Acaso estamos todos locos

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A mi mejor amiga en Manhattan su novio la ha bautizado La reina del platanal. Sus dominios abarcan las calles del Muy Alto Manhattan, cercanas a Harlem, de densa población caribeña. Ama los tostones y los maduros, camina con donaire por las veredas caldeadas por la primavera, suspira frente a las frutas frescas de nueva temporada que brinda el supermercado, se admira de lo bello que se ponen los frentes de esos brownstones de la calles estrechas que llevan hacia el rio. Le apasiona mirar gente extraña en los subways.

 

New York

 

A mi mejor amiga en Manhattan su novio la ha bautizado La reina del platanal. Sus dominios abarcan las calles del Muy Alto Manhattan, cercanas a Harlem, de densa población caribeña. Ama los tostones y los maduros, camina con donaire por las veredas caldeadas por la primavera, suspira frente a las frutas frescas de nueva temporada que brinda el supermercado, se admira de lo bello que se ponen los frentes de esos brownstones de la calles estrechas que llevan hacia el rio. Le apasiona mirar gente extraña en los subways.

 

Mi mejor amigo de Manhattan ─al que no veo en 2 años porque así es la vida en esta ciudad─ desapareció cuando compró una casita en las colinas de New Hampshire. Viene apenas unas horas al mes, a ver a su madre que tiene Alzheimer, y a pagar la renta de su departamento en el West End. Sé que le gustaba que fuéramos al cine a ver las nuevas películas de Clint Eastwood y a quedarse dormido con sus palomitas y su bolsa de tela siempre repleta de papeles y tazas de cartón, manchada de café.  Le encantaba hablar en chino con las meseras de los restaurantes baratos donde nos íbamos a comer después de la película. Había estado muchas veces en China. Las meseras sonreían de compromiso. Parecía que nunca le entendían.

 

Mi primera jefa neoyorquina tenía un negocio cuidando perros y gatos. Le debo la vida porque me enseñó a pasear a pastores alemanes con atracción fatal por las ardillas y porque una vez alojó a mi madre en un penthouse con vista a Central Park . Lo hizo con la condición de que no molestara mucho a un gato siamés diabético, el único inquilino de este apartamento de varios millones de dólares, al que mi jefa tenía que inyectar dos veces al dia, para que ronroneara en paz entre los cojines de terciopelo. Sus dueños tenían otro apartamento en Londres y vivian en Manhattan 5 meses al año.

 

Mi mejor amigo senegalés es abstemio y vivió tres años con una japonesa. Ella estaba prohibida por su padres de andar con nadie que no fuera de su misma raza, así que mi amigo tenía que conseguirse otro cuarto cuando ellos venían a verla y extrañarla el mes entero en que su enamorada se regresaba a la casa paterna en los suburbios de Tokyo. Mi amigo no bebe ni come puerco porque su religión se lo prohibe. Ella se tomaba su primer vaso de vino a las 9 de la mañana y no paraba hasta las 10 de la noche. «Es una puerca», me dijo él: se metió con el dueño del restaurante japonés donde trabajaba de mesera y de un día para otro se plantó frente a él para decirle que lo dejaba: bye bye african lover.

 

Mi mejor amigo venezolano es hijo de inmigrantes chinos y le gusta pararse en las esquinas de los elevadores a escuchar a los hispanos que se trepan y empiezan a decir «¿Este chino de qué se ríe?» sin imaginar que están siendo comprendidos en toda su ignorancia. Él organizaba los grandes campeonatos de fútbol en Central Park y en época de mundiales nos ponía a todos al tanto de los partidos de exhibición en el estadio de los Giants. Una vez nos puso a correr entre los autos de la autopista que cruza New Jersey, la Turnpike, porque empezaba una exhibición de la Fiorentina y si nos esperábamos a que la carretera se desembotelle nos perdíamos el primer tiempo. «Ahí nomás está el estadio», decía mientras nos apuraba para que bajáramos y subiéramos, alocados, por esas rampas de concreto anchas y sin veredas, solo para autos. 

 

A Gustavo Cerati casi lo pude ver antes de que entrara en coma. Maldigo a los Calle 13 porque sus seguidores aborrotaron el pequeño anfiteatro del Summer Stage, dos horas antes del comienzo del programa doble. Cerati, el telonero, tuvo que cantar frente a una multitud de chiquillos que creían en el perverso imperialismo yanqui y no sabían moverse cuando él decía «Y nadie puede venir, a rescatarte». Sus miles de fans estábamos al otro lado de la pared, locos de rabia, escuchando su voz.

 

Los locos somos nosotros, dice la canción que suena desde la radio del Camaro blanco que avanza a toda velocidad en el cruce de la 42 y Broadway. Dos muchachos negros mueven la cabeza al ritmo de la música. Una anciana los mira y conversa consigo misma, un hombre de camisa azul muy arrugada y lentes de esos que parecen fondo de botella observa la pantalla gigante que anuncia las noticias de las 11:33 de la mañana. 

 

¿Y?