Ahora que me queda menos tiempo

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Empiezo a aburrirme de lo que escribo. Me veo repetido, como una continua y tediosa fotocopia de mí mismo, idéntica a la anterior y a la que la antecede, sin alteraciones que me salven de lo que ya me tengo tan visto. Me pasa lo que a Quevedo: “Soy un fue y un será y un es cansado”.

 

Algo me está fallando. Probablemente el entusiasmo, que decrece tanto como aumentan mis incertidumbres y mi desorientación. Quizá haya cubierto una etapa y me cuesta dar con la siguiente. ¿Tras el punto y seguido? ¿Con un punto y aparte de por medio?

 

¿Procede agarrarse al decíamos ayer? ¿O el ayer ha agotado ya toda su trayectoria (falsedades incluidas)? A lo mejor tendría que recapitular para abrir un paréntesis; mirar si aún me queda algo dentro o no tengo ya nada por sacar. Y, por supuesto, ver lo que es preciso expurgar.

 

La exigencia me viene espoleada por la precariedad en que me voy encontrando. La edad no perdona, como dice el tópico. Y con la edad, se me hace ya cada vez más perceptible la fatiga de materiales con que sustento mi agrietado edificio. Tan agrietado como mis propios huesos.

 

 

Vivir cuando la vida va en serio

 

Uno llega a esa parte del camino en que empieza a toparse con lo inevitable, con lo que día a día le va socavando. Vivo ya mis últimos años y madame Tristeza impone su fastidiosa presencia con más reiteración de la deseable. A uno le llega la hora de aceptar, con Gil de Biedma, “que la vida iba en serio”; y de entender que “envejecer, morir /, es el único argumento de la obra”.

 

¿Y cómo darle remate? Ésta es la cuestión fundamental a la que debo responder en lo que me queda de vida: ¿cómo decido envejecer y abordar mi última etapa? ¿Voy a decidir yo? ¿Será mi cuerpo desmantelado el que acabe imponiendo su protagonismo?

 

Las preguntas son cada vez más procedentes, por lo que tienen de obsesivas; y necesitan respuestas al momento, en este preciso momento en el que estoy viviendo. Respuestas o, al menos, aproximaciones a lo que puedan ser respuestas creíbles. Más creíbles que las que pude mantener en un pasado que aún me resulta próximo.

 

El tiempo apremia y no puedo permitirme el lujo de malgastarlo, repitiéndome como una digestión pesada. Ni tampoco postergar lo que muy probablemente he venido aplazando mientras me veía acolchado por los años que aún me quedaban para afrontar definitivamente mi destino mortal.

 

Hasta ahora caminaba por una larga calle que, mal que bien, me iba resguardando de los fuertes vientos. Ahora distingo ya la esquina que me espera; la zona desguarnecida por donde azota el ventarrón de la muerte. Y eso impone, lo queramos o no.

 

Y obliga a recapacitar. Ahora que me queda menos tiempo. Ahora que apenas me queda tiempo… tendré que empezar a mirarlo de frente; sin rehuir la verdad en ninguno de sus matices. Sin dejar de lado las expectativas más o menos satisfactorias que aún me puedan aguardar; ni las sombras y limitaciones que me van cercando, hasta asfixiarme a veces con premonición de nicho.

 

Toca mirar la realidad cara a cara. Toda la realidad y en toda su amplitud. Desde todas sus vertientes, incluso desde las más inhóspitas.

 

Mirar la realidad con el coraje necesario, amalgamando todas las disposiciones de ánimo que he venido acumulando a lo largo del camino. A partir de la alegría que es necesaria para seguir estando vivo; aunque sea una alegría que no pueda obviar sus tonos melancólicos: los que brotan de la creciente sensación de pérdida; o de la soledad; o de la conciencia de lo provisional que uno empieza a ser; o de la angustia y hasta el terror que el propio final inspira…

 

Llega la hora de ir depurando la mirada, desvistiéndola de los disfraces con que, hasta la fecha, trataba de protegerme. Pero con el realismo suficiente como para entender que siempre te ha de quedar alguno antes de que la Nada (o el Todo) te lo arrebaten definitivamente.

 

Porque no creo en la desnudez absoluta. Si no la aceptamos en lo que atañe a nuestro aspecto físico –de otra forma, andaríamos desnudos por las calles–, deberíamos negarla con mucha mayor razón en lo referente a nuestra realidad psicológica.

 

Pero necesito ir aligerando atuendos cuando los años por vivir escasean alarmantemente. Necesito marchar más ligero de equipaje cuando el fin de la existencia entra en la agenda propia de manera definitiva.

 

¡El fin de la existencia! ¿Algo trágico o simplemente un hecho natural y constatable? No lo sé. En tiempos, lo rebocé con trascendentalismo religioso. Luego pude sublimarlo con una suerte de mística panteísta. A ratos (víctima o beneficiario de esa mística) la he presentido como algo liberador…

 

Me temo que, sólo cuando ese final llegue, la respuesta a su enigma se impondrá por sí misma y con su propia dinámica. A lo mejor tiene razón Montaigne cuando afirma: “Si no sabes morir, no te importe; la naturaleza te informará de inmediato, de manera plena y suficiente; hará exactamente la tarea en tu lugar. No te preocupes por ella”.

 

Presiento, y es mi consuelo, que algo de eso habrá cuando llegue el momento. Pero lo ignoro todo. Y lo que pueda decirme con palabras más o menos ampulosas podría tener mucho de pose, desmentida a la postre por un final muy poco heroico.

 

Y allí está la cuestión: necesitas el último disfraz que, por leve que sea, ha de subsistir hasta la definitiva caída del telón: el disfraz de las palabras. Esas palabras que, por el simple hecho de tenerlas, inspiran el consuelo que impida tu derrumbe.

 

Pero precisan de un cacheo a fondo que detecte lo que puedan tener de impostura. Te encaminas hacia el último instante del último día de tu vida; y, porque entiendes con todo el escalofrío de tu piel que la vida va en serio, te vas tomando más en serio tu propio lenguaje.

 

No te vale gran parte del que usabas hasta ahora. No puedes hurtar el cuerpo al tiempo, al poco tiempo, que te queda por vivir, desde el burladero de palabras astilladas por las arremetidas de lo que te aguarda. Esas palabras que se lleva el viento, de acuerdo con la expresión popular que veo justamente reproducida en mis propios movimientos internos.

 

Sobre todo cuando me hago cada vez más consciente de todo lo que, como ser humano, puedo tener de fantasmal; y me veo en la obligación de cuestionar la solidez de tantos conceptos con que he ido vistiendo un yo que no era otra cosa que un pobre fantasma de mi pobre cuerpo.

 

Ese yo como una entidad de ficción escrita por un cuerpo, antes de que éste último decida eliminarla, como elimina Unamuno a su personaje Augusto Pérez en su novela Niebla.

 

Llega el tiempo de vivir cada vez más al aire libre de la vida. Sabiendo, con toda la verdad del organismo que te posee, el terreno movedizo que pisas. Más movedizo y más fangoso cuanto más lo recorres.

 

Y tienes que buscar una nueva expresión, afilar más las palabras para adaptarlas a la desnudez en la que vas quedando; para situar mejor la relación entre tu muerte, cada vez más cercana, y lo que aún te queda por vivir.

 

Antes, cuando veías la muerte lejana, disfrazabas tu vida pensándola. Ahora la piensas sintiéndola (nuevamente Unamuno). Y tienes que irte preparando para esa conmoción final que te dejará sin palabras para recibirla.

 

Vivir, pues, terminar de vivir, con toda tu vulnerabilidad al descubierto. Pero también libre. Y a veces gozosamente libre, aliviado en cierto modo por esa ligereza que te libera de las adherencias, ¡tan artificiales!, que te iban asfixiando.

 

Y es hora ya de pensar el frío con todo el temblor que el frío se merece. Y el amor y el gozo y la belleza, y todo aquello que contrarresta al frío. Es hora de ir pensando lo aún por vivir con todo el temblor que surge de unos miembros desarmados.

 

Es hora, sí, de seguir pensándome, pero sin vestiduras que me empiezan a venir grandes y ridículas, como expresión de todas las imposturas que, consciente o inconscientemente, aún pueda albergar. Seguir pensando, pero sin ese enmascaramiento de la realidad que incita a reconocer, con Pessoa, que “pensar es estar enfermo de los ojos”.

 

 

¿Por qué vivo? Porque me ha tocado hacerlo

 

Y creo que fue también Pessoa quien dejó escrito que el sentido de la vida no es otro que el de seguir viviendo. Aun de la manera más prosaica que podamos concebir: sin hacernos más preguntas que las necesarias para salir adelante.

 

Vivir desnudamente, con la grandeza de asumir una obligación personal, indelegable; con la seriedad y el esmero con que se desarrolla un oficio: el Oficio de vivir con que Pavese encabezó sus diarios, aunque él mismo truncara conscientemente su existencia a la aún temprana edad de 42 años.

 

(Otra forma de tomarse la vida en serio: decidir de manera consciente cuándo estás, o te consideras, de sobra. Para largarte sin ruido, con mesura, y hasta con delicadeza. Con esa delicadeza de quien, antes de suicidarse, dejó en la mesilla de su habitación de hotel una nota de despedida, con el fin de evitar posibles malentendidos que pudieran comprometer a terceras personas…

 

Otra forma de asumir la vida, cuando uno la mira de frente y advierte, con el espejo como testigo, que le están mirando los ojos de la muerte, reflejados en los suyos. Se lo había predicho: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Y, al llegar el momento, su momento, actuó en consecuencia).

 

No todos pueden llegar a esas profundidades. Las inmensas mayorías no están dotadas de elementos tan aristocráticos. Ni pueden abrigarse con un manto de palabras, que, por desengañadas que puedan parecer, siempre contribuyen a mantener una armonía espiritual.

 

No por ello son menos admirables. En cierto sentido, tal vez lo sean más. Se construyen su existencia con lo que tienen a mano, que normalmente suele ser muy poco, en el ámbito puramente biológico, y no digamos ya en el social.

 

Y vivir cuando hay tanto que conspira contra la vida no deja de tener su mérito. O su heroísmo, si se mira con más detenimiento. Ese heroísmo práctico del que surgen nuestras particulares, y muy compartidas, Odiseas.

 

(Y nuestros héroes de cabecera. Ese Odiseo/Ulises –¿predecesor de Chaplin?– que se toma un trabajo increíble para estar vivo, distrayendo al monstruo que le mira amenazador, al precio incluso de ser Nadie).

 

Y la sabiduría que encierra todo esto. ¿Por qué vivo? Porque me ha tocado hacerlo y no tengo escapatoria posible. ¿Para qué? Para seguir viviendo. No nos traen al mundo para otra cosa. En realidad, simplemente nos traen y a nosotros nos toca encargarnos de todo lo demás.

 

También de pensar la vida. Y hacerlo sin estar enfermo de los ojos consiste en irla acogiendo en toda su verdad y con toda tu verdad. Estremeciéndote con sus horrores y sonriendo a sus dulzuras, que, con gran frecuencia, suelen ser contiguas y separadas por una delgadísima pared. Desplazando, de una forma o de otra, los límites de esa vida que es sólo tuya y sólo a ti te corresponde vivir.

 

No es el momento aún de gimotear por el destino fatal que te aguarda. Requerirá su respuesta cuando se presente. Antes debes dar respuesta a otras muchas circunstancias de todos los colores que se te van a ir presentando.

 

La del momento final será la última y ni siquiera puedo saber ahora cuál será entonces mi estado mental, por lo que difícilmente puedo prever mi respuesta. ¿Y qué será mejor? ¿Que la muerte me coja en mi sano juicio o completamente lelo por el inevitable deterioro de la edad? No puedo saberlo con certeza, aunque sospecho que cualquiera de ambas posibilidades se hallará sujeta a un sistema de compensaciones que atenúen sus inconvenientes.

 

Por volver al presente, ahora lo que toca, lo que me toca, es ir estirando mi vida como quien estira una manta que, en la inconsciencia del sueño, se te va retirando del cuerpo y empieza a dejarte a la intemperie fría de la madrugada. Sin otro objetivo que el de poder seguir durmiendo en buenas condiciones.

 

Y a este respecto, y valiéndome de la imagen, si alguien me preguntara qué es vivir, o, más exactamente, qué es vivir bien, respondería: Vivir bien es el hecho milagroso de poder dormir bien. Y poder hacerlo, como lo hago ahora; razón por la cual, ahora y aquí, no me queda otra opción que entonar un “gracias a la Vida, que me ha dado tanto”.

 

 

Vivir desde comienzos sucesivos

 

Bien mirado, el buen dormir puede ser entendido como medida de una duración extendida hasta límites inexplorados; y, por eso mismo, indefinidos para la percepción individual; la referencia de una cotidianeidad sin tiempo, al incluir la garantía, al menos subjetiva, del despertar.

 

Ese ir a dormir confiando en que vas a poder hacerlo sin problemas, porque habrá día siguiente, al que le seguirá otro día y luego otro…, como delata nuestro propio lenguaje. Pienso en ese hasta mañana ritual antes de acostarnos (y del que hemos desgajado, además, el si Dios quiere un tanto fatalista de otros tiempos).

 

O en el Mañana será otro día… Fórmulas, todas ellas, con la que damos por hecho dos cosas fundamentalmente. La primera que, a la vuelta de unas horas, tras el paréntesis del sueño, habrá un mañana para nosotros. La segunda, que ese mañana será nuevo, que veremos las cosas con otros ojos, más confiadamente, porque habremos renacido con la luz.

 

Dormir, pues, como costumbre de vivir; y de vivir, además, de una manera indefinida. El mejor antídoto contra el desasosiego que nos deja el paso de los años.

 

Y es que la vida, medida por la sabiduría, o la astucia, del cuerpo, no evoluciona en años, sino en días, que, pasados por el tamiz del sueño, vuelven a ser al mismo tiempo iguales y diferentes. Son sustancialmente iguales a los días anteriores, sí. Pero también es verdad que, en su estreno al menos, nos dejan como nuevos, en la sensación, bastante generalizada, del hombre (o mujer) corriente.

 

De modo que la costumbre de vivir no deja de resultar paradójica en la medida en que implica también una serie indeterminada de comienzos sucesivos. Y aquí me viene bien, una vez más, Pavese: “La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir, porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta ese sentimiento (…) querríamos morirnos”.

 

¿Y dónde queda, entonces, lo de pensar en la muerte? ¿La tenemos realmente en cuenta o tratamos inútilmente de burlarla? ¿La pensamos seriamente o la eludimos?

 

Al final, uno llega a la conclusión, un tanto extraña, de que la mejor forma de pensar en la muerte es la de no pensar en ella. No pensar, al menos, hasta el punto de obsesionarnos. Por pura lealtad a la vida, a la que nos debemos; y a todos y cada uno de los tramos que nos corresponde vivir, muerte incluida.

 

No aspiro, por supuesto, a hablar de la vida, con pretensión, bastante inútil, de aunarla de manera ideal en todas sus infinitas complejidades. Y menos aún en un mundo en el que la muerte natural sigue siendo la menos natural de las muertes posibles.

 

Soy consciente de que las muy distintas formas de ser y las innumerables situaciones de infelicidad en que tantos de nuestros semejantes se desenvuelven condicionan radicalmente las miradas sobre la vida.

 

Prefiero, pues, comportarme con humildad. Me limito, por eso, a hablar de la vida que pasa por mí, que es la única que conozco, y aún con ciertas dificultades. Esa vida que sólo a mí me atañe; la única con la que me siento radicalmente comprometido. Porque soy yo quien tiene que vivir y morir. Y nadie puede ponerse en mi lugar para hacerlo.

 

Aunque me lo tenga que reconocer con cierto complejo de culpa. El que de vez en cuando te obliga a pensar en el papel que en esa vida tuya puedan jugar los otros; aunque sólo sea para relativizar tus propias agonías.

 

Cernuda lo expresó bien: “Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren / Hombres callados a quienes falta el ocio / Parra arrojar al cielo su tormento”.

 

Afortunadamente, a mí el ocio no me falta. Y, con el ocio, me veo asistido por la escritura, con la que sostengo mi manera de vivir (mi humilde y personal oficio de vivir); y con la que, de vez en cuando, me curo las heridas que el vivir inflige.

 

Tal vez sea ésta la razón por la que me inquieta repetirme; y las crisis que experimento en mi manera de escribir (en mi autenticidad al escribir) tal vez se correspondan en buena medida con mis propias crisis personales. Y a veces llego a verme como si estuviera escribiendo otro que ya no fuera yo. Como si estuviera repitiendo lo que escribía otro al que hace tiempo he dejado atrás.

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