Acto II: Civet de gato

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En cuanto al sabor, esta Traviata sabe a uno de esos menús que te dejan los bolsillos llenos de calderilla y el estómago, de añoranza: primero, segundo y postre por 9,45; por 10,20; por 14,90. Pescado congelado y pequeño y carne guisada sin ganas: un apetito tremendo de volver a los fogones de casa.

 

Las dudas existenciales suele apoderarse de quienes no acostumbramos a madrugar. Nos sentamos en el borde de la cama y, con el pelo revuelto y legañas hasta los tobillos nos preguntamos por qué. Igualito que cuando te sirven la peor hamburguesa que hayas comido en tu vida. ¿Por qué?

 

El principal de todos los porqués se responde en aquel ensayo en el que ves las luces como (casi) quedarán, el vestuario definitivo, el maquillaje que acompañará a las chicas y el cañón que es la orquesta, además de los solistas a pleno rendimiento.

 

Pero el porqué secundario, y no por ello menos importante, puede revelarse en cualquier otro de  esos delicados momentos de almuerzos dudosos o sueño considerable: por qué comemos tan mal y  por qué tarareamos arias en el metro. Puede revelarse, por ejemplo, al entrar en el comedor de un  hotel congelado en tiempos peores, en el que nos pasan el menú y anuncian, con pompa, tres  primeros y otros tantos segundos que hacen cundir el pánico en la mesa:

 

 –¿Qué es un civet de corzo?

  –Una especie de estofado.

 –Pues eso.

 

 Este festín de manteles añejos y vichyssoise de primero se completa con un toque de distinción, un  guiño a nuestra condición de domingueros en camiseta y chanclas, de «los de la ópera»: Norma, de  Bellini, suena a todo trapo por la megafonía mientras que en nuestra mesa surgen espasmos de  terror y, en la de los cantantes, el esfuerzo palpable por cerrar los oídos.

 

 –Pues esta mañana era Traviata. Y el café de aquí no hay quien lo beba –responde otro comensal.

 

 Los espaguetis no llegan. Ya no importa el número de focos que se vayan a colgar, la escenografía,  el vestuario. Esto es una emergencia.

 

–He visto un gato.

–Estarán intentando quitarle tu comida.

 

Sin venir a cuento, empieza una carcajada contagiosa a la altura de un penetrante casta diva que nadie quiere escuchar: no ahora, no en el sagrado momento del tinto de verano y la conversación intrascendente.

 

Dentro de un rato comenzará el ensayo pregeneral; mañana, el general; y el viernes, se estrena la flamante Traviata que durante un mes ha ocupado a una suerte de familia constituida para la ocasión; a una compañía efímera que el mismo sábado separa caminos y ataca, entre otras cosas, una Norma.

 

Traviata, alzada desde el suelo y cuatro elementos de utilería, tiene color, sabor y sonido. Una intrahistoria y unas ganas, que dan vértigo y nostalgia anticipada, de volver a casa. Y en medio, un estreno: ahí acaba todo, aunque no haya hecho más que empezar. ¿Qué dejará? Notas, partituras anotadas y pautas marcadas. Y un sabor penetrante e inolvidable a civet. A civet de gato.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.