A nadie le interesan las carreras de tortugas

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Desmarcadas las Leires y las Bibianas ha quedado, sin embargo, su generación para liderar el partido, que es como quitar lo estrambótico pero sin abandonar la esencia.

 

A punto de producirse una nueva conjunción planetaria socialista (no se sabe por qué a Pajín uno la imagina dentro de muchos años como una anciana  desaliñada, una Brigitte Bardot adoradora, en vez de los animales, de los astros), las encuestas dicen que Madina saca ventaja como en esa atracción centenaria del monte Igueldo, la carrera de tortugas a las que hay que hacer avanzar metiendo bolas en unos agujeros. Para Felipe González no son tortugas, que es lo de menos (uno hace la referencia animal pero lo importante es el tino de los concursantes), sino candidatos de cartón-piedra. Eso sí que es un aval y no los de Sánchez. Ya puede ser uno tímido y el otro guapo que el cartón-piedra les deja tan caracterizados como para una película de Ed Wood después de una época dorada del cine que escondía su lado oscuro. Desmarcadas las Leires y las Bibianas ha quedado, sin embargo, su generación para liderar el partido, que es como quitar lo estrambótico pero sin abandonar la esencia, algo así como la sombra de Lucky Luke que, superada por la rapidez de su figura, se afianza por el contrario en su seguridad, una corriente de la que resulta imposible liberar por completo toda reminiscencia de ese cowboy solitario que hoy es Zapatero. González debe de estar harto de estos decorados porque quizá echa en falta el teatro clásico, desnudo como el tranvía de Brando que hace subirse en él todas las almas a pesar de su brutalidad. Cuenta Capote con qué habilidad de camaleón el joven aniñado de mil novecientos cuarenta y siete se mete en la piel del salvaje Kowalski para atrapar a todo el auditorio. Los candidatos van a dejar el escenario y ninguno ha logrado provocar ni una mueca porque tampoco el texto es poderoso. El PSOE ha pasado del discurso arrebatador y desafortunado, como el estreno de ‘La gaviota’ de Chéjov, al éxito posterior gracias a la interpretación de Stanislavski, para acabarse en un mediocre vodevil televisivo que suscita el cambio de canal. Ya a nadie le interesan las carreras de tortugas. Ni siquiera hay ya nadie que anuncie armonizaciones astrales para ponerles algo de humor.