¡A Dubrovnik…! 

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Antiguo mapa de carreteras y hoteles de Yugoslavia

—Paquito, ¡coño!, tienes que llamar ya a Ayesta… Pasa el tiempo y cualquier día le quitan de embajador en Belgrado y nos quedamos sin viaje, ¡hombre…!

Mi padre siempre se ponía muy pesado cuando quería una cosa y aquella tarde, la merienda de mis tíos Maribel y Paco García Pavón, en casa, se había articulado para organizar el viaje a Yugoslavia aprovechando que el también escritor Julián Ayesta, amigo desde la juventud de mi tío, culminaba su carrera diplomática como embajador de España en ese país balcánico en abril de 1984.

—¡Qué pesado eres, Fernandito, cuando quieres…! –contestó el tío Paco mientras atacaba un mojicón de los dulces que había subido mi madre de la Confitería Martínez, nuestra confitería más que habitual del portal de al lado de nuestra casa. Ya le había quitado el papel con el que adquirían forma cónica en el horno y se disponía a mojarlo en el café con leche:

—Estos mojicones no son como los de Ramiro, pero están bien buenos –se dirigió a mi madre, recordando los que fabricaba el viejo pastelero manchego en su Tomelloso natal.

Por un momento se hizo el silencio alrededor de la mesa del comedor y la elegante sonería del reloj de cartela de Ferdinand Berthoud tocó en ese momento la media: las siete y media. La calle José Ortega y Gasset era entonces todavía bastante silenciosa y apenas se escuchaba desde el tercer piso el discreto trasiego de los autobuses de las líneas 1 y 74 de la EMT: nada más pasar uno de ellos, lanzado camino de la calle Velázquez, tañeron secuencialmente las campanitas del reloj estilo Imperio, del salón contiguo, y, más grave, la del de reloj del Yayo, que estaba en la parte de dentro de la casa, en lo que llamábamos el despacho de papá, pero que en realidad era una mezcla de biblioteca, archivo y la cámara del capitán de un barco con muchos miles de millas náuticas singladas, ya, y los tres anillos en la orejas. Papá se levantó ágil pero con delicadeza, dejó con su consuetudinario cuidado la servilleta sobre la mesa y se dirigió, precisamente, a su despacho a buscar algo. Los demás nos miramos mientras escuchábamos los pasos de mi padre por el largo pasillo de parquet, desfilando entre sus cuadros de los amigos del Grupo Ibiza ́59 y la espingarda árabe que merece, por sí sola, una historia aparte:

—A ver qué trae… –observó mi madre.

Yo sospechaba de qué podría tratarse. Unos días antes, papá me sorprendió una tarde e, impoluto, como siempre que salía a la calle, se asomó a mi cuarto cuando estaba estudiando y me dijo:

—Pachi, ¿me acompañas a hacer un recado?

La verdad es que me sorprendió un poco, pues yo solía salir mucho con mi madre o bien con ambos cuando teníamos algo previsto, pero, de improviso, mi padre… ¡qué raro…! Y allí que salimos los dos, él casi corriendo, como siempre: primero paramos en la pequeña pero bien surtida Librería Pueyo, que era donde mi padre compraba habitualmente sus libros nuevos, pero su librero (creo que se llamaba Diego) esbozó un gesto serio, enarcando su bigote negro, al informarle de que no tenían lo que mi padre buscaba. Así que salimos de la librería y torcimos por Conde de Peñalver, a la izquierda, para ir a la Papelería Jirafa, que era donde solíamos comprar todo lo necesario para escribir (y en aquella época de colegio era mucho…), pero tampoco tenían. Mi padre me preguntó:

—¿Crees que en VIPS tendrán un mapa actualizado de las carreteras de Yugoslavia?

—No sé, papá… A lo mejor…

Así que desanduvimos el camino hasta la puerta de casa y seguimos hasta la esquina del VIPS de Lista, parando antes en la Librería Beatriz, que estaba justo al lado y que era un local muy grande, bien surtido y con un número de clientes asombrosamente bajo, siempre. Ni en uno, ni en otro sitio dimos con nada que colmase la imperiosa necesidad de mi padre: en VIPS encontramos una pequeña guía de viaje sobre Yugoslavia, pero apenas había información de sus carreteras.

—Me temo que no hay otra opción que ir a Espasa-Calpe –dijo mirando su reloj. Pero ya era tarde para ir hasta la Gran Vía. Era raro que papá saliese de casa antes de las siete de la tarde y recuerdo que, casi por sistema, terminaba de anudarse la corbata y, a toda prisa y dejando un inconfundible aroma a Aqua Velva por todo el pasillo, iba camino de la puerta gritando: “¡Qué no llego, qué no llego…!”.

Pero ese domingo no tardó mucho en regresar de su despacho esgrimiendo su tesoro:

—¡Mira, Paquito…! Hay una autopista extraordinaria, muy reciente, que comunica directamente Belgrado con Dubrovnik, en el Adriático… Son unos quinientos kilómetros, más o menos como los que hay desde aquí hasta Sevilla, pero, ¡mira qué pedazo de autopista…! Es como la que usamos para ir desde Burgos a Francia y, ¡chico!, por ahí da gusto conducir…

Mi padre se había quitado sus antiparras, que sujetaba con los dientes, y señalaba un trazado en rectangulitos blancos y negros. El tío Paco miraba atento, pero como poco acostumbrado a los mapas:

—Ya veo, ya veo… Pero, ¿no será suficiente con Belgrado?

Entonces mi padre se deshizo en su habitual catarata de improperios en contra de los “eslavos del Sur”, a quienes responsabilizaba de la desaparición del Imperio Austro-Húngaro. Aunque siempre le produjo cierta curiosidad el mariscal Tito; de hecho, cuando nuestro inolvidable amigo Ricardo Paseyro (diplomático, gran poeta y periodista uruguayo nacionalizado francés, terror de Pablo Neruda) quería picar a mi padre, le recordaba su pasado maoísta, pero mi padre se defendía:

—Eso es falso, Ricardo: nunca fui maoísta, yo era titoísta.

Debo decir que yo ya siempre conocí a mi padre en esa fase en la que prefería mucho más a Milovan Djilas que a Tito, por ejemplo. Pero, de alguna forma, aquel pasado suyo motivó cierto interés por el país comunista pero un poco independiente que había sabido construir tras la Segunda Guerra Mundial desafiando a Stalin, aunque lo único que de verdad le apetecía era visitar Dubrovnik:

—Es una ciudad maravillosa, casi desconocida… La única cuyas murallas pueden rivalizar con las de la ciudad de Ibiza, en todo el Mediterráneo… ¡Te gustará, Paquito…!

Tito había muerto hacía poco y yo no tenía referencias de nadie que hubiese estado en Yugoslavia. Mi amiga Cristina Temboury no había ido aún, con sus amigas; recuerdo bien cuando me contó sus andanzas por allí, un verano en un Interrail:

—Y cuanto más al Sur de Yugoslavia, mejor, Fernando; más, más, más al Sur, más bonito y más salvaje… –apenas insinuadas con su inconfundible voz de ensueño y sueños, Cristina ponía sus divinos ojos claros mirando al tendido, evocando aquellas vivencias que sellaba con puntos suspensivos…

Mi padre seguía dominando aquella merienda en casa y sus argumentos, poco a poco, iban convenciendo a los demás:

—Además, querido Paquito, tengo entendido que la embajada española en Belgrado es un edificio magnífico y muy bien emplazado.

—Hombre, Fernandito, es una embajada… Sí, Julián me dijo que era una especie de chaletito, que estaría encantado en alojarnos.

—¡Por eso, Paco…! ¡¡¡Llámale, que eres su padrino de boda, leche…!!!

—Hace unos días dejé recado. No me ha contestado aún…
Al final de la tarde, mi padre había convencido a mi tío Paco de llamar insistentemente a la embajada de España en Belgrado hasta poder hablar con Julián Ayesta y que les dijese cuándo era mejor fecha para que los dos matrimonios fuesen a visitarle. A pesar de auto-sugerirme (siempre con la máxima discreción, en aquella época…), yo tenía colegio y no me permitirían ausentarme tanto fuera de las fiestas habituales. No sé cómo mi padre había convencido al tío Paco de ir conduciendo desde Madrid, haciendo escala un día o dos en Venecia. Sin duda, los viajes que habíamos hecho en Navidad durante algunos años a París, con el tío Emilio, la tía Marifí y mi primo Manolo, todos ensardinlatados en nuestro Citroën GS Palas, le habían envalentonado. Pero, en esos viajes, el tío Emilio (que llevaba muchos más kilómetros, tanto Madrid-Llanes-Madrid) y mi padre se habían turnado al volante y, aunque mi padrino conocía el terreno y hablaba muy bien francés, cuando empezábamos a entrar en París, parábamos, él tomaba los mandos del coche y obligaba a un silencio absoluto para poder escuchar mis indicaciones del mapa, hasta que íbamos acercándonos, poco a poco, a la rue du Mont-Thabor, junto al museo del Louvre, donde estaba nuestro hotel en aquellos viajes. El tío Emilio no se fiaba en absoluto del garrafal sentido de la orientación espacial de papá, que siempre le llevaba a tomar el camino equivocado en una bifurcación de carretera y, después de nuestro primer viaje juntos (sin Manolo) a Burdeos, para la boda del primo Didier Lagoubie, se había dado cuenta de que a mí no sólo me apasionaban los mapas sino que, además, los interpretaba bien, y si nos dábamos de bruces con un camino que no era el adecuado, entre mi padrino al volante y yo con el mapa, encontrábamos una solución alternativa y fácil.

Pero el tío Paco apenas conducía. Cuando compró el Renault 8, contrataba a Peña, un chófer a quien conocía, para que les llevase de Madrid a Tomelloso o, en verano, de Tomelloso a Benicásim. Peña salía de la calle de Augusto Figueroa al volante de aquel coche con tan peculiar sonido de motor, cargado con toda la familia García Pavón / Soubriet y mil paquetes, y justo cuando se veían ya las primeras chimeneas de las fábricas de alcohol y los grandes depósitos de las bodegas de Tomelloso, antes de llegar al cementerio municipal donde reposa la mitad de mi entronque, el tío Paco mandaba parar y tomaba el volante: quería entrar él en su pueblo y atravesar la plaza hasta casa. No le gustaba conducir; tampoco los coches le interesaban nada de nada. Mi padre siempre se metía con la manera del tío Paco de tomar el volante:

—En vez de poner las manos como se debe, a las dos menos diez, ¡Paquito las pone a las cinco treintaicinco…!

Pero, por lo que se ve, ya digo, papá se había envalentonado con nuestros viajes a Burdeos y a París: apenas le parecían fruslerías que tampoco él fuese un habitual de viajes que fueran más largos que ir a La Mancha (aunque es verdad que con el GS habíamos hecho algunos a Cádiz o a Galicia), lo proverbial (ya mítico, por entonces…) de su sentido de la orientación en carretera y que el único de los otros miembros del equipo que conducía fuese el tío Paco, pues ni mamá, ni la tía Maribel tenían el carnet. Pero una de las artes más fascinantes de mi padre era la capacidad de convencimiento que era capaz de desplegar cuando estaba convencido de algo…: y ese era el caso de su interés en visitar Dubrovnik…

 

*    *    *

No recuerdo cuánto tiempo pasó desde aquella merienda, exactamente, pero una tarde, mientras picaba yo algo, entre estudio y estudio, sonó el teléfono de casa y lo cogí en la misma cocina. Era el tío Paco:

—¡Hola, Fernandito….! ¿No está tu padre? ¡Ah!, que han salido los dos a una subasta de Durán, ya… Bueno, mira, yo tengo teatro esta noche, así que lo mismo nos cruzamos. Dile al pesado de tu padre que Julián Ayesta está unos días en Madrid y que, si quiere, podríamos quedar con él un día para lo del viaje, a ver qué nos dice… Pero dile que a Julián y a mí nos viene bien el Gijón, así que no nos vuelva locos y venga por allí, que me diga cuanto antes qué días podría, para concretar con Ayesta, ¿vale? Que no me dé más la paliza, que esta es la ocasión para concretar todo lo del viaje que nos pueda orientar el señor embajador.

—Yo se lo digo en cuanto vengan, no te preocupes, tío. Un beso para todos.

En esos días mi padre había sacado de su biblioteca semisecreta que tenía en las impresionantes librerías de palosanto que pertenecieron a Cajal, en su despacho, la primera edición de un librito del que siempre habló maravillas: Helena o el mar de verano, dedicado cariñosamente por Julián Ayesta. Y también sendas trabajadas ediciones rústicas en papel sepia de Un puente sobre el Drina y en franjas rojo y blanco de Sucedió en Bosnia, ambas obra de Ivo Andric. De alguna forma estaba preparando el terreno. Recuerdo entonces haber ojeado esos libros. Los leí años después y, cada uno a su manera, me encantaron. Después de haber leído la novela corta de Ayesta la he regalado en varias ocasiones y recomendado bastantes más.

 

*    *    *

Pocos días después, mientras estudiaba en mi cuarto, por la tarde, escuché a mis padres arreglarse. Como siempre, antes de salir, mi madre entró a darme un beso:

—Creo que vendremos a cenar, pero bueno, ya sabes este hombre cuando sale…

Porque a mi padre le gustaba salir poco de casa en Madrid, pero cuando salía… lo que no le gustaba era volver…

Mamá salió del cuarto dejando su senda de Eau Sauvage, como siempre, guapísima y juvenilmente elegante, y se cruzó en la puerta con mi padre, que estaba exultante, encorbatado y se había puesto su mejor traje de Córdova para la ocasión. Se acercó también a darme un beso, sonriente a pesar de tener que volver al Café Gijón, uno de sus paisajes habituales hasta que en 1956 se fue a vivir a Ibiza. Cuando volvió a instalarse en Madrid se había hartado ya bastante del ambiente del café literario por antonomasia de la capital, el mismo del que en el año 1953, con Las horas del día había ganado el premio que llevaba su nombre y que, de alguna forma, organizaba (y sufragaba) el gran actor Fernando Fernán-Gómez. Esa tarde mi padre estaba radiante y se le notaba desde hacía rato. Cuando me dio su habitual beso carnoso de Aqua Velva, me percaté de que llevaba en la mano el famoso mapa. Papá salió del cuarto, cerró tras de sí la puerta y ya embocando el pasillo, se oía su voz imperiosa:

—¡A Dubrovnik, a Dubrovnik, a Dubrovnik…! –mientras marcaba el paso, como si desfilase, casi a paso ligero.

Lo repitió hasta cerrar la puerta de la calle, casi veinte metros más allá de donde yo volví a mis estudios.

 

*    *    *

Ya me había bañado y estaba preparado para cenar cuando oí la llave de la entrada de casa. No habían estado fuera demasiado tiempo, la verdad, quizá ni dos horas. Mi padre avanzaba rápido y agitaba las llaves en su llavero de un inca en plata del Perú que mi abuelo le regaló cuando visitó Lima y los Andes en 1948. Entró directamente a su alcoba, sin decir nada, como hacía siempre hasta recobrar su atuendo habitual de casa, más cómodo y usado. Mamá entró detrás y cerró la puerta, también para cambiarse.

Cuando llegaron, por fin, al cuarto de estar, donde veíamos la televisión y cenábamos habitualmente, mi padre se sentó en su sillón sin decir nada, así que les pregunté:

—¿Qué tal ha ido, papá?
Muy serio, me contestó:
—Nada… No vamos a ir, porque la autopista de Belgrado a Dubrovnik no existe…

—¿Cómo que no existe, si está en el mapa? –repliqué.
—Propaganda comunista: así lo ha definido Ayesta… Es una carretera que está planificada desde hace décadas, pero que no se ha hecho, aunque en los últimos años ha sido incluida en mapas, en guías y hasta en informaciones oficiales… ¡Pero no la han hecho…! ¡Nada…: ni un kilómetro…! Para ir a Dubrovnik es una carretera de un solo carril, endiablada, muy abandonada, que atraviesa las abruptas montañas del sur de Bosnia-Herzegovina, sube, baja, con muchos camiones… Vamos, que no es una carretera para que Paquito y yo la hagamos, como si tal cosa…

—Entonces, ¿iréis sólo a Belgrado?

—¿A Belgrado…? –protestó mi padre con la inconfundible cara de feroce que ponía entonces tantas veces.

No hizo falta que añadiese una sola palabra más. No hubo viaje a Yugoslavia.

Cuando, más de diez años después de aquello, cayó el Muro de la Vergüenza y arrastró en su caída las sangrientas dictaduras comunistas de casi todo el mundo, en mi padre reverdecieron sus eternas ganas dormidas de conocer Dubrovnik y, una vez Leningrado trocó su nombre por el histórico de San Petesburgo, visitar la antigua capital de los zares. Tras el cáncer de papá las cosas se fueron complicando en casa, el tío Paco había muerto poco después, también Tito y la Unión Europea no supo proteger los Balcanes cuando explotó Yugoslavia. Así que lo primero que visitamos de la recién liberada Europa del Este fueron Budapest y Praga, vía Viena, en un viaje que organicé durante mi estancia postdoctoral en París.

Al llegar la primavera de 2005 decidimos, por fin, pasar unos días en Dubrovnik. La paz había regresado a las diversas repúblicas segregadas de Yugoslavia y volamos a la ciudad dálmata directamente desde Madrid. Era abril, bien días de sol rutilante y al fondo un mar color celeste plagado de islas, bien de lluvia cerrada, pero siempre anochecía temprano. Las huellas de aquella guerra civil aún estaban presentes, más en el corazón de las personas (que no olvidaban la traición de sus amigos serbios, huyendo en plena noche y sin decir nada para no sufrir los bombardeos del ejército yugoslavo al amanecer) que en el casco viejo reconstruido y uniformemente retejado en rojo de la vieja ciudad amurallada, aunque todavía había casas arruinadas por las bombas. A mi madre le impresionó mucho aquel constante recuerdo: no dejó ya de olvidar nunca lo cerca que estaba aquello y lo fácil que podría ser vivirlo, de nuevo, en España. Iluso de mí, confiado todavía en el siglo XXI, no creí que un escenario así fuese concebible apenas doce años más tarde…

Dubrovnik volvía a abrirse a una calidad de vida y de servicios postergada durante décadas. Recuerdo un restaurantito, dentro de la ciudadela, colgado sobre el mar, en el que tomábamos unos vermuths hechos en Croacia y elegantemente preparados con cubitos de hielo y una rodaja de limón, sin estridencias, por un sobrio camarero que dominaba perfectamente los movimientos, uniformado e impoluto. Era frecuente ver a muchos jóvenes entrar en las iglesias, incluso para sólo rezar brevemente, pero con sincero fervor, y salir. En ese restaurante me esperaron mis padres un día que decidí visitar, en solitario, la vecina isla de Korçula, patria chica de Marco Polo. Y allí les convencí para ir hasta las Bocas de Cattaro, el bellísimo y canallesco Kottor, ya en Montenegro, y un lago cercano enclavado en los escarpados Alpes Dináricos, brumosos y salvajes, hasta el que se ascendía por una revirada carretera que, desde arriba, pudimos comprobar que trazaba una sinuosa letra m en las imponentes rocas karstificadas que dieron lugar al propio concepto geológico a finales del XIX, obra de un ingeniero que quiso así inmortalizar a su amada María, que le había desdeñado.

Dubrovnik fue el último viaje al extranjero que hicieron mis padres. En la habitación del hotel descubrí que papá se había llevado Helena o el mar de verano. Y allí la leí, del tirón.

 

Madrid/Dehesa de Campoamor, junio-agosto de 2021

Fernando de Castro Soubriet (Madrid, 1967) es licenciado en Medicina por la Universidad Complutense (1991) y doctor en Medicina por el Programa de Neurociencias (Universidad de Alicante, 1996). Durante su doctorado realizó diversas estancias en centros de investigación norteamericanos. Investigó cuatro años en Francia dentro del Programa Marie Curie de la Unión Europea y ha trabajado en diversas instituciones españolas como investigador principal en desarrollo del sistema nervioso y neuroreparación. Desde 2008 es Científico Titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y dirige su grupo de investigación en el Instituto Cajal. Actualmente preside el History Committee de la Federation of European Neuroscience Societies. Gran aficionado a la literatura su motto personal bien podría ser “si leo bien, estoy bien; o si estoy bien, leo bien; y viceversa”.

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