A vueltas con el Lazarillo

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El mes pasado recibí un email de una antigua alumna de la cual yo sólo recordaba dos cosas muy vivamente: su dulce sonrisa y que en muchas de las clases me ponía una grabadora encima de mi escritorio. En el email me comunicaba que se marchaba a Florida con su marido y que en los preparativos para la mudanza, mientras arreglaba papeles, había tropezado con las transcripciones de un curso sobre el Lazarillo de Tormes que había impartido yo hacía algunos años. Desgraciadamente, añadía, todas las transcripciones estaban hechas a mano y su caligrafía resultaba casi ilegible, de modo que si yo estaba interesado, se ofrecía a pasarlas a Word poco a poco. Enseguida le contesté diciéndole que le agradecía el ofrecimiento, pero que se preocupara más de su traslado que no de transcribir unas clases que, con toda seguridad, tendrían un valor muy limitado. No volví a saber más de ella hasta ayer, en que recibí otro email donde me adjuntaba un documento con parte de la primera clase transcrita y este escueto comentario: “le mandaré el resto en las próximas semanas. Creo que debería hacer algo con ello”. Confieso que de no mediar este blog, la transcripción hubiera ido a reposar a la sepultura de un USB, pero dado que estoy obligado a colgar alguna entrada todas las semanas (o casi) y que últimamente tengo varios amigos que me tientan a volver a mis investigaciones, me decido a publicarla aquí. Y quién sabe: a lo mejor hay alguien más, además de mi alumna, que piensa que estos apuntes deslavazados tienen algún valor.

 

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A vueltas con el Lazarillo

 

1. Introducción

 

Hace unos días cayó en mis manos una conferencia que dio Jorge Luis Borges al final de su vida sobre poesía. La buena poesía –nos decía allí Borges- trasciende el momento histórico, el país y, desde luego, el individuo que la concibió. Un poema no tiene coordenadas históricas. No hay un aquí y un ahora. El poema es como una rosa sin un por qué, que florece porque florece, tal como dijo el místico alemán Angelus Silesius. Sé que muchos de Uds. admiran a Borges. Yo también lo admiro, aunque nunca haya aceptado de buen grado esta visión universal y ahistórica del hecho literario. En esa misma conferencia Borges citaba como dechado de poesía tres plegarias que hacían los marineros fenicios cuando sabían que iban a naufragar. En una el marinero decía con resignación: “Madre de Cartago, devuelvo el remo”; en otra, “duermo, luego vuelvo a remar”; en otra imploraba, “Dioses, no me juzguéis como un dios sino como un hombre a quien ha destrozado el mar”. El valor poético y lo conmovedor de estas tres plegarias estaría, según Borges, en que nos encontramos ante un sentimiento universal. Los marineros van a morir y en uno o dos versos encierran todo lo que sienten en ese momento final: en el primer caso la labor marinera vista con orgullo; en el segundo la vida como regresión cíclica; finalmente, en el tercero, el temor ante el juicio final. Borges nos aclara que estas tres plegarias se leen en un cuento de Kipling, Y añade:

 

¿Son auténticas, como malamente se diría, o las escribió Kipling, el gran poeta? Después de formularme la pregunta sentí vergüenza, porque ¿ qué importancia puede tener elegir? Veamos las dos posibilidades, los dos cuernos del dilema. En el primer caso, se trata de plegarias de marineros fenicios, gente de mar, que sólo concebían la vida en el mar. Del fenicio, digamos, pasaron al griego; del griego al latín, del latín al inglés. Kipling las reescribió.


En el segundo, un gran poeta, Rudyard Kipling, se imagina a los marineros fenicios; de algún modo, está cerca de ellos; de algún modo, es ellos. Concibe la vida como la vida del mar y lleva puesta en su boca esas plegarias. Todo ocurrió en el pasado: los anónimos marineros fenicios han muerto, Kipling ha muerto. ¿Qué importa cuál de esos fantasmas escribió o pensó los versos?

 

Aquí, en este curso, no vamos a hablar exactamente de poesía, sino del Lazarillo de Tormes, pero el dilema que plantea Borges es perfectamente aplicable al Lazarillo: ¿Importa quien escribió el Lazarillo? ¿Cambia el significado de la obra? ¿Trasciende el Lazarillo la historia o su contexto histórico?

 

Les diré que por formación y hasta por temperamento no soy ni puedo ser platónico. Yo no creo en categorías universales ni en arquetipos. Cualquier evento es único y ese evento particular no se puede explicar sino dentro de una cadena de otros eventos. Lo mismo diría del lenguaje, de las palabras. Las palabras no bajan de un cielo ideal, sino que todas ellas están imbricadas dentro de una comunidad, de una tradición. Así, la azarosa vida de un marinero es común a todos los marineros, pero decir “marinero fenicio” no es lo mismo que decir “marinero vasco” o “navegante vikingo”. El gentilicio marca y enmarca un poema, una narración o cualquier relato. “Fenicio” connota viaje, comercio, Mediterráneo, el Mare nostrum… Dudo que un indonesio, un vietnamita o un mongol encuentren o sientan lo mismo que Kipling o Borges al oír o pronunciar la palabra “fenicio”, si es que existe esa palabra en su respectivas lenguas.

 

De modo que el origen de una palabra o el origen de un texto sí que importa, como importa saber la intención de un autor al elegir unas u otras palabras. Esa es la tarea del filólogo, al menos. Nosotros en este curso nos vamos a aproximar al Lazarillo en nuestra condición de filólogos, no de poetas o de lectores diletantes. El filólogo opera dentro de coordenadas históricas. El filólogo (y yo en este curso no aspiro a otra cosa) se preocupa de fijar un texto, determinar una autoría y, si acaso, sugerir una interpretación dentro de una estricta perspectiva histórica.

 

¿Qué sabemos, pues, del Lazarillo de Tormes? Por lo pronto, sabemos que se publicó en 1554 en cuatro ediciones distintas, aunque hay sospechas más o menos fundadas de alguna edición anterior. De esas cuatro primeras ediciones conservadas, una salió en la imprenta de Juan de Junta de la ciudad Burgos; otra en la imprenta de los hermanos Mateo y Francisco del Canto ubicada en Medina del Campo; otra tercera en Alcalá, en la imprenta de Salcedo y, por fin, una cuarta edición salida en las prensas de Martín Nucio en Amberes. Solo un año después, en 1555, se publica una Segunda Parte del Lazarillo, que sale también en la imprenta de Nucio, en Amberes. Esta segunda parte se ha supuesto de distinto autor, especialmente a partir de la edición castigada de Velasco, que la calificó de “impertinente y desgraciada”, aunque un contemporáneo, Juan de Pineda, veía las dos partes como una sola obra, llegando a llamar al conjunto “teología burlona”. Para nosotros, sin embargo, resulta inconcebible cualquier filiación entre las dos. El caso que cuenta el pregonero en nada se parece a la lucianesca aventura de ese Lázaro convertido en atún que se lee en la Segunda Parte, por más que el lenguaje se asemeje.

 

De modo que el texto del Lazarillo, en cualquier edición moderna, incluye el Prólogo y los siete tratados que aparecen en las ediciones de Burgos, Medina y Amberes de 1554 y excluye todo lo demás, desde la Segunda Parte a las interpolaciones que se pusieron en la edición de Alcalá. Pero, ¿en qué nos basamos para ello? ¿Por qué decidimos que los dos Lazarillos no forman una unidad? ¿Qué nos hace pensar que son de autor diferente? ¿Por qué, en fin, excluimos de manera terminante las interpolaciones del texto original? Es obvio que el editor lo decide en virtud de la supuesta intencionalidad del autor, aunque en este caso ni siquiera conozcamos su nombre.

 

La intención es un asunto peliagudo. ¿Qué entendemos por intención? Diré que en un texto la intención no implica la voluntad de un autor ni un significado concreto, sino, más bien, la supuesta querencia que el autor muestra hacia una u otra palabra o hacia una u otra frase dentro de un haz de posibilidades. La intención es el uso, dijo Wittgenstein. Cuando hablamos o escribimos nunca elegimos las palabras al azar, caprichosamente. Estamos condicionados por el contexto y por nuestros hábitos lingüísticos. Lejos de lo que se decía hace años respecto a la riqueza infinita de interpretaciones, la realidad es que toda frase está ceñida a un número muy limitado de posibilidades interpretativas.

 

No me pondré ahora a indagar, digamos, el “caso” del Lazarillo o la cuestión de la “honra”, porque sería empezar la casa por el tejado. Hagamos, más bien, una labor simplemente editorial o ecdótica. Veamos algunas variantes que se dan en las primeras ediciones del Lazarillo y determinemos cuál puede ser la más acertada o, si se quiere, cuál es la variante más cercana a la intención del autor. A veces hay erratas o errores gramaticales fácilmente subsanables. Así, tres de las cuatro primeras ediciones traen al principio, en el Prólogo, lo siguiente: “… alguno que las lea halle algo que le agrade y a las que no ahondaren tanto los deleite”, pero es muy obvio que en esa oración hay una errata y debe decir “a los que no ahondaren” en lugar de “a las que…”, tal como corrige la edición de Alcalá.

 

Algunos renglones más abajo aparece un pasaje mucho más complicado. El prologuista viene a decir que todo escrito tiene su relevancia y que, por lo tanto, no deberíamos desechar nada, aunque lo expresa de un modo un tanto tortuoso: “Y esto para que ninguna cosa se debría romper ni echar a mal”. Una vez más, solamente Alcalá añade la variante “Y esto es para que…” a fin de señalar o subrayar su valor causal. Cabría también la posibilidad de que “para” no funcione como preposición, sino que sea una forma del verbo “parar” y entonces leeríamos “Y esto para en que…” ¿Cuál es la postura que debemos adoptar en este pasaje? ¿Pensaremos que es deturpación del manuscrito original o que es el modus scribendi del autor? Si me piden opinión, yo me inclinaría por lo segundo y a dejar el pasaje tal como está en las primeras ediciones, con su valor causal, en parte porque así aparece en otros textos de la época -por ejemplo, en una traducción castellana a un texto de Vives: “aprenderá junto a esto la nuestra virgen guisar de comer… y esto para que sepa contentar a sus padres y hermanos…”- y en parte porque Juan de Pineda, de quien sabemos que estaba muy familiarizado con el texto anónimo, trae al menos dos “echar a mal” junto a la preposición “para”:

 

Más descubre la mala cual fue la vuestra, pues para la echar a mal, ha sido menester traer todo lo que habéis oído

No es esa lesión y memoria para echar a mal, señor Polígamo.

 

Toda elección entre variantes de un mismo texto es finalmente una conjetura, pero siempre tendrá más visos de realidad –o de verdad- si esa conjetura viene avalada por una batería de ejemplos en donde la variante elegida es la más común en los usos de la época. El peligro está a veces en la llamada “trivialización”, claro. Muchas veces la lección que nos parece más evidente o más lógica desvirtúa una expresión original o traiciona la idiosincrasia propia del autor. Así ha pasado, por ejemplo, con el verbo “demediar”, que aparece varias veces en el Lazarillo. Todos los editores modernos lo ven como un rasgo del idiolecto del autor y no lo han alterado. Yo no estoy tan seguro, sin embargo. Veamos todos los casos del verbo “demediar” en el Lazarillo:

 

1) tanto que me mataba a mí de hambre y así no me demediaba de lo necesario

2) Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y pluguiera a Dios que me demediara.

3) Con todo esto, diéronme de comer, que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron demediar.

4) Púseme a pensar qué haría, y parescióme esperar a mi amo hasta que el día demediase.

 

El verbo “demediar” en Autoridades tiene dos acepciones: la primera es “separar o partir en mitades alguna cosa” y la otra “cumplir la mitad del tiempo…”, con lo cual, si nos atenemos a estas dos definiciones, solamente el cuarto caso («que el día demediase») no ofrece discusión. Los demás usos de “demediar” parecen errores por “remediar”. El primer caso es de suyo confuso. La lectura más lógica sería “y a sí no se remediaba de lo necesario”. En el segundo caso, es de suponer que Dios, de proponérselo, haría lo posible para que el cura “remediara” al pobre de Lázaro y no que lo “demediara” o lo dividiera en dos mitades. Vean, sin más, estos dos casos sacados de textos contemporáneos:

 

A ésta me fue con lágrimas que movían a gran compasión demandándola piedad, porque çierto si no me remediara fáçilmente pensara morir (Villalón, El Crótalon)

Yo no supiera valerme por la iglesia ni por otra vía, si no me saliera al camino un buen hombre, como Tobías, y me remediara en su casa, a quien siempre soy en cargo. (Arce de Otálora, Coloquios de Palatino y Pinciano)

 

El tercer caso es aún más claro. Desde luego en el corpus de CORDE hallo hasta nueve casos con “pudieron remediar” y ni uno solo con “pudieron demediar” o con otra variante similar. Yo no soy editor, ni me atrevería a enmendar la plana a tantos prestigiosos estudiosos del Lazarillo que han dado por bueno “demediar”: simplemente quiero poner estos ejemplos de crítica textual para indicarles cuál es la labor del filólogo y de qué manera se ha de interpretar un pasaje escrito hace casi 500 años.

 

Y ahora abramos el libro y empecemos por el título… (continuará)

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.