En su día esa anécdota me ayudó a entender ese contraste entre la efervescencia que se intuía en los medios de comunicación y el desinterés y la resignación popular que sentí cuando estuve en Atenas. Ahora, con la situación del revés – el pueblo clamando y Europa escurriendo el bulto –, también me acuerdo de ella mientras intento escudriñar el laberinto político búlgaro. El problema es que, más que una obra teatral con elementos épicos de la Grecia clásica, desde hace unos años se representa en Bulgaria un culebrón grotesco en el que a veces no se sabe muy bien quienes son los actores y quienes los guionistas.

Lo que sí está claro es que algunos de los principales personajes viven en Boyana, uno de los barrios situados en la falda del imponente macizo montañoso de Vitosha, símbolo omnipresente de la ciudad. Al igual que Bistritsa, Simeonovo o Dragalevtsi, consta de amplias casas unifamiliares, villas y hoteles en los que residen personas con altas fortunas – algunas de ellas de dudosa procedencia –, funcionarios gubernamentales y algún que otro diplomático. Entre los atractivos de este distrito están el Museo Nacional de Historia, una hermosa cascada y una iglesia ortodoxa medieval que forma parte de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. También se encuentran los estudios de cine Nu Boyana.

Con casi treinta hectáreas de terreno y réplicas, entre otras, de una manzana de Nueva York o la Roma clásica, Nu Boyana perteneció al Estado búlgaro desde 1962, época en la que se iniciaba el apogeo del sector en el país balcánico, hasta 2005, año en que fue comprada por una compañía cinematográfica independiente de Estados Unidos. En la actualidad, debido a la calidad de sus equipos e instalaciones y sus costes de producción bajos, se ruedan decenas de películas al año, muchas de ellas superproducciones de acción de Hollywood.

Unos meses antes de la venta de los estudios cinematográficos, Bulgaria había oficializado su giro a Occidente con su adhesión a la OTAN y lo remataría en 2007 con su ingreso en la Unión Europea. Nu Boyana había sido una de las pocas grandes industrias que no se habían vendido a precio de saldo durante la transición del comunismo a la economía de mercado. Pero, en 2005, cambiaron de parecer y vendieron a los estadounidenses la mayor “fábrica de sueños” de Europa del Este. Fabulaba con los motivos que llevaron a los políticos de entonces a tomar esta medida. Quizá fueran conscientes de que, a partir de ese momento, la superproducción televisiva de mayor éxito en Bulgaria tendría como principal escenario y temática el Parlamento y sus alrededores.

Lo único que les faltaba era un protagonista principal, un personaje que guiara el destino de la teleserie y sobre el que confluyan la mayoría de las tramas y subtramas. Esa persona no es otra que el entonces recién elegido alcalde de Sofia, y actual primer ministro, Boyko Borisov. Teniendo en cuenta su pasado – ex karateka, ex guardaespaldas del dictador comunista y ex adjunto del ministro del Interior encargado de combatir el crimen organizado – y la cultura política de los búlgaros, Borisov se fue ganando una fama y aureola de hombre fuerte y pacificador que vela por su gente. Quince años después, tras varios capítulos de escándalos y una serie de meteduras de pata en público, esa imagen de persona campechana y necesaria se ha visto eclipsada por otra de hombre anticuado, tosco y cínico.

 

» Mafia con traje » Sofia, febrero de 2013.

 

Tal y como sugiere el saber popular, “la cabeza agachada el sable no la degüella” (преклонена глава сабя не я сече). Muchos búlgaros reconocen que “tradicionalmente han sido un pueblo dócil”. Durante muchos años han sido meros espectadores de una telenovela con tintes oscuros en la que las pasiones se desarrollan en diferentes capítulos y temporadas, pero siempre en un contexto plagado de corruptelas, confrontaciones entre políticos y oligarcas, y descarados escándalos de todo tipo.

Sin embargo, desde febrero de 2013, además de las nuevas generaciones de jóvenes formados y en contacto con la cultura y forma de vida occidentales, una parte importante de la sociedad se ha cansado de este guión y ha dicho basta. Por aquellas fechas, el incontrolado aumento de factura de la electricidad y la desigualdad en general provocaron que, en un gesto poco común en el país balcánico, decenas de miles de personas clamaran contra las privatizaciones, la corrupción y la falta de representación política. Independientemente de las formas, las ideas o los intereses que representen, toda esa gente que salió a la calle entonces y los que ahora continúa protestando quieren dejar atrás su tradicional papel de figurante en esta superproducción que es Bulgaria y pasar a ser co–guionistas de su propio destino. Un destino en el que – con o sin la atención interesada de la Unión Europea y los grandes medios occidentales – impere la decencia.

 

Sofia, julio de 2020

 

Joe Manzanov es periodista y fotógrafo independiente. Ha vivido casi seis años en Bulgaria. Le gusta viajar, la crónica periodística, la fotografía documental, la gastronomía y vivir en general.

 

 

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