Ábalos y la Transición

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Ha tenido que hablar Ábalos para volver a recordar lo mucho que me recuerda a Eufemio Zapata, el hermano de Emiliano, en la película de Elia Kazan. Además, lo ha hecho embozado (con mascarilla slim fit o rostro XL, según se mire), lo cual le da un aire revolucionario como de ir a caballo a cortar el cable del telégrafo. Pero hace tiempo que debió olvidársele montar a caballo. José Luis es Eufemio sólo en las formas. Nada menos revolucionario que una carrera transcurrida de sillón en sillón, desde el sindical hasta el ministerial. Si ayer Rufián venía a enseñarnos qué es la política y qué es el periodismo, hoy Ábalos viene a enseñarnos (por algo es maestro) qué es la democracia. Ayer no nos quedó muy claro qué es la política y qué es el periodismo, pero ayer eso era lo de menos. Hoy sí sabemos, gracias a Ábalos (el Maestro-ministro de Fomento), qué es la democracia. La democracia es pactar con Bildu porque ese pacto representa el espíritu de la Transición. “Con algunos la Transición hubiera sido imposible”, dice, citando a Carrillo y a Gutiérrez Mellado, tan distintos, tan contendientes, y añade que lo dice él (como presentando una denominación de origen), que estaba en “la clandestinidad” durante la dictadura. “La clandestinidad” suena de maravilla, incluso pronunciándolo Ábalos, que ha debido de encontrarse con una repentina inspiración, una especie de erección verbal matutina, y ha culminado su declaración apuntando a su clandestinidad. Dieciséis años tenía el ministro en 1975, quince en 1974, catorce en 1973… El clandestino adolescente. “Me dicen el clandestino por no llevar papel”, cantaba Manu Chao. En el PSOE comprendieron tarde qué era la democracia (hace sólo unos meses no tenían ni idea), pero han acabado comprendiéndolo y Ábalos nos lo ha explicado hoy. Dice el ministro de España por la gracia de Pedro Sánchez (menuda gracia), que con los que hicieron posible la Transición (los clandestinos adultos, por cierto), hubiese sido imposible la Transición. Lecciones de democracia o esas paladas más de tierra, las que hagan falta, para ir acabando de taparlo todo igual que se olvidaban en vida los muertos en Coco, la película de Disney, que se morían para siempre después de haberse muerto; en este caso después de haber sido asesinados.

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