Actualidad de la hierba (fragmentos de Whitman)

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"Que el lodo sea mi heredero, quiero crecer del pasto que amo"  (Hojas de hierba, Walt Whitman).

 

Las rocas impasibles que reciben y devuelven tantos ecos. La clara luz juega sobre los vaivenes del verde. Tiéndete en el pasto conmigo, desembaraza tu garganta. Sospecho que la hierba misma es un niño, el recién nacido de la tierra.

 

El esclavo prófugo. Me acuerdo bien de su torpeza y de la inquietud de sus ojos. No pregunto al herido cómo se siente, soy el herido. Me inclino también antes lo nichos olvidados, absorbiendo todo para mí y para este canto.

 

Ningún cuarto cerrado, ninguna escuela puede hablar conmigo, pero sí la gente ignorante y los niños. Nada, ni Dios, es más que uno mismo. Lo más común, lo más barato, lo más cercano, lo más fácil, eso soy Yo. 

 

A una prostituta cualquiera: Mientras el sol no te rechace, no te rechazaré. ¿Sospechas en mi un propósito oculto? Sí, lo tengo, porque lo tienen los aguaceros de abril. ¿Crees que quiero asombrar? ¿Asombra, acaso, el día?

 

No me importa justificarme o ser comprendido. Veo que las leyes elementales no piden disculpas. Sonríe, tierra voluptuosa de fresco aliento, tierra de los árboles dormidos y húmedos. Acúname con suavidad, méceme en tu sueño ondulante. Mi actitud no es la del censor: Humedezco las raíces de todo lo que crece.

 

Amplios campos musculares. Al subir las escaleras me detengo a reflexionar si no estoy soñando. Ser en cualquier forma, ¿qué es eso? Giramos y giramos para volver al mismo punto, todos nosotros, sin fin. Si no hubiera nada más evolucionado que la almeja en su insensible valva, eso bastaría.

 

Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas. Siento que en mí ser se incorporan el gneis, el carbón, el musgo de largos filamentos, las frutas, los granos, las raíces comestibles. Sepan que no doy conferencias ni limosnas. Cuando doy, me doy a mí mismo. Camarada, esto no es un libro. El que lo toca, toca a un hombre.

 

Donde gira el murciélago en los atardeceres de julio. Donde las sombras del ocaso se alargan sobre la ilimitada y vasta llanura. En vano la timidez o la prisa. Creo que podría vivir con los animales, son tan secretos y tan plácidos. 

 

¡Tierra! Ilustre anciana, ¿qué es lo que buscas? Siempre la tierra virgen y sin arar. Siempre al amor, siempre el sollozante fluir de la vida.

 

No os menosprecio, sacerdotes de todas las épocas y naciones, pero mi fe es de todas la mayor y la mínima. Acepto los Evangelios, acepto a aquel que fue crucificado, sé que es divino. Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no lo comprendo en lo más mínimo.

 

El pequeño duerme en la cuna. Levanto la gasa y largamente lo miro. Sin ruido espanto las moscas con la mano. Soy el que camina con la tierna y creciente noche. Lo sobrenatural no vale nada: con el tiempo yo seré también sobrenatural.

 

Si no me encuentras al principio no te descorazones. Si no estoy en un lugar me hallarás en otro. En alguna parte te espero. A ti que no has nacido aún, a ti te buscan estos cantos. Sé tan feliz como si yo estuviera a tu lado. (No estés demasiado seguro de que no esté contigo).

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.