A Beirut

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Beirut sabe que mañana hay otro universo que amanecerá, sabe como despreciar a los muertos e impulsarse sin que haya un motivo hacia delante, sabe que solo aquí y ahora todo está bien.

 

La Corniche estaba hoy preciosa, con el asfalto todavía mojado después de la tormenta y el apático Mediterráneo golpeando con furia las rocas del paseo. A las 9 de la noche solo quedan unas cuantas familias musulmanas humildes cargadas de hijos y de analfabetismo y un montón de chaperos sirios presumiendo de juventud y erección. Han sobrevivido, o eso piensan, a todas las pollas que han tenido que comerse por unos dólares. Hay que ser joven para creer que llega un momento en el que se puede cantar victoria.

 

Me gusta ver cómo las luces de los aviones empiezan a vislumbrarse entre la niebla, al principio como un punto en la lejanía, para después acercarse descendiendo poco a poco sobre el agua. La llegada a Beirut tiene algo de mágico. Uno viene del mar, de la oscuridad y atisba de repente la tierra firme y adormecida al fondo. El destino. Da escalofríos repetir que ese es el destino y sin embargo desencadena, a la vez, una extraña emoción… Primero aparecen los edificios altos entre los que circula una hilera de coches que nunca para de moverse, luego el avión inicia el aterrizaje ante una colmena de chabolas de adobe de la antigüedad. Y ahí estás… Sin sistema, sin reglas, sin padrinos… Solo tienes que sobrevivir, reír con jovialidad, sin reproches ni remordimientos, cuando tras el placer salga a bailar la crueldad.

 

Beirut no puede ser “eso” con lo que uno sueña despierto, el trozo de mundo en el que se desea recalar, la tierra prometida en la que instalarse… No, Beirut es apestoso, sucio, descortés, es el mundo a cambio de un billete, un sexo usado puesto en limpio entre fragantes aromas… Siempre descubres cuantas cosas faltan todavía por estropearse, nadie resulta lo bastante creíble, todos tienen un papel estudiado en el que supuestamente deberían encajar, por educación, por género, por secta religiosa….

 

Escucho la música de Sting mientras comienzo a correr. If I ever lose my faith in you se mezcla con la trompeta maravillosa de Chris Botti. Si alguna vez… pero no, nunca ha habido ese condicional, esa generosa oportunidad con respecto a Beirut. Corro a toda velocidad, Beirut es tremendo, Beirut es increíble. Beirut me ha tratado como la marchita dama de un burdel trata a sus putas, sin miramientos, sin artificios, sin la menor consideración hacia mi extenuación, mi tristeza, mi parálisis, mis miedos, mi cobardía… Beirut me ha machacado, ha seguido marcando el compás cuando ya no podía más, prosiguiendo su paso incansable, incluso sin mí. Aquí he envejecido, he reconocido que he perdido, sí, he visto cómo la primera parte de la vida, tan indestructible, tan poderosa aparentemente en sus certezas, se ha desmoronado. He olvidado todo aquello en lo que creía a los 20, a los 25, a los 30 años. No me deshice de ello, no era tan inteligente, despareció tan solo como desaparece una enfermedad. Lo único que sigue ocupando espacio son los lastres, lo demás se ha ido. No sé de quién era el mundo en el que me dijeron que había que vivir. No era el mío. No sé cuál es el mío. Todavía lo estoy creando aunque no sé muy bien con qué…

 

Corro, corro como si valiera la pena lanzarse hacia alguien, sudo. La noria de colores gira al fondo, la espuma de las olas salpica el paseo. Beirut, supongo, es tan despreciable e insignificante como cualquier ser humano. Y sin embargo… yo, que sí he perdido la fe en ella, siento que solo esta maldita ciudad me ha hecho comprender que un mundo inabarcable y gigantesco se extiende como las raíces de un árbol dentro de mí. Siento una inmensa y estúpida pasión por la vida que se impone por encima de todo. No puedo dejar de sorprenderme cuando en medio del sinsentido lo más ínfimo pugna por crecer. Una débil rama lo conseguirá. Una brizna de hierba también. No me asustan las sombras -hay muchas en esta ciudad-, no voy a luchar ya por eliminarlas. Podría hundirme con todo el fervor en los lugares más apartados y solitarios de mi ser, en los mejores, en los peores… Todos ellos soy yo.

 

Beirut sabe que mañana hay otro universo que amanecerá, sabe cómo despreciar a los muertos e impulsarse sin que haya un motivo hacia delante, sabe que solo aquí y ahora todo está bien. Admiro a esta gente que no se queda postrada en una vida para siempre, que no saben lo que podrá pasar y que, a pesar de todo, y todo es tanto… a las 6 de la mañana están buscando ya la manera de que suceda algo. Resistentes como cucarachas, duros como piedras a la intemperie, poco dados a la compasión barata, con la sonrisa cálida de quien sabe de verdad que el ser humano es un lobo del que no se puede aguardar nada, por eso, por qué no, sonriámosle sin temor… Despedazados por todas partes se sostienen en pie. Traidores que esperan pacientemente la traición del otro. Conocedores de su propio precio pujan a la baja por el precio de los demás. Farsantes encantadores respondiendo al deseo del mundo de ser engañado con palabras grandiosas y dulces. No necesitan ser honestos porque Beirut es honestamente brutal para quien quiera mirarla a los ojos.

 

Beirut… esa “madame” que me ha tutelado y ante la que no me queda más remedio que reconocer que no lo ha hecho mal cuando en un lugar tan terrible como éste siento la alegría de estar viva. Lo tomo todo, lo acepto todo, lo quiero todo, no prescindiría de nada, no rechazaría nada, no eliminaría ni uno solo de los segundos miserables en los que perdida no sabía qué hacer. ¿Esta es la vida…? ¡Vamos! Como una niña pequeña extenderé mi brazo hacia arriba en busca de los tarros de confitura escondidos en alguna de las estanterías más altas. ¡Qué la vida sea por siempre un banquete eterno en el que probarlo todo!