A la cola que te corresponda

La fila de la que formamos parte o la que más probablemente engrosaremos nos define: es otro ingrediente que debemos agregar a nuestra identidad

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Un sábado a las 9 de la mañana. Y posiblemente cualquier otro día de la semana. La calle de Atocha, en Madrid. Y seguramente como ésta otras muchas calles en la capital y de muchas otras ciudades de España. Los vecinos se van despertando y van atendiendo sus quehaceres. Es fin de semana, mucha gente no trabaja y aprovecha para hacer esas cosas que los días laborables no puede. Y, como si no hubiera mejor manera de perder el tiempo, las puertas de los establecimientos se llenan de gente haciendo cola: la del gimnasio con personas esperando a que abra; la de la cafetería, con gente que aguarda impaciente que vayan aflojando y vayan dejando las mesas libres los parroquianos más madrugadores. Pero también la de un centro de beneficencia donde se reparte comida.

Los vigoréxicos del gimnasio son un puñado. Los que se agolpan a las puertas del café esperando el desayuno son un par de pequeños grupos de amigos. Pero la cola del hambre a pocos metros de la Puerta del Sol de Madrid es muy numerosa. Da la vuelta a la manzana. Son sobre todo hombres los que la forman. Pero hay mujeres también. Son personas de todas las edades. Unas con mejor pinta, otras con un cuerpo y unas ropas más deteriorados. Con aspecto alegre o más taciturno. Hay quien está en animada conversación y quien está en silencio. Dependerá de su nivel de necesidad. De su tiempo en situación de crisis de existencias. De su grado de esperanza. De si tiene compañía, o no, en su desventura.

El paisaje urbano del centro de un Madrid entre gentrificado y decadente, entre castizo y pretencioso, entre inalcanzable para los más por lo caro y cada vez más sucio y maloliente, ofrece tres universos diferentes en un pequeño trecho de calle. El hedonismo y el culto al cuerpo se da de bruces con el mundo de la pobreza y la necesidad. Y entre ambos tiene su hueco el taberneo interclasista o clasemediero.

Incluso si no se está en ninguna de las tres colas, una se plantea de cuál sería más probable que un día formara parte. De la del gimnasio seguro que no: hace ya años que ha decidido que habiendo calle para andar (nunca para correr, salvo caso de extrema necesidad), pagar un gimnasio es una tontería. De la de la cafetería, bueno… quizás… si el café fuera rico (altamente improbable en Madrid) o si la compañía se empeñara en ir a un sitio concreto y concurrido. Pero también está incorporando a su religión cívica el tratar de evitar las colas y el hacer pedagogía sobre su inconveniencia: el tiempo es más valioso que un bien, que cualquier bien, que puedan vender en cualquier establecimiento; ahorrar minutos gastados en colas también es ahorrar dinero; sólo merece la espera lo irrepetible, lo único, las maravillas de los museos o los espectáculos teatrales.

No sólo te define la fila de la que formas parte en un momento concreto de tu vida. También la que más probablemente llegues a engrosar un día.

Puede que, de momento, sea la de la biblioteca de La Latina. O la de Puerta de Toledo, que abre más horas y que tiene ese vigilante de seguridad tan voluntarioso y tan celoso del estricto cumplimiento de su trabajo y de las reglas que establecen que no se puede ausentar uno de su puesto de lectura más de media hora… porque… hay gente que merece un respeto esperando en una cola para conseguir entrar. No está bien, porque no es nada considerado, que alguien esté haciendo una fila mientras otra persona con muy poca sensibilidad ha dejado sus libros ocupando un sitio mientras se va a tomar un café que se alarga acompañando una tertulia más interesante siempre que lo que toca estudiar esa tarde. La severidad del vigilante causa risa en la sala. Tener respeto a las personas y a las normas se ha convertido en objeto de mofa.

Existe la liturgia de las filas: no hay que saltárselas, puedes pedir que te guarden el sitio, desde la pandemia se guardan algo más las distancias… Y también existe la ética del comportamiento y los tiempos a disfrutar en los lugares a los que se aspira a entrar después de hacer cola.

La cola del hambre de la calle Atocha, puerta con puerta con los cines Ideal, discurre muy cerca de San Sebastián, la iglesia de Misericordia, la novela de Benito Pérez Galdós. Qué poco ha debido de cambiar Madrid para los más humildes, para los más pobres, para quienes desde muy temprano están en la calle, por ejemplo en la plaza de Jacinto Benavente, o en Tirso de Molina, bien porque no tienen techo, bien porque prefieren estar al raso que en unos seguramente poco cómodos hogares, o bien porque la vida hay que buscársela en la calle.

Aunque también están aquéllos a quienes les amanece tras pasar la noche en vela en cualquier tugurio de la calle de la Magdalena. El tugurio cierra. Y se les nota que se resisten a volver a casa. El deterioro que muestran no es, en principio, fruto de la miseria de sus condiciones de vida. Parece más machaque físico por no haber dormido, haber bebido de más, haber comido de menos y el excesivo tiempo transcurrido desde la última ducha. Pero no es difícil hacer cálculos y presumir una alta probabilidad de que muchos terminen en la cola de la Misericordia contemporánea. Prejuicios. Pero es que tienen enfrente una cafetería la mar de apetecible para desayunar y no entran. Todo parece indicar que se han fundido el dinero que llevaban y que no van a tirar de tarjeta, porque han acabado con el presupuesto que tenían para la noche, el fin de semana o el mes entero.

En nuestro imaginario existe un Madrid desigual roto por fronteras muy perceptibles como la de la M-30 y tenemos en la cabeza nombres de barrios o de distritos más o menos alejados del Kilómetro Cero siempre ligados a las condiciones de pobreza de sus habitantes. Pero en el centro de Madrid los contrastes se multiplican, las brechas se van haciendo más y más visibles: conviven los nuevos complejos de lujo, como el de Canalejas, con las colas del hambre a pocos metros; los alquileres inalcanzables con las infraviviendas; las empleadas de hogar con uniforme que vigilan a los niños ajenos o que pasean a los perros ídem con los sintecho; las impolutas fachadas protegidas con la basura que se acumula alrededor de los contenedores; y las abarrotadas terrazas de turistas con los restos del picnic que unos jóvenes con pocos recursos han improvisado yéndose al supermercado.

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