A las nueve de la mañana

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Son apenas las nueve de la mañana y delante suyo hay un tipo bajándose una Estrella Damm de medio litro. El metro se va vaciando progresivamente y cada vez su presencia, espatarrado y feliz, se torna menos evitable.

Resta silencioso, empero, concentrado en algo que seguro carece de misterio (aunque lo parezca, hay poco de sagrado en las borracheras -a pesar de que queramos pensarlas siempre con un algo de liturgia).

Es la línea amarilla y le quedan ya muy pocas paradas para acabarse.

¿Dónde irá este hombre a estas horas?

No resulta su presencia particularmente andrajosa o su atuendo descuidado y, quizá si no llevara en la mano esa Voll Damm no pensarías mal de él o acaso no pensarías sobre él en absoluto. Quizá sería una sombra más.

El hombre se aprieta la lata roja de medio litro contra los genitales. Es este quizá apenas su gesto más desafiante. Pero para sí, contra su propia compostura; la cosa no va contra el resto del mundo. Al que desatiende con plausible indiferencia. Es más una cuestión práctica que un gesto o un mensaje. Es para que no se le caiga, sin más.

Sus ojos miran sin ver y su barba rala, acaso se podría decir incluso que coqueta, le confieren el porte de aquel a quien el día se le vino corto y aun apura los últimos rayos de un sol perdido hace rato.

Eso es todo lo que se podría decir de este hombre silente, comedido y cauto que, a las nueve de la mañana, viaja solitario frente a él, por las líneas doradas de los túneles de un metro de lúpulo y cebada, con la sola compañía de una lata roja y larga de cerveza a la que se aferra con firmeza y dulzura.

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