Adiós, Kim, mala persona

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Murió el misterioso y patético Kim Jong Il, el dictador  coronado que fue de la república democrática de Corea. (los apelativos precedentes los escribimos en minúscula por la escasa veracidad de la entidad a los que alude) Murió otro general y las gentes de aquel reino olvidado por su excentricidad geográfica plañen en público para mostrar su dolor por el óbito que los deja sin el aliento que necesitan para sobrellevar la penosa vida que llevan. Plañen con tristeza en su profundo plañir, y los ojos del mundo atestiguan el gran dolor que expresan sus corazones. Ha muerto su salvador. (Cualquiera diría que en esta frase hay un oxímoron).

 

Antes de avanzar, preguntemos dos cosas. ¿Por qué tan dolorosos lloran si saben que, imberbe, ocupa el sillón vacante el vástago de su adorado líder? ¿Son ciertas, además, las lágrimas de los pobladores del atómico país? Sí, lloran con sentido y verdadero pesar, y las respuestas a esta pregunta postrera las encontramos en un hecho inédito, censurable, previsible: allá en las tierras del difunto Kim Il Sung las glorias y gestas reales o inventadas de estos “comunistas” de ascendencia divina son metidos con plúmbeo y eficaz método en la cabeza de los infantes a edad temprana. Imagine quien esto lee la tristeza que nos embarga cuando nuestros héroes cinematográficos mueren o corren una suerte aciaga. Sufrimos, aunque de antemano sabíamos que eran de ficción, que el cine no es una historia de andar por casa. Lloramos igual cuando nuestros héroes con los que moldeamos nuestra infancia corren una infausta suerte. Pues en Corea es igual. En aquel doblemente excéntrico país los papados líderes han suplantado a los héroes con los que sueñan, lloran y crecen todos los niños. Por la vía de la educación oficial, se instalaron en sus primeros sueños los que gozaban de la vida de sus padres, de manera que en su infancia tierna supieron que eran los único héroes que los podían salvar en cualquier adversidad. Su duelo es, pues, verdadero.

 

La historia de la infancia hurtada tiene, pues, largo recorrido. Hemos hecho alusión al carácter apartado de su emplazamiento geográfico, pues cualquiera necesitaría muchas razones para viajar  hasta un rincón remoto de la remota Asia, contando, además,  con el inconveniente de que la misma China, país de abordaje obligatorio según de donde se venga, y con el que comparte sus fronteras occidentales, sigue recelosa de los que se inmiscuyen en sus “asuntos internos”. Creemos que su instalación en las periferias del centro  de interés mundial ha permitido a los sucesivos líderes de Corea la apropiación de todas las voluntades de las personas que han tenido la suerte de nacer en el país. Creemos que no hubieran corrido la misma suerte los habitantes de cualquier región cuyas coordenadas no fueran 40 00 N, 127 00 E. Las de la República Srpska, por ejemplo, son 44°46′33″N 17°11′08″E, y en la zona no se ha dado una historia de un hermetismo tan longevo como el coreano.

 

Aparte estas especificidades científicas, el factor humano tiene mucho que ver con el estado de cosas del país puesto en pie por el largamente llorado Kim Il Sung. Porque la lejanía de su emplazamiento no exime a los humanos de las culpas que cometen con sus ciudadanos al ser abandonados a su suerte. Siendo un país cuyas gentes captaron nuestra atención desde la adolescencia, hace sólo unos meses hicimos unas reflexiones en las que dijimos que «birmanos, norcoreanos y guineanos» necesitan el apoyo internacional para «deshacerse de sus tiranos» porque la libertad es un «reto universal» que a «todos» implica.

 

Esta es una verdad que se convierte en un reto lanzado a todos los hombres del mundo, quienes se embarcarán en la lectura o redacción de reflexiones en torno al deceso del dictador de Corea del Norte. Ni siquiera el hecho de no haber hecho nunca nada para aliviar la penosa situación de las gentes coreanas les impedirá diseccionar los hechos ocultos de la muerte del dueño de sus vidas. Planteada esta necesidad, y desvelado el reto, hacemos la pregunta: ¿cuál podría ser el favor que el actual mundo desarrollado, libre y civilizado podría prestar a las gentes de Corea del Norte? En estos tiempos de gran efervescencia social, con un alzamiento global contra los poderes económicos que luchan por el control de las vidas de los ciudadanos, en estos tiempos de un desempleo atroz, en estos tiempos de miles de personas privadas de un bien universal como la vivienda, no parecería recomendable traer de sus sitios de origen a los súbditos de Corea para encadenarlos una carestía aún peor, contando incluso con la incertidumbre que pesa sobre su particular modo de vida en el país de sus padres. Es decir, aunque no se conociera la calidad real de sus modos de vida, nada pueden hacer por ellos las gentes del hasta ahora llamado mundo libre, porque ya no tienen nada que ofrecer.

 

Y este es el drama del mundo que antes decíamos desarrollado: ya no tiene nada que decir, pues menguadas las posibilidades de ofrecer, que era antaño su activo más valioso, no puede justificar las causas de esta zozobra en la que está metido. Necesitado de ser salvado, no parece que tenga medios ahora para salvar a nadie. Y descubierta la evidencia, se descubre igualmente su desidia por el olvido deliberado de la suerte de los otros hombres y mujeres que durante años vivieron bajo el sojuzgamiento atroz de infames dictaduras. O sea, su inacción anterior nunca dejará de ser censurable.

 

Estas reflexiones sobre el deceso del siguiente dictador de Corea tiene una intención: regada en llanto masivo el entronamiento  del su hijo, quedamos expectantes de los asuntos de Guinea Ecuatorial, un país africano en el que hay que buscar las verdaderas razones para su historial prolongado de relaciones de “hermandad” con el país de los Kim, si no es la protección mutua que se dan los dirigentes con ansias desmedidas de controlar la voluntad de sus habitantes. La mención de la asunción del poder del vástago del fallecido rey, ídolo de masas por imposición gubernamental, nos habilita para fijar nuestra atención en nuestro patrio solar, donde ya están puestas las primeras piedras que darán validez legal, labrado en piedra dura, al entronamiento del vástago libertino del dictador de nuestras vidas. Es, pues, una muerte premonitoria de nuestro actuar para enderezar nuestro rumbo largamente torcido.

 

Barcelona,  20 de diciembre de 2011

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.