Aeropuerto Barcelona-El Prat. ¿Será serpiente o será paloma?

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Días antes del viaje, preparando maletas y tomando notas sobre los sitios en la obra de Zafón, evité al máximo alimentar una falsa ilusión. Barcelona: ¿cómo sería la ciudad de Fermín Romero de Torres?

Por esos días anoté, en la libretica de notas que llevaría, un viejo refrán que dice lo siguiente: “el secreto de la felicidad está en las bajas expectativas”. De manera que para evitar posibles tristezas reduje al mínimo el plan de visitas a lugares reales que aparecen en la obra de Zafón. Hay tantos que las agencias venden recorridos turísticos. Por ejemplo, es imperativa la visita a la Parroquia de Santa Ana, vecina de la librería Sempere, donde viven los protagonistas de la saga. Y en esa misma prioridad, los mercaderes sitúan el paso por la Calle del Arco del Teatro, donde está la mismísima biblioteca de El Cementerio de los libros olvidados.

En la lista de lugares secundarios están la calle del Tibidabo o la Plaza Real, entre otros. Pero como no quería mayores expectativas, mi plan se lo dejaría a la casualidad, al encuentro fortuito, porque, y esto lo sabemos todos, los planes fueron maldecidos por el profesor del universo que ordena el golpe de gracia y el azar.

Recordé lo que Henry Amiel escribió alguna vez en su diario: “Cada esperanza es un huevo del que puede salir una serpiente en vez de una paloma.” Por eso evité imaginar lugares y programar una fascinación: los planes son una fuente inagotable de decepciones. Pretendía dar fe de los escenarios de la obra de Zafón, verlos y sentirlos. Planearía la visita a ciertos lugares, con pequeños detalles, los que fueran, pero siempre escapando de todo plan.

 

 

Ya durante el vuelo trasatlántico, algo nervioso en mi puesto y tratando de olvidar la imagen de un avión cayendo en picada sobre el mar, volví a leer un aparte de La sombra del viento que dice lo siguiente:

“Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibu­jaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventura­mos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en so­plos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo.”

Leyendo en el avión, de nuevo el embrujo, y los párrafos se esfumaron, dejé de leer y comencé a vivir en otro tiempo y otro lugar, teniendo en cuenta que en el avión no dejaban tomar bebedizos amazónicos. Tenía que volver al presente, volver con la razón y dejar de sentir. El pensamiento en contra de la sensación: una guerra perdida de antemano.

Zafón es un maestro de las descripciones. Las letras desaparecen y brotan las imágenes, las acciones y sobre todo los sentimientos. De manera que ya no se lee, se vive una ilusión.

Maya Angelou decía “La gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo la hiciste sentir.” Y acá el poder de seducción de Zafón en el que desaparece la racionalidad y surge la emotividad. Ya no se lee, se siente. Ya quisiera el escritor colombiano MartínLimón lograr semejante hechizo narrativo. Más adelante volveremos a comentar algo sobre este impostor.

Luego de la lectura de los fragmentos en el vuelo, y tratando de alimentar bajas expectativas, sentí el temor al desencanto. Encontrarme con una Barcelona totalmente diferente a la que había leído. Encontraría tal vez una ciudad frívola, aburrida y sobrevalorada.

Es de ilusos pretender ver y sentir en la realidad lo que se describe en la ficción. La idea anterior no me abandonaría por el resto del viaje.

Enrique Vila-Matas dice en El mal de Montano que viajó a las Azores pues “tenía curiosidad por conocer el Café Sport, mítico bar que aparece en Dama de Porto Pim, un libro de Antonio Tabucchi.” Qué desastre: intentar ver en la realidad palpable lo que se leyó en un libro de ficción. Y qué atrevimiento el mío venir a contradecir a Vila-Matas. No importa. Sigamos con la cantaleta: qué despropósito intentar ver en la realidad lo que alguna vez leímos. Allí está la trampa que los lugares novelados tienden a los lectures viajeros: los pobres peregrinan a los sitios anclados en la realidad, un camino directo al desencanto.

Sería terrible atravesar un océano buscando sitios que solo habitan en una novela, o en el cine, es decir, en la imaginación. Y acá viene don Perogrullo: los lugares novelados nunca serán lugares reales. Ni siquiera los reportados en los géneros del periodismo, porque las crónicas de viaje también son víctimas de la subjetividad. Y a pesar de ello, toda la vida he deseado peregrinar a los lugares de mis novelas favoritas, lo cual resulta tan ingenuo como intentar ver el New York de Woody Allen o el Macondo de García Márquez.

Yo iba directo a ese desastre de manera prefabricada, camino al despropósito, y menos mal, buscando la Barcelona de la saga de Carlos Ruiz Zafón.

Luego de atravesar el océano y hacer escala en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, por fin había llegado a Barcelona. En el aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat, y esperando la maleta al pie de una de las bandas transportadoras, saqué la libretica y escribí lo siguiente: “Quiero descubrir la esencia de esta ciudad”.

Leí de nuevo.

Me pasé la mano por la cara pensando cómo era posible pretender semejante horizonte: “Descubrir la esencia”

¡Dios mío¡ La evidencia de lo pretencioso y lo pendejo en una frase tan cortica.

Taché la nota. Necesitaba un objetivo un mucho más sencillo. Entonces decidí no tener ningún propósito.

Respiré profundo. Menee el cuello.

A continuación traté de concentrarme en lo que me estaba pasando, sentí el aroma de un café. Delicioso olor que me empujó hasta la vitrina y pedí uno, humeante, negro, fortificante.

Hacía un rato, en el aeropuerto de Barajas, caminando por los inmensos y laberínticos corredores había escrito en la libretica algo que me pareció mucho más sincero. Había escrito: “mierda, estoy perdido en este puto aeropuerto”.

Había sido enviado como parte de una comisión cultural, como parte de la articulación entre los sistemas de las bibliotecas públicas de Medellín y Barcelona. Y, por supuesto, debía entregar un informe sobre mi visita a las bibliotecas. Debía escribir sobre lo que había visto y aprendido para intentar aplicar algo en mi trabajo como gestor de lectura en Medellín. Debía tomar notas precisas, técnicas y formales. Por eso cuando despachando el café en Barcelona volví sobre la libreta, y leí lo que había escrito en Barajas, prometí que debía tener cuidado con mis notas, pues estaba leyendo cosas al estilo de “carajo, el aeropuerto de Barjas un asco”. Tendría que aprender a comportarme. O mejor, aprender a escribir. Y dejar notas azucaradas al estilo de “me sentí fascinado por la ciudad”. Eso siempre gusta a los jefes.

Terminé el café y volví a escribir en la libretica: “Quiero descubrir la esencia de esta ciudad”.

Ahora, luego del viaje, intentado escribir esto que usted lee, un texto que no sé todavía qué es: si una crónica de viaje, un ensayo, un diario, o una breve novela, ahora en mi estudio vuelvo a mi libretica y a las notas de reportería del viaje.

Me voy a buscar una de las entradas que en letras pequeñas y desordenadas deja constancia de mi alegría al llegar a Barcelona. La entrada dice lo siguiente: “En este momento estoy en el aeropuerto El Prat. Acabé de entrar al baño, al orinal, y sentí un intenso olor. Mi agüita amarilla comenzó a recorrer las alcantarillas europeas, ahora sí, a gastar en euros, hijueputa. Prometo no hacer el cambio a los miserables pesos colombianos”. Me tomé una foto para dejar constancia de la primera meada europea:

Y de nuevo Amiel: “Cada esperanza es un huevo del que puede salir una serpiente en vez de una paloma.” Por eso lo mejor sería relajarme, respirar profundo y mantener las bajas expectativas.

 

ESTA HISTORIA SIGUE ACÁ: https://www.fronterad.com/libreria-sempere-y-la-empatia-por-el-personaje/

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