Actitudes

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Un compañero me acusó el otro día de mala actitud en el trabajo y ayer mismo una buena amiga mía me soltó, como quien no quiere la cosa, que no le gustaba mi negatividad. Al pedirle explicaciones, trató de evadirse, pero finalmente, ante mi insistencia, me espetó:

 

-Lo criticas todo. Ves siempre el vaso medio vacío. No hay manera contigo. Tú eres como uno de esos a quien le toca la lotería y en lugar de planear un crucero por el Caribe, se pone a pensar en todos los pedigüeños que van a llamar a su puerta.

 

No busqué defenderme y, simplemente, le dije que si me tocara la lotería lo primero que haría es regalarle a ella ese crucero por el Caribe y luego, a lo mejor, hasta cambiaba mi actitud ante la vida.

 

-Lo dudo. El dinero no da la felicidad ni le libra a uno de sus demonios. Tú lo que necesitas es ir a terapia.

 

Como la terapia no es lo mío, decidí cambiar de tema -ya que no de actitud- y pasé a hablar de política, que es lo que uno suele hacer cuando quiere evitar los asuntos personales. Mi amiga enseguida se excusó, dejándome con la palabra en la boca, pero al poco yo continué solo con mi perorata, en parte pensando que al día siguiente tenía que escribir algo en el blog.

 

Al parecer, también los votantes aquí en EEUU tienen una actitud de lo más negativa hacia sus gobernantes, responsabilizándolos de todo, desde el paro y la guerra de Afganistán, hasta la supuesta pérdida de competitividad del país. La actitud del americano, según todas las encuestas y sondeos, es terrible.

 

Leo en algún sitio que una actitud no es una opinión, una creencia o un sentimiento arraigado, sino más bien una respuesta emocional (otros dirán visceral) frente a una situación o fenómeno determinado. Las actitudes se razonan poco, pero no son nunca instintivas. Uno puede tener una actitud negativa hacia tal o cual candidato político y decir que siente rechazo o incluso repugnancia hacia el matrimonio gay o la reforma sanitaria, pero bastará una buena campaña electoral o un debate televisivo para cambiar en poco tiempo esa actitud.

 

Una actitud es algo así como una moda. Unas veces se siente una actitud negativa hacia los sindicatos, los agentes de bolsa o la especulación del suelo y otras es al contrario, se produce una actitud complaciente y hasta entusiasta, dependiendo del curso de los vientos en la opinión pública. En los años setenta no había una profesión más envidiada que el periodismo y veinte años después la actitud, si no plenamente contraria, había cambiado de manera drástica. Las filias y las fobias de la gente son cambiantes y a veces un tanto caprichosas. Un año la actitud que se tiene hacia la economía es de total optimismo y al siguiente estamos a punto de la bancarrota.

 

Ahora la gente anda de mal humor en América y parece que dentro de dos semanas lo van a pagar los demócratas, como hace dos años lo pagaron los republicanos, aunque éstos hicieron mucho más méritos que han hecho los demócratas en estos escasos dos años para atraerse la inquina de los votantes. Pero la actitud es la actitud, y si la actitud es negativa, de poco sirve ponerse a razonar o pedir más paciencia o recordar la historia reciente. La actitud, como la moda, no atiende a razones. No le pidas a un chico de quince años que se suba los pantalones y se apriete el cinturón si la moda dicta lo contrario ni a un votante que cambie la orientación de su voto si le han metido en la cabeza que el país va derecho a la ruina.

 

Mi amiga me acaba de llamar para pedirme disculpas por lo que me dijo ayer, aunque al final me dice que más que mala actitud lo que me pasa a mí es que soy muy criticón.

 

-Crítico -le aclaro yo- es el que discrimina lo bueno de lo malo.

 

-Sí, ya, pero criticón es quien sólo tiene ojos para el error y está ciego para el acierto.

 

Le interrumpo:

 

¿A quién vas a votar para gobernador de Nueva York?

 

-Pues a quien tenga una actitud más positiva.

 

-Cuomo, por ejemplo…

 

-Naturalmente. ¿Tengo yo cara de votar a un republicano?

 

-Ni cara ni actitud, querida.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.