‘Adú’, cruzando fronteras entre la realidad y la ficción

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“En 2018 más de 70 millones de personas abandonaron su hogar en busca de un mundo mejor. La mitad de ellos eran niños”.

Con tales palabras acaba la película Adú, dirigida por Salvador Calvo. Así suelen acabar las películas basadas en hechos reales con un trasfondo social crítico. Este tipo de final catártico ha llegado a ser recurso cinematográfico familiar para comunicarle al espectador que puede estar seguro de que hay realidad detrás de todas las imágenes que acaba de ver. No tenemos que suspender nuestra inclinación natural de no creer en cosas improbables, como en el famoso dictum de Coleridge, que un elemento esencial de una obra ficción es la “suspensió de la incredulidad.”

Eso sí, Adú es obra de ficción, a pesar de la supuesta realidad que sirve de fondo para narrar la historia. Para los que leen periódicos o ven imágenes televisivas de los horrores diarios de migrantes africanos camino a Europa, en la inquietante película de Calvo no hay que suspender demasiado la incredulidad al haber visto en la pantalla grande confirmación de lo que se proyecta en las pantallas hogareñas, las cuales nos dicen poco o nada de las causas del problema. Sin embargo, no por eso tenemos que descartar del todo este intento por parte del director de Adú de inquietarnos frente a la triste realidad que pasan tantos africanos, junto con el sinnúmero de ciudadanos del mundo, niños y adultos, en sus odiseas “en busca de un mundo mejor”. Más bien el filme nos proporciona una excelente oportunidad para reflexionar no solo sobre la presente situación de migraciones desde el sur al norte globales y metafóricos, sino también sobre la manera por la cual tal situación entra en nuestras conciencias.

En cuanto a la relación realidad-ficción de la historia de Adú, habrá que considerar las tres narraciones distintas, argumentos aparentemente inconexos, aunque entrelazados al final en una ingeniosa maniobra de suspensión de la incredulidad. Aviso al que no haya visto la película, aquí van breves resúmenes de las tres historias:

1) Melilla: Después de un atropello en el que varios guardias civiles españoles causan la muerte de un nigeriano al intentar cruzar la frontera entre Marruecos y España los causantes de la muerte son acusados en un proceso judicial en el que quedan absueltos. Somos testigos no solo del crimen sino también de la exploración de la conciencia de uno de los policías, ansioso y confuso por su culpabilidad y la de sus colegas.

2) Camerún: La odisea de África a Europa (Melilla) de un niño cuyo nombre es el título de la película. Éste es el eje del filme. Adú y su hermana huyen de un grupo de cazadores furtivos después de haber visto cómo matan a un elefante para beneficiarse de la lucrativa venta de sus colmillos. Pasan múltiples calamidades, en las cuales, como en un típico thriller sentimos, como espectadores, el mismo miedo que experimentan los jovencitos, pero, diferente al thriller de turno, el director añade una fuerte dosis de compasión, simpatía y tragedia.

3) Camerún-Marruecos. Un conflicto familiar entre españoles: un intrépido trabajador en una ONG que se dedicada a proteger a los elefantes de Camerún está indignado al ver que sus colegas, tanto europeos como africanos, no hacen todo lo posible para salvar a los elefantes, insinuando incluso que están implicados en el tráfico de colmillos. Después de ser despedido por tales acusaciones y desplantes recibe a su hija adolescente, conflictiva y drogadicta de visita a Yaundé, la capital de Camerún. La relación personal entre padre ausente e hija problemática se desarrolla dentro de las otras dos narraciones culminando en la escena final, en la que se anudan los cabos sueltos de una manera espacial. Los personajes se cruzan por casualidad en el paso fronterizo entre España y Marruecos: después de ser rescatado en un intento de cruzar la frontera por vía acuática, vemos a Adú en una furgoneta estatal camino a un centro de acogida; la hija del ecologista, también camino a la frontera en su vuelta a España peninsular después de la intensa convivencia con su padre, que la ha salvado de ser detenida por posesión de drogas. En la frontera también vemos al guardia civil impune ejerciendo en este momento decisivo su labor de agente en ese espacio fronterizo.

Son cabos sueltos atados no en la trama sino en el tema central –las complejas y tensas relaciones África-Europa. Adú, en cierta medida comparable al premiado Babel de Alejandro González Iñárritu, puede ser criticado por incoherencia. Sin embargo, al espectador que quiera entrar en el cuaderno político, económico y ético en el que se mueven los personajes no creo que le molesten esos cabos sueltos. Son desconexiones que vemos diariamente, tanto en la realidad como en la ficción.

Por otra parte, como espectadores y consumidores de cultura, también es importante hacerse una idea de la realidad presentada en esas imágenes. En el caso de Adú se trata de una plétora de países y situaciones político-económicas de variadas áreas geográficas en las que se desarrollan esos tres argumentos: Melilla, Alhucemas (Marruecos), Camerún, Mauritania, Senegal… También se menciona Somalia (el país de donde viene el amigo acompañante y protector de Adú), y Nigeria (país en donde la víctima de los guardias había sido un disidente que luchaba por la democracia). Son muchos los países y muchos los conflictos africanos de los cuales sería ventajoso que el espectador supiera algo y, si no, sería igualmente ventajoso que la película ofreciera representaciones de asuntos acertadamente explicados.

Siendo hispanista interesado desde hace tiempo en las conexiones entre España y África, he viajado a Camerún, precisamente a Yaundé, para participar en un congreso sobre cultura y literatura poscolonial. En muchas conversaciones con estudiantes y profesores cameruneses vi que, aunque preocupados por el tráfico de colmillos y la protección de especies en peligro de extinción, veían el problema ecológico de una manera diferente de la que se ve en Europa. Según algunos de ellos los miembros de ONGs del mundo no-africano se contradicen en sus intentos de salvar la naturaleza del continente teniendo en cuenta la explotación colonial y poscolonial de recursos naturales africanos. Varios cameruneses que conocí pidieron tanto o más interés por los seres humanos como por los elefantes, aunque más de un africano también ha visto los problemas ecológicos en África como asuntos urgentes cuya asunción por parte de la comunidad internacional es imprescindible.

En Camerún hoy día existe quizás un problema de la máxima importancia totalmente ausente en la película, la realidad más evidente como acicate del éxodo de tantos cameruneses. Me refiero al movimiento separatista de la parte anglófona del país, un grave conflicto político e histórico que tiene su origen, según un profesor camerunés, en “la Primera Guerra Mundial y el fatal manejo del botín por parte de los vencedores, o sea, de las excolonias alemanas”. El mundo no africano suele explicar tales conflictos haciendo hincapié en las diferencias étnicas y lingüísticas entre grupos que compiten por los recursos naturales, sin tomar en consideración la inmensa importancia del contexto político, histórico y económico de dichos conflictos. Lo mismo vimos en la reacción internacional ante el genocidio de los tutsis en Ruanda en los años noventa. La película no entra en estos temas, para concentrarse en los aspectos ficticios y psicológicos de los personajes, seguramente de mayor interés para el público. Pero no por eso se debería descartar la historia social donde se origina todos estos problemas.

La guerra separatista es una de las muchas causas por las que tantos cameruneses se ven obligados a abandonar su país. Según cifras de la ONU, en 2020 más de 679.000 personas han sido desplazadas por acciones violentas relacionadas con el conflicto. Tan solo el 24 de octubre del año pasado unos milicianos armados asaltaron un colegio bilingüe en Kumba, a unos 370 kilómetros al oeste de Yaundé, donde murieron siete niños y humo al menos 13 heridos. Según las informaciones de las Naciones Unidas, la “[desde el 27 de octubre 2020], cerca de 8.000 personas refugiadas de Camerún han huido hacia los estados nigerianos de Taraba y Cross River, localizados al este y al sur de Nigeria respectivamente. Con este último flujo, la población total de refugiados cameruneses en Nigeria ya se eleva a cerca de 60.000.” Algunos de estos refugiados llegan hasta la frontera entre México y Estados Unidos, y sufren la política inmigratoria implantada por el presidente saliente, Donald Trump. (Véase un excelente artículo sobre la reciente emigración camerunesa a Estados Unidos).

Confieso que mi observación crítica sobre el valor cultural, estético y ético de las historias de Adú es injusta. Quienes se molesten por lo que no figura en una obra de arte tendrá que suspender su crítica e intentar ver la obra como una unidad sui géneris. Si quiere construir su propia versión de la realidad, adelante con su propio proyecto. Sin embargo, lo que pido del espectador es la consideración de otra conciencia –la de quien describe tales realidades desde el interior de esas realidades. Como he tenido ocasión de plantear en otras ocasiones en congresos y artículos de crítica literaria, en la cultura popular: ¿Por qué no vemos más proyecciones de historias de la odisea de africanos camino de Europa desde los ojos de cineastas del propio continente que lo hayan vivido o experimentado en carne propia? Pondré un ejemplo de novela de un guineano-ecuatoriano bastante bien conocido entre ciertos círculos académicos, pero no familiar entre la población española. Me refiero a una narración bien recibida por la crítica que desafortunadamente no ha tenido el éxito comercial que merece: El metro, de Donato Ndongo Bidyogo, obra que pide por su tema y profundidad una adaptación cinematográfica popular. Es una novela cuya historia es parecida, aunque no idéntica, a la de Adú: un joven africano, también camerunés, por razones familiares emprende un largo viaje desde su país a España. Hay miles de diferencias entre las dos obras, pero la más reveladora es la compleja elaboración por parte del creador de El metro a la hora de indagar en los impulsos locales que llevan al joven a tomar la decisión de abandonar su propia comunidad. Los lectores son testigos del desarrollo de las relaciones familiares, del tabú del incesto, de la relación amorosa entre dos jóvenes cameruneses negociando su amor entre una comunidad que no reconoce ese amor como algo legítimo según las normas tradicionales. Eso sí, tradiciones, mundos diferentes, el mundo del otro africano tan mal comprendido en Europa. Lo que vemos en Adú en cambio son costumbres y vidas familiares para sus espectadores, normas bien asimiladas y entendidas aquí, en Occidente.

Pero también habrá que ver Adú desde una perspectiva estética y genérica. No sólo obedece a las convenciones comerciales del thriller, sino también las de la tragedia. Ya lo decía Bertolt Brecht en sus famosos comentarios sobre el teatro épico. Lo que proponía el dramaturgo y director de escena alemán es lo contrario a lo que exigía Aristóteles: distanciamiento (alienación) entre los personajes y el público y no identificación. Aristóteles recetaba elementos fundamentales de la tragedia: suspense, miedo, piedad y empatía. Hoy día tal receta se reconoce a menudo cuando escuchamos música de película que pretende que las lágrimas afloren, llegando, según la fórmula de la tragedia, a un final catártico con el problema resuelto, como en esas últimas palabras proyectadas en capitulares que nos lo explican todo. Brecht, en cambio, como buen revolucionario materialista, pedía cierta frialdad y pensamiento crítico. Con la catarsis de la tragedia griega, argüía, salimos del teatro emocionalmente exhaustos y purgados. Así, la realidad que ha presentado la obra, queda sin cuestionar.

La solución al problema global de la emigración/inmigración, si es que la hay, es y continuará siendo complicada y conflictiva. Lo primero, a mi juicio, sería más entendimiento, empezando por la necesidad de mostrar la perspectiva, el punto de vista, desde dentro de los países africanos, y no tanto desde Europa. Temo que la inmensa mayoría de las imágenes y los reportajes periodísticos que vemos y leemos no conducen a soluciones, particularmente si seguimos creyendo que un par de lágrimas derramadas después de ver Adú, al contemplar cómo su hermana se precipita al abismo desde la bodega del avión en el que se habían metido ella y Adú como polizones “en busca de un mundo mejor”, acompañados los dos de una buena dosis de suspensión de la incredulidad. Si insistimos que estas furtivas lágrimas solucionarán el problema metemo que estamos trágicamente equivocados.

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