Ahí

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Sunset. Foto de Tom Earnhart. Archivos del estado de Carolina del Norte

There are things unbearable.

Anne Carson

 

Es un cuarto oscuro y hay un muerto. Un joven que hasta hace unas horas respiraba. Ya no. Una pistola, sangre. Mucha sangre. Lo han descubierto así, en la tarde de febrero. En esa casa de Cieneguilla donde se refugiaba del dolor. Porque todo le dolía. A pesar de que era hermoso.

Alguien me dijo que ya se sospechaba el final. Pero no así: Solo en su cuarto. La pistola en el suelo. La sangre salpicada en esa cama donde se echó, abrió la boca y metió el cañón.

Nadie ha perseguido (Tal vez luego, no ahora) a la madre. A quien tuvieron que decirle.

(No sé si tuvieron. Pero tal vez era verdad que los mensajes de los muertos. Que la policía iba a llegar. Que no se podía tocar nada).

Nadie ha seguido a esa madre que se lleva la muerte. Porque el hijo dejó una nota al lado de su cuerpo. Letra clara, papel arrancado de un cuaderno, tinta azul:

Mamá, es tu culpa.

¿Y cómo vivir? ¿Para qué sirve luego la vejez?

Un pájaro de fuego que lo corrompe todo. Un brazo que se estira y con la piel borronea la ventana desde donde todos miran el futuro: hermano, hermanas, primos, sobrinos.

Ellos lo recordarán señalando a la madre. Obligándola a morirse ya.

Ahí.

 

 

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