A propósito de IU y los muertos resucitables

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La crisis de Izquierda Unida desorienta a muchos. ¿Es ésta la definitiva estocada que acabará con la formación?

 

La desorientación es la enfermedad que nos han diagnosticado los que mejor conocen las sociedades actuales. Algunos, y no es ninguna ironía, desde hace muchos años, como Franco Battiato (volvemos demasiadas veces a esta canción):

 

 

 

 

Para curarnos de ella, quizás, haríamos volver del otro mundo a algunos grandes personajes del pasado para buscar respuestas. Le preguntaríamos a Carlos Marx si esta sociedad de clases se parece en algo a la que él describió a mediados del siglo XIX y si existe una clase social lo suficientemente prepara como para convertirse en la clase universal y emancipadora del género humano. Porque podría ser “la gente” de la que habla Podemos y cada vez más miembros o ex-miembros de partidos políticos que se están disolviendo poco a poco bajo la sombra de Pablo Iglesias.

 

A Lenin le consultaríamos si Pablo Iglesias y los suyos están siendo inteligentes, si justo se han vacunado de la enfermedad infantil del comunismo, que siempre ha sido el izquierdismo. Pueden estar acertando en su viaje al pragmatismo o, incluso, en su jugar al despiste. A Trotsky, le preguntaríamos si hay riesgo de traiciones, cuáles serían los síntomas para detectarlas y las curas una vez se hayan producido, si es que no hay muertes de por medio, claro. También resucitaríamos a gentes en España. Por ejemplo, a los que se separaron del PSOE para crear el PCE hace ocho décadas, proceso que tuvo lugar en todos los países del mundo, pero los de aquí nos resultarían más cercanos. ¿Qué pasó?, ¿qué les separó?, ¿sólo las ideas?, ¿o el triunfo de la revolución soviética hizo soñar a los que se iban al PCE en ganar y, sobre todo, en tener más poder?, ¿por qué las juventudes del PSOE se convirtieron en comunistas en los años treinta? Y, después, ya con el estallido de la Guerra Civil, ¿los stalinistas españoles se creían el cuento de que los trotskistas eran la quinta columna, unos traidores, unos vendidos al fascismo?

 

Aunque, quizás, lo más interesante sería saber qué piensa Gramsci de todo esto. Si de verdad, por fin, en Grecia, en España, y en otros sitios, hay gente creando una hegemonía diferente al pensamiento de la clase dominante. Pero querríamos la opinión, sobre todo, de Pier Paolo Pasolini. Porque también le consultaríamos por qué seguimos siendo tan puritanos en el peor de sus sentidos y por qué resolvemos tan mal nuestras contradicciones, cuando él hizo precisamente de la contradicción virtud. Y del libre pensamiento. Si buscáramos de verdad una luz, sería la suya. Y no la de cualquiera con pensamiento dirigido, las más de las veces, por intereses. ¿Queda en el mundo una personalidad como la suya?

 

Todo esto es una tontería mayúscula, además de imposible, pero resolver todas esas cuestiones del pasado y la interpretación que harían los muertos de problemas actuales puede ayudar a entender lo que ocurre ahora, todos estos movimientos que, sobre todo, estamos viendo en la izquierda.

 

Inquietante resulta, no a una mayoría de la población, claro está, pero sí a esa minoría crónica que, elección tras elección, sabiendo que iba a perder, depositaba la papeleta con las mismas siglas de siempre. Esas siglas que durante una milésima de segundo tuvieron alguna esperanza y que ahora se descomponen sin remedio. No sólo por la fuga que se adivina de votos, sino por la desbandada sufrida entre algunos de los mejores de sus cuadros, por las peleas internas que siempre han sido muy duras, pero que ahora provocan deserciones muy importantes, quizás, porque en estos momentos hay islas donde naufragar mucho más populares, mucho más apacibles, con, seguramente, sustento mejor garantizado que esta otra isla a la que huyeron otros pocos en la otra gran crisis de IU. Sí, estamos hablando de Izquierda Unida.

 

Les podemos preguntar a los protagonistas actuales de toda esta historia. Pero la desconfianza es un defecto que tenemos bastante desarrollado.

 

No les recriminamos nada a los que se van. Pueden haber encontrado un mejor lugar, un instrumento más eficaz, para cambiar las cosas, algo que es absolutamente necesario. Tampoco a los que les acogen: es la mínima generosidad exigible. Ni a los que se quedan. Valoramos su amor por las siglas. Estimamos que no quieran diluirlas en un colectivo aún con poca forma y menos contenido. También nos gustan muchos de los que se quedan, pese a las críticas que siguen profiriendo contra la dirección de IUCM. Pero todo este ruido, que tiene su foco en IUCM, que convoca referéndums para decidir si confluye con otras formaciones para presentarse a las elecciones a la alcaldía de Madrid, y cuyo candidato, no sabemos por qué, no respeta, contamina a toda la formación. Quizás salpique hasta los resultados de las elecciones andaluzas, que pueden suponer el primer gran golpe que sufra la formación que ahora lidera Alberto Garzón. Dentro de una semana habrá muchas lágrimas. Porque todo esto seguramente despiste a los votantes que sólo son eso o, a lo sumo, simpatizantes, y no están al día de todos los acontecimientos, o apenas de los más truculentos, los que más manchan a la «marca». 

 

Esta entrada se titula «IU y los muertos resucitables» no sólo porque resucitaríamos a unos cuantos para que nos dieran el diagnóstico de la situación, sino porque confiamos en que IU es uno de esos enfermos con salud de hierro que saldrá de ésta. Nos preguntábamos ayer si IUCM, en su referéndum para que la militancia votara si confluiría con otras formaciones para los comicios locales, estaba decidiendo entre la muerte y el suicidio y alguien nos respondió que, sin duda alguna, lo había hecho por la vida. Veremos. 

 

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