Acto III: Reencuentro en Mi bemol

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Un Mi bemol no deja de ser algo tan nimio como lo que hay entre un re y un mi. Lo que hay en medio, y lo que, en algún momento de La Traviata, puede emerger de la garganta de Désirée Rancatore.

 

Las sopranos usan, a veces, una expresión muy graciosa para referirse a sus mis, a sus sis, a sus res: «Yo tengo un Si bemol así de grande», indicó una en cierta ocasión, separando mucho las palmas de las manos. Désirée no presumía, sencillamente se colocó al borde del escenario y nos despeinó con todo lo que llevaba.

 

Así, lo que para el lego suele ser no irrelevante, pero sí secundario en una noche de estreno –¿Qué más dará la nota que sea, siempre que sea?–, para el crítico de linterna de LED y partitura en ristre se convierte en la sustancia principal de una crítica acerada.

 

Tras haber escuchado decir que un contratenor cantaba en falsete en una producción pasada o, más recientemente, que los cantantes estaban muy cerca del escenario y por eso se les escuchaba mejor (?) asumí la frase que alguien me dijo una vez, a modo de consejo para la nueva andadura: «Sean positivos o negativos, los comentarios solo me importan cuando no son tonterías».

 

TraviataFinalSi bien es cierto que el viernes pasado, a fuerza de haber pasado un mes escuchando la misma ópera todo el día y buena parte de la noche, creo que podría haber percibido hasta una entrada mínimamente desajustada, supongo que ahora, con la maleta deshecha y de vuelta en casa, únicamente me quedo con la salida a escena de todos al saludar al final, con las lágrimas de la Rancatore y con los abrazos indiscriminados que ponían punto y final (punto y seguido, punto de inicio) al periplo de esta producción.

 

Queda un vacío muy raro después de todo, al soltar el émbolo que llevas apretando todo un mes. El vacío que sigue a la colisión, al encuentro de todo a la vez y, en el fondo, a la primera ocasión en la que todas las piezas del engranaje teatral van untadas de ese pequeño plus, de ese millar largo de caras que escrutan, escuchan, asumen lo que tienen ante sí. De ese momento en el que todos, sin excepción, echan el resto.

 

El vacío que deja una nota perdida entre un re y un mi, por ejemplo, o una sala vacía y sin rastro de lo ocurrido. Un camión con la producción dentro, sin que ni los veraneantes que marchan a la playa por la autopista desde Madrí ni los que, ay, sufridos, vuelven, tengan ni idea de que dentro se esconde la vida y muerte de Violetta Valéry. Pero estar, está ahí: yo lo viví.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.