A todos nos ha cortado la cabeza un taxista alguna vez

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Hoy he visto a un taxista llorando en la televisión. Lo entrevistaba un reportero desde Ifema. El taxista, que parecía interceder entre los exaltados, asumía un protagonismo moderador. Luego, en un apartado con el reportero, el taxista ha comenzado a soltar su retahíla de reivindicaciones, con mucha paja de por medio, apelaciones sentimentales y aportaciones personales que han derivado en lágrimas.

 

El sentimentalismo, mayormente, queda como una reacción a los argumentos reales. Como si a la razón hubiera que condimentarla para que tuviera sabor. Y por ahí se escapa el calor, incluso el del acaloramiento colectivo. Al ver llorar a este taxista me he acordado del llanto radiofónico de Junqueras pidiendo por favor la independencia de Cataluña, que es pedirla porque sí después de todas las vueltas, como echando un jarro de agua fría sobre las brasas del camino recorrido.

 

Ese llanto diluye los argumentos. Se aguan los razonamientos, que en el caso de las manifestaciones violentas se ven inundados. Después de estas, sus derechos han perdido buena parte de sus apoyos, de su equilibrio. El relato que queda es el de un gremio que satisface las expectativas, y eso es casi definitivo para él, definitorio seguro. Ha desperdiciado la oportunidad de presentarse como algo distinto a lo que, en general, la gente, sus propios clientes, piensan de ellos.

 

Los taxistas violentos, exaltados, huelguistas salvajes han acelerado su fin, que depende más de una actitud, de la adaptación a los tiempos lejos de los sedentarismos estéticos (Cabify ofrece 150.000 euros por licencia para integrar a los taxis), de la huida de los mohines viciados y de su picaresca proverbial, que de solventar las injusticias a las que, sin duda, se han visto sometidos por las decisiones atropelladas de unos políticos.

 

Aquí se juntan prototipos sin solución, definidos y confirmados por los hechos y las anécdotas infinitas. Se pueden contar historias de políticos y de taxistas como historias de miedo las noches de acampada. La diferencia es que todos las hemos sufrido de verdad. No nos hemos visto en la necesidad de que nos las contaran o de inventárnoslas. A todos nos ha cortado la cabeza un político o un taxista alguna vez y ha golpeado con ella el techo de un coche.

 

Era su momento para redimirse de su mala fama, pero no han hecho más que confirmarla. La última historia para no dormir que yo puedo contar es como me vi atrapado antes de ayer durante horas en la carretera de acceso al aeropuerto de Barajas mientras a mi alrededor, rodeado de VTCs, sus conductores y sus clientes eran grabados, increpados, amedrentados, acosados por cientos de taxistas envalentonados e iracundos.

 

Explotaban los petardos debajo de los coches, volaban las miradas desafiantes y satisfechas, los insultos intolerables. Se paseaban esos taxistas (hay otros taxistas) como dueños de la calle (de la autopista, en este caso) con las manos en los bolsillos (las caras tapadas muchos de ellos) entre los vehículos, mientras los viajeros se bajaban de los coches y autobuses retenidos a quilómetros de distancia de las terminales y corrían con sus equipajes por los arcenes para tratar de llegar a tiempo a sus vuelos.

 

Se ha visto el abuso y la impunidad, e incluso a unos “líderes” llamando a “la guerra” mientras el taxi se muere como las antiguallas, sin remoción y sin frescura, con las ventanas cerradas y, lo peor: sin ganas de abrirlas, ensoberbecida la profesión en ese mote anacrónico que era un presagio: el peseto, que protesta y agrede, y para terminar llora.

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