A Umbria

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El marqués, incapaz de estar más de dos días sin hacer nada, en evidente ejemplo académico de inmolación por el goce estético de los demás, nos lleva a Umbría para que conozcamos aquella tierra en la que tantos veranos felices ha pasado (bueno, su hija ya la conoce bien, pues fue en varias ocasiones con él). Sus amigos y sus seguidores conocemos bien aquellos veranos a través de sus entregas diarísticas en las que no deja títere con cabeza [1]. Miedo me da pensar en lo que me tocará leer en el contrapunto de este diario mío. Quiere también que conozcamos a algunos de sus amigos, como Ornella Busti, la propietaria de la casa en el Lago Trasimeno en la que vamos a pasar el largo fin de semana, o el gran pintor Franco Venanti. La siguiente parada, ya en Umbría, antes de llegar al Lago Trasimeno, fue en Mantignana, en el agroturismo de una pareja hispano-italiana, Ana, una joven filóloga profesora en la Universidad de Siena, y Alessandro, un enólogo de Rávena que regenta un viñedo y una bodega en la propia finca del agroturismo. Me encontré con Fernando Fernández, un profesor amigo de M., a quien ya conocía, que pasa sus veranos en Umbría desde que se prendó de ella, como cuenta en el libro que escribió al alimón con M.[2] Allí estaba también otra filóloga, de la sección carlista, Dianella Gambini, a quien bien conocía por los diarios del marqués. Es totalmente comprensible que una enamorada de Valle-Inclán y del marqués de Bradomín tenga una relación tan vibrante con el verdadero heredero espiritual de este. Dianella me cuenta que conoció a Sixto de Borbón, “el Rey”, en Gaeta. Allí era donde Valle-Inclán o la Pardo Bazán fueron a ver, a su vez, “al Rey”. Un carlista guipuzcoano a quien conocí hace años me contó que su abuela le ordenó, mientras estaba en viaje de novios por Italia, “ir a Trieste a ver al Rey”. Es decir, ir a hincar la rodilla en el panteón de los reyes carlistas que hay en una capilla en la catedral de la ciudad de Claudio Magris. Una conversación con un carlista siempre es deliciosa. Si el carlista, en este caso, la carlista, es italiana, la experiencia ya es sublime. ¿Dónde está ambientada la Sonata de Primavera? ¿Es Bolonia? Ella cree que es Gaeta, “donde estaba el Rey”. Me hace relato pormenorizado de sus pesquisas detectivescas a lo Simenon, y yo me acuerdo tanto de la inconclusa –ay- serie novelesca Las armas del tiempo, de Miguel Sánchez-Ostiz. Me hubiera quedado toda la tarde hablando con ella. Guardo un recuerdo precioso de aquella comida y aquella sobremesa. Me dieron ganas de gritar también a mí “Viva el Rey”. Durante un rato me sentí como un personaje de Los cruzados de la Causa de Valle Inclán o un testigo de los truculentos hechos de Montejurra, otra cruzada que necesita su novela.

Tras una breve parada en Torre del Lago, donde pudimos ver otra targa recordando “la bajada” a Italia del emperador Enrique VII de Luxemburgo, el de Buonconvento, nos llegamos a Asís. Estuve aquí hace casi treinta años, en otoño de 1994, cuando pasé unos meses estudiando en Roma en los lejanísimos tiempos de mi doctorado. Me vine con mis compañeros italianos, Fabio Brosio y Elio Castellana, quien acudía a cantar con su coro en la Basílica de San Francisco. A él, además, le correspondió recitar unos versos de San Francisco con su desarrolladísima vis teatral. San Francisco es la advocación del convento del Soto, en Iruz, pueblo el que se casaron mis hermanas y yo hice la primera comunión, allá por 1977. Y allí reposan mis padres, con vistas al Río Pas. Es imposible no recordarlos al llegar a la Basílica de San Francisco. Al no disponer de los auxilios de la fe y la esperanza para establecer contacto con ellos, solo me queda el magro consuelo de la literatura, que tanto tiene de teología de los afectos, las emociones, sobre todo del amor, que mueve el sol y las otras estrellas. Subimos a lo alto de la ciudad, donde está el castillo, para contemplar la blanca ciudad de Asís desde lo alto y en frente de nosotros las estribaciones del Appennino Umbro-Marchegiano, sobre todo el monte Subasio, de franciscana y dantesca memoria. Al dar relación de los orígenes de San Francisco, en el canto XI del Paraíso, Dante nos dice:

Entre el Topino y el caudal que baña
el cerro que escogió el beato Ubaldo,
de un monte pende una ladera fértil
 que el frío y el calor manda a Perusa;
por la otra parte de ese monte sufren
Nocera y Gualdo su oprimente yugo. 
Allí, en la parte menos empinada
le nació un sol al mundo, que reluce
como este sol tal vez brilla en el Ganges.
Paraíso, XI, 43-51

San Francisco es tan importante en la historia de la cristiandad europea que resulta imposible no añadir a Asís de modo espontáneo el marbete de “la ciudad de San Francisco”. Mientras M. nos contaba mil anécdotas sobre San Francisco –que espero que recoja por lo menudo en estos diarios cruzados-, entre otras sus viajes a Tierra Santa y Egipto o su encuentro aquí en Asís con Santo Domingo de Guzman [3], mi mente volaba distraída hacia otras iluminaciones  que me suscitaba Asís, como el comienzo de aquel poema de Propercio, natural de Asís:

Ya no temo ahora, Cintia mía, a los tristes Manes,
ni retraso el destino que es obligado a la última pira;
pero que quizás muerto pueda carecer de tu amor
es para mí un dolor más cruel que la propia muerte. [4]

Y, aquí, en Asís fue bautizado el emperador Federico II, concretamente en la Catedral de San Rufino Mártir. El heredero de Enrique VI Hohenstaufen nació en 1194 relativamente cerca, en Las Marcas, en Iesi, cerca de Ancona. La madre de Federico [5], Constanza de Hauteville, princesa sículo-normanda, era bastante mayor para ser primigrávida, por lo que tomó la decisión de dar a luz en mitad de la plaza, bajo una tienda de campaña, para que a nadie le quedaran dudas de que no había tongo alguno y no se pudiera contestar la legitimidad del heredero de trono imperial y de Sicilia. Un “vamos a entrar en la iglesia que maravilló a Goethe, el antiguo templo de Minerva” me sacó de mis ensoñaciones. Es surgir el nombre de Federico II y ya mi mente vaga por libre.

Por eso, cuando se oye o se ve algo
que atraiga el alma fuertemente a ello
el tiempo pasa y el hombre nada advierte.
 Purg., IV, 7-9

Y no será la última vez que me dé de bruces en este viaje con Federico II, stupor mundi. Volví de mi viaje astral y M. allí estaba contándonos cosas sobre Santa Maria Sopra Minerva (la otra iglesia homónima está en Roma, y en ella está enterrada Santa Catalina de Siena). Según el marqués, Goethe no quiso perder el tiempo mirando “los frescos de los frailes” en la Basílica de San Francisco, pero se quedó extasiado ante el templo de Minerva, que tanto me recordó la Maison Carrée de Nimes que visitamos hace unos pocos días:

“Nunca me habría hartado de observar la fachada y la ingeniosa coherencia que el artista demuestra. […] De mala gana me arranqué de esa vista, proponiendo llamar la atención de todos los arquitectos sobre este edificio, para que se pudiera obtener un plano exacto.”
(Goethe, Viaje a Italia, 25 de octubre de 1786)

Ahora tocaba llegarse a San Feliciano, junto al lago Trasimeno, donde está la casa de nuestra anfitriona Ornella Busti. Solo le hicimos esperar tres horas. Llegamos bastante avergonzados por nuestro injustificable retraso (hubo de todo: mala planificación, el GPS que hizo mofa y befa de nosotros una vez más, Lerichi que perdió sus auriculares y exigió, criatura, que regresáramos a buscarlos en plena noche a un paraje –por supuesto, a oscuras- donde ella creía que los había perdido). Ornella, que bien quiere a Ilia desde hace muchos años, que todo lo comprende, ni siquiera escucha las excusas y le da un enorme abrazo y se despide de nosotros hasta el día siguiente. La casa tiene una piscina que se asoma como un balcón al Lago Trasimeno. No se puede dejar escapar una oportunidad así en pleno verano. Aunque fueran las dos de la noche, nos dimos un baño, y otro baño, y otro vino, y otro baño. A veces, la vida está bien hecha.

[1] Ilia Galán, Diarios. La palabra perdida. Italia, Editorial Masónica, Oviedo, 2017. Id., Picadura de escorpión. Memorias en torno al Castillo de Migliano, Sapere Aude, Oviedo, 2018.
[2] Fernando Fernández Lerma e Ilia Galán, Pequeño Grand Tour, Hermanados en Italia. Diarios, 2014, Sapere Aude, Oviedo, 2016.
[3] Cuando se conocieron, evidentemente, ninguno de los dos era aún santo. Gregorio IX, en el siglo Ugolino dei Conti di Segni o Ugolino di Anagni, sumo pontífice entre 1227 y 1241, elevó sucesivamente a los altares a San Francisco de Asís (16 de julio de 1228), San Antonio de Padua (30 de mayo de 1232) y Santo Domingo de Guzmán (3 de julio de 1234). Esto es trabajar a destajo y ponerle una vela a San Francisco y a San Antonio y otra a Santo Domingo.
[4] Propercio, Elegías, I,19. Que sola se va a quedar mi muerte sin tu vida, Cintia.
[5] Federico Rugero, en la pila bautismal, en claro homenaje a las ramas germánica y sículo-normanda de su familia.

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