Abril

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Con la esperada irrupción de la primavera llegan las primeras fiestas, los primeros vientos que transportan la olorosa cagada matinal de vaca esparciéndose desde el puerto de Beirut. Al fin dejaremos de comer la carne podrida enviada por los carniceros de Israel para degustar ternera caducada en Brasil. Al líder de las Fuerzas Libanesas, el cristiano Samir Geagea, han intentado cargárselo esta semana unos francotiradores mientras paseaba por el jardín de su residencia arrancando flores. El doctor Geagea ya no es lo que era, cuando en sus mejores tiempos se le condenaba a cuatro penas de muerte al año por echar la tarde ordenando asesinatos varios. Ahora, viejo y calvo, se conforma con recurrir a guionistas de bodrios dignos de un musical protagonizado por una Britney Spears con sobrepeso, sabedor de que en el Líbano no eres nadie mientras no te ponen un coche con 800 kilos de explosivo a la puerta de tu casa.

 

Los sirios, a los que tanto adora Geagea, aparecen por todas partes si es que alguna vez se fueron. En las decadentes cocinas de las casas de Beirut, sirviéndose copas en el salón de un expatriado, haciendo cola para mear como el resto de invitados…Con gesto consternado recuerdan bebiendo whisky que la situación en Siria es sombría, sonríen como bobos cuando escuchan la palabra España como si no pudiésemos bombardearlos si nos lo mandara la OTAN. En un impecable inglés afirman sentirse encantados en una ciudad tan cosmopolita como Beirut donde una chacha etíope puede cruzarse por la calle con un europeo que anda y ser atropellada por un Jeep conducido por un kuwaití y tres meretrices ucranianas después de echar un polvo en el Movenpick Hotel. Solo en los países tan cosmopolitas como este es posible que te joda tanta gente diferente, en todo momento y de tantas confesiones religiosas diferentes.

 

Los refugiados de lujo de la capital cuentan historias terribles de sirios abandonados a su suerte en el Casino du Liban, gastándose la pasta de la familia, obligados por las circunstancias a caer en la adicción, que no puerco vicio, a las putas del este; enseñan a través de sus blackberrys fotos de Assad saliendo de una matrioska con una metralleta, sorprendidos ellos, sorprendido el mundo, de que el oso ruso no haya salido de la madriguera en busca de amigos.