A la hoguera con San Valentín

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La obsesión capitalista por el cerebro, ese gran ordenador central que corona una exitosa evolución (ya no somos monos, ni colombianos, tampoco rusos o árabes), encuentra así su corazoncito una vez al año. Tenemos un cuerpo, incluso con órganos. La división mundial del trabajo culmina entonces en un cuerpo bien organizado: de mañana, la cabeza otra vez; pero esta tarde daremos el resto del cuerpo, incluso los riñones.

 

Estado de excepción efusivo, acompañado de sonrisas y lágrimas. Ocasión ideal, venida del Norte, que sella entre dos nuestra separación individualista del mundo. Cada uno, casado con su imagen, tiene además un amante más o menos oficial para las fiestas, los polvos extra y el postureo.

 

Y esta tierna ternura, que de vez en cuando no hace daño, complementa de perlas la ferocidad de toda la semana. Entre proyecto y proyecto, de lunes a viernes, ella o él estimulan la inteligencia emocional que permiten sentirnos todavía humanos.

 

La obsesión capitalista por el cerebro, ese gran ordenador central que corona una exitosa evolución (ya no somos monos, ni colombianos, tampoco rusos o árabes), encuentra así su corazoncito una vez al año. Tenemos un cuerpo, incluso con órganos. La división mundial del trabajo culmina entonces en un cuerpo bien organizado: de mañana, la cabeza otra vez; pero esta tarde daremos el resto del cuerpo, incluso los riñones.

 

Bienvenidos al capitalismo emocional, donde ningún orificio debe quedar sin función. Y el cuerpo es, en realidad, un gran orificio que debe ser formateado. No es la naturaleza, es la economía la que teme al vacío.

 

San Valentín es también una forma, como cada cumpleaños o la Nochevieja, de marcar y jalonar el erial en que hemos convertido el tiempo. Igual que la moda estacional adelantada por el Corte Inglés. Lo importante es que haya un evento a la vista, algo que celebrar en este desierto interactivo de la sociedad informatizada. Cada celebración es la zanahoria radiante que impide ver los palos que nos daría el espejo del presente.

 

Es así posible que el mundo anglo, que tantas alegrías anómalas nos sigue dando, tenga una obsesión contable con la cronología. De ahí su privilegio incesante de las efemérides. Como si toda America dijera «Tiempo, tenemos un problema: no te soportamos si no hay una fiesta». Sí, es probable que la sociedad abierta y sexual tenga un problema con el vacío.

 

Así pues, vuelven las preguntas: ¿Qué perfume le gustará a ella? ¿Cuál es el color favorito de él? Mientras animamos la guerra en cualquier lejano infierno, el demócrata medio se recrea entonces en suaves delicias domésticas, a veces incluso con amores de frontera. Todo el año disparamos, aliando dedos y dígitos, pero que no se diga que no tenemos sentimientos. Los zombis también lloran.

 

Finalmente, aparte de Santa Claus, este época de desacralización debe conservar algún santo sureño que nos celebre. De ahí este turismo vivencial, in situ, derritiendo el hielo de nuestro eterno invierno. Sin romper con nuestra prisión urbana podemos amar y comprar on line, incluso en la calle. Ya se sabe que salir de la crisis exige incentivar el consumo.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.