
Fue a principios de 2025, coincidiendo con su cumpleaños, cuando leí las memorias de Diane Keaton, Then Again (Lumen), con la intención de hacerle un rendido homenaje con la excusa de aprovechar los gloriosos ochenta que habría alcanzado, pero, como siempre, nada está sujeto a la certeza o a la seguridad. Nada nos garantiza que los planes que hacemos a corto o largo plazo vayan a suceder y, aun con la incógnita del “qué pasará mañana”, seguimos haciéndolos. Seguimos cerrándolos, como si nada fuese a impedirlos. Sin embargo, ocurre que, de la noche a la mañana, todo se trastoca. Todo cambia. Sin previo aviso, sin que algo o alguien nos haya vaticinado que, tarde o temprano, pasará lo que todos quieren evitar, llámese muerte, llámese enfermedad. Y lo cierto es que 11 de octubre de 2025 una noticia recorrió el mundo como la pólvora, de extremo a extremo. Quería pensar que no era cierta, que se trataba de un fake o bulo, como tanto dicen algunos. Personalmente, me aferraba a esa falsedad porque me negaba a aceptar que Diane hubiese fallecido. Pero me equivocaba. Como tantas otras veces. Poco tardaron en postearse diversas publicaciones de condolencias con imágenes de la actriz que, es curioso, todos quienes la hemos seguido a través de sus películas o sus libros hemos adoptado de algún modo. Bien como referente, bien como alter ego, bien como icono de un estilo demasiado auténtico y personal como para imitarlo y, menos aún, suplantarlo, porque Diane, nacida como Hall y fallecida como Keaton era, es y será tan insustituible como irrepetible.
También sucede que cuando se leen las memorias de una persona pasa como con los personajes que están perfectamente creados y perfilados: que acabas por interiorizarlos estableciendo con ellos una especie de reflejo donde puedes distinguir ligeramente ciertas virtudes y defectos que más que de ellos parecieran que fueran tuyos y, por tanto, más propios que ajenos. Y en ese sentido, pese al temible “qué pasará, estaré haciendo lo correcto”, Diane optó por abrir, sin atisbo de sombras ni pliegues, lo que ella denominó su “amplio abanico de subterfugios”: sus secretos más profundos. Como, por ejemplo, la bulimia que sufrió y padeció. “Me veía como una víctima atractiva, una especie de mártir dulce e incomprendida. (…) Me convertí en una experta y, al mismo tiempo, en una impostora. (…) Me mentía a mí misma, y continué mintiendo. Nunca confesé la verdad de la naturaleza depredadora de la bulimia. Entregué cinco años de mi vida a una insaciable voracidad que debía ser satisfecha a cualquier precio Viví al abrigo del aislamiento en una cárcel construida por mí misma”. Y justo al final de ese alegato, de ese arranque de honestidad donde admite la culpa y la vergüenza, donde admite que, tal vez, la revelación del secreto había llegado demasiado tarde porque, tal vez, tendría que haberse sincerado antes, sin perder un ápice de dignidad, reconoce: “No espero solidaridad. No espero compasión. No espero que nadie me entienda. Lo que espero es librarme de la carga de ocultarlo”. Sobra decir que, finalmente, se liberó compartiendo con los lectores su biografía y, en consonancia, también la de su madre, Dorothy Deanne Keaton, de modo que pudiera comprenderla como no lo hizo en vida. Es lo bueno que tienen las autobiografías familiares, que, lejos de lo que se pueda pensar, son en realidad la mejor herencia, pues sólo así podemos conocer un poco más a nuestros abuelos o a nuestros padres. Cómo se sentían, cómo se expresaban, cómo dialogaban consigo a la hora de poner en orden los acontecimientos que vivían, las conversaciones que tenían con su marido, su mujer o sus hermanos; con sus amigos e incluso con desconocidos. Todo cabía, todo cabe en una biografía donde la particularidad y unicidad, el carácter y la personalidad se convierten en protagonistas. Nada más importa, sólo lo que esa persona ha volcado con el corazón abierto sobre un puñado de páginas en blanco sin la pretensión de llegar a un gran público ni al número uno de ventas, sino como expiación de los éxitos y fracasos (en lo personal y profesional), de los errores cometidos, de los arrepentimientos o, en contraposición, de las decisiones convenientes y, por ende, más oportunas. Por eso digo que no hay nada como leer a Diane para entender a Dorothy, ni leer a Dorothy para explicar porqué Diane –o Di-annie, como le llamaba cariñosamente su padre, el apuesto ingeniero Jack Hall–, acabó siendo la hija, hermana, actriz, mujer y madre que hoy, pasado un tiempo de su fallecimiento, nos resulta difícil olvidar.
Primeros pasos
“La mayoría de la gente veía en Dorothy a una ama de casa, yo veía en ella a una artista que luchaba por hallar un medio de expresión”, afirma Diane cuando se pierde entre los diarios, los collages y las fotografías que su madre hacía para sí, pues, gracias a Dorothy, Diane aprendió a apreciar conceptos, verbos o acciones, tales como mirar, escribir, pensar: “Mamá era diferente. No me juzgaba ni intentaba decirme lo que debía pensar. Simplemente me dejaba pensar”, que fueron pilares durante su vida. Actos que, a simple vista, podrían parecer insignificantes y, sin embargo, cuanto más tiempo y espacio se les dedica mayor es el consuelo que hallamos en ellos. Mayor la sensibilidad. Mayor también el modo de filtrar, de situarnos en el mundo, de ampliar horizontes, de ir ahí donde pocos se atreven a adentrarse. Evitar acogerse a lo habitual u ordinario. No seguir ninguna norma o ley, sino fundar las propias. Como hizo Dorothy, como hizo Diane continuando el patrón que le había marcado su madre, sin perder su esencia, sin perder su autenticidad. Y es que Dorothy fue la encargada de alentar a su primogénita en la confección de nuevos diseños respecto a su ropa, tal vez, como impulso y demanda, pues Diane, desde joven, si algo anhelaba era encontrar su identidad sin perder su independencia ni libertad. Reorganizar y redefinir lo establecido, e incluso normativo, con el objetivo de descubrir un nuevo propósito, una nueva creencia. Llevar a la práctica aquello que un test de inteligencia le atribuyó con un notable “razonamiento abstracto”. ¿Qué significaba eso? Bueno, según Dorothy, respondía a “la habilidad [innata] de analizar la información y resolver problemas complejos con la mente”, aunque años más tarde Diane concluyó que más bien se trataba de un “proceso visual para procesar la información” gracias al ejercicio que, junto a su madre y su hermano Randy –el “poeta maldito” o l’enfant terrible; el hombre sensible y algo inseguro de frágil corazón; el pájaro que nunca pudo ni supo cómo volar–, consistía en hacer collages, coleccionar imágenes y fotografías, recortes y objetos tan normales como extravagantes con el sencillo afán y familiaridad de decorar las paredes o cualquier superficie que tuvieran a mano y, de ese modo, seguir jugando. Probar. Cultivar la imaginación y la creatividad. Dejarse sorprender sin perder la inocencia, sin dejar de asombrarse, sin abandonar ni olvidar a ese niño o niña que un día fuimos. En definitiva, no conformase, sino profundizar. Excavar. Acariciar un poco la fantasía o la irrealidad, y crear algo de la nada, de manera que ese algo transmutara en otra cosa más excepcional. Más único. Con nombre y apellidos como el de Diane Keaton.
Aquel ejercicio de deconstrucción y construcción posiblemente le sirviera a Diane para retarse y, por tanto, mostrar cierta rebeldía sin responder a ninguna bandera ni gremio, ni grupo social, sino como respuesta de algo interno que, sencillamente, le atañía exclusivamente a ella. Por ejemplo, la firme decisión de no casarse no iba más allá de una revelación que tuvo en la adolescencia, cuando las hormonas y el deseo empezaron a desperezarse y la joven cayó en la cuenta de que “no quería ser la mujer de nadie. Lo que me apetecía era ser una chica sexi, alguien con quien darse el lote. Quería ser Barbara Streisand cantando Never, never will I marry; born to wander till I’m dead. Nunca me casé”. Y continúa afirmando que si su cabeza estaba en algún lugar aquel eran las nubes; donde poder aspirar a algo más grande, más complejo; persiguiendo metas que, a priori, parecían inalcanzables. Lo de tener un marido no estaba en sus planes, o al menos no consistía en un asunto de vital importancia que fuera a determinar su vida ni para bien ni mal. No. Su principal aspiración era ser deseada y tener un público a quien entregarse, sentirse aplaudida y adorada. Ser una estrella –en principio de comedias musicales– en toda regla y, además, en Broadway. Por eso se mudó de Los Ángeles a Nueva York, la ciudad con la que soñaba, su meta, aunque fuera mediante el alquiler de una habitación pequeña o destartalada; un piso compartido o solitario; un nuevo hogar sucio o con poco encanto pues todos sabemos que, en lo concerniente a los sueños, no hay impedimento ni obstáculo lo suficientemente espinoso que se resista a la fuerza de voluntad que motiva el esfuerzo, la vehemencia y la supervivencia intrínseca del ser humano. Y si eso se lleva en los genes, en el ADN, entonces sólo queda seguir adelante como hizo Diane, contando además con el respaldo de su familia, principalmente el de su madre; la mujer que descifró, antes que nadie, antes que el mundo, lo que para la mayoría estaba velado, pues le encantaba observar a sus hijos, y, mediante sus gestos o su lenguaje corporal, descifrar eso que en ocasiones, sin que se dieran cuenta, manifestaba lo que se empeñaban en ocultar y, sin embargo, más los revelaba.
En efecto, fue Dorothy quien tuvo a bien considerar que Diane “se ahueca el cabello demasiado y lleva faldas cuatro dedos por encima de la rodilla, y aunque nos burlamos de ella por eso, creo que el efecto de su conjunto es bastante bueno. En opinión de los de la casa, está más guapa por la noche, cuando se ha quitado el cardado y va con un pantalón cómodo y sin maquillarse. (…) Tiene una forma de actuar independiente. Muestra valores que se ha construido sola. Son importantes para ella. La mejor forma de tener una discusión con Diane es decirle cómo tiene que pensar o comportarse. Eso es algo que ha de decidir por sí misma”, así lo reflejó la matriarca en unos de sus diarios que tenía por título Diane y se centraba en el aspecto de una jovencita de apenas quince años. Sin embargo, no anduvo desacertada pues… ¿cuántas veces vio el público a Diane Keaton excesivamente maquillada? ¿O vestida de manera que no pareciera desenfadada y cómoda? Si el empleo de poco maquillaje o uno que resultase, cuanto menos, natural, surtió efecto, también lo hizo la elección de un complemento que acabaría por precisar su estilismo y encumbrar su iconicidad, y todo porque esa misma adolescente, llegado el momento de su graduación, razonó lo siguiente: “desarrollé una teoría: si ocultaba mi rostro, si lo encuadraba de algún modo para resaltar mi mejor rasgo, que yo creía que era mi sonrisa, lograría llamar más la atención. Entonces ocurrió algo que cambió mi vida. Estaba curioseando en otra de nuestras tiendas favoritas, el almacén de ropa usada del Ejército de Salvación, cuando hallé la solución: un sombrero, un viejo sombrero hongo. Me lo puse… y ¡bingo! [Aunque] por primera vez mi madre se plantó: ‘Me encanta, Diane, pero no es adecuado para la ocasión’. (…) conseguí vencer las dificultades de ser una simple y vulgar Diane. Y mi madre tenía razón con respecto al sombrero: mejor guardarlo para más adelante”, concretamente para cuando, con menos de treinta años, comenzara a encadenar un papel tras otro –primero en teatro, después en cine–, y consolidara tanto su actuación como su atuendo.
En cuanto a la interpretación, ¿qué decir de su trayectoria, desde sus inicios hasta el final? Para empezar, que su primer maestro se llamaba Sandy Meisner, uno de los profesores fundadores de la escuela de arte dramático Neighborhood Playhouse, donde la actriz californiana fue aceptada nada más llegar a Nueva York; un personaje de lo más fascinante a ojos de Diane. Hombre fumador, peculiar, raro y magnético. Tan sencillo como directo, que le proporcionó a Diane las herramientas necesarias para aprehender la psicología de todos y cada uno de los papeles que, en adelante, encarnaría. “Jugar con fuego”, le propuso Meisner. Adentrarse en los espacios más recónditos del ser para hallar las luces y las sombras; la complejidad del personaje que, lejos de lo que pueda parecer, está dentro del actor y no fuera, pues supone una extensión de su propia naturaleza. Anteponer la emoción a la razón; la improvisación a la mera línea de diálogo o guion. Dejarse llevar. No pensar, sólo expresar. Y, por supuesto, no tener miedo a la hora de recorrer la vasta superficie que conforma el comportamiento humano. Pues ese es, en definitiva, el trabajo del buen actor: deambular por cada paisaje, cada esquina, cada recoveco, independientemente de que se asemeje al paraíso o al infierno, y servirse del silencio para otorgarle su correspondiente espacio y significado; apreciar, como le mostró Sandy, “el lado oscuro de la naturaleza humana”, algo que Diane siempre había percibido con facilidad, pero “nunca con el coraje suficiente para adentrarme en un territorio tan peligroso como esclarecedor». Piensen, por ejemplo, en la Theresa de Buscando a Mr. Goodbar, en la Bessie de La habitación de Marvin, en la Kay Adams de El padrino, en la Anna de El precio de la pasión o en la Renata de Interiores. En todos y cada uno de sus personajes contradictorios, neuróticos, lujuriosos, sensuales, reprimidos, sexis, cómicos o abnegados, triunfadores o fracasados, con final feliz o trágico, Diane no sólo mostró el coraje que requerían, sino que los penetró para comprenderlos y comprender mejor quién y cómo era ella. Dónde residía su fortaleza y dónde su flaqueza; dónde su vulnerabilidad y dónde su resistencia, logrando lo que sólo unos pocos alcanzan: conquistar sus personajes, y viceversa.
Que Diane sea considerada una actriz polifacética es más que una evidencia y así lo muestra su extensa y rica filmografía. De ahí que no sorprenda que un excéntrico genio como Woody Allen se fijara en ella tras su actuación en Hair y, a partir de entonces, mitificarla, encumbrarla, convertirla en su musa e inspiración; en la Annie Hall que todos recordamos. De hecho, respecto a Annie Hall cabe destacar que no se trata de un mero guion o una mera historia, sino de dos biografías y una relación real, como fue la de Diane Keaton y Woody Allen. Y no imagino carta de amor que iguale –o supere– a una película como muestra de ello, pues como dice Alvy “uno siempre está intentando que las cosas salgan perfectas en el arte porque conseguirlo en la vida es realmente difícil”. Y lo curioso también de esta película es que la rodaron cuando ambos ya no estaban juntos, pero ahí quedó la complicidad; ahí el conocerse tan a fondo, que leer y seguir estrictamente el diálogo apenas era necesario porque la improvisación entraba a cada ¡corten! y cambio de posición de cámara o de plano. En efecto, uno espera que las relaciones humanas funcionen. Al menos, o como mínimo, con las personas que amamos, pero lo cierto es que todo resulta tan volátil que cuesta retener esos momentos que tomamos como personales cuando en verdad son universales, pues a todos nos atañen. Las relaciones son “totalmente irracionales y locas y absurdas” y, a pesar de ello, “continuamos manteniéndolas”, sentencia Alvy en su soliloquio final. Y en el caso de Allen y Keaton, de Alvy y Annie, ambas fueron –serán ya– dos parejas que partieron de lo personal para alcanzar lo universal, pues de esa manera trasciende el arte, como el amor, haciéndose imperecedero.
El amor y Diane
Fue su hermana, su adorable hermana pequeña Dorrie, quien le dijo que siempre se enamoraba del mismo tipo de hombres, algo que la actriz negaba rotundamente. No creía que tuviese tal tipo y bastaba con repasar quiénes habían sido sus conquistas y sus amantes. Además, ¿qué tenían en común, físicamente hablando, hombres como Woody Allen, Warren Beatty o Al Pacino? Poco o nada más allá de la estrecha relación que guardaban con séptimo arte. Lo que sí creía tener Keaton era sentido del humor. Era graciosa. Un poco tonta, se decía con cariño, consciente de las meteduras de pata que cometía cuanto más se soltaba, cuanto más desinhibida se sentía. Desvergonzada, ligera, como si con esa actitud pusiera de manifiesto que, si estamos, es sólo de paso. Así que… ¿por qué no transitar por el mundo de esa manera? Con ingenio, con sorna, con chispa, quitando peso a lo que no merece la pena; a lo que nos resta. Su genuino temperamento apenas cambió a lo largo de los años. La prueba está en sus papeles o en las entrevistas que concedió, pero también en las personas con quienes compartió su vida y más la querían, empezando por su primer gran amor y después gran amigo, el ya citado Woody Allen, que le llamaba tiernamente “querida tontita”, “gusana” o “cabeza de chorlito” en sus cartas. Claro que, para ella, él era su “cosita blanca”, y sentencia: “formábamos una pareja curiosa, a cual más reservado. Los dos llevábamos sombrero en público y él siempre me cogía de la mano; mejor dicho, me la agarraba y no la soltaba. (…) Compartíamos la pasión de torturarnos mutuamente con nuestros respectivos defectos. Woody era capaz de lanzar insultos, pero yo también. Nos pirraba humillarnos el uno al otro. Sus análisis de mi personalidad eran acertados y –¡cómo no!– desternillantes. Ese lazo sigue siendo el núcleo de nuestra amistad y, por mi parte, de nuestro amor”. Un amor y una amistad que se vio reforzada ante la serie de acusaciones que Mia Farrow lanzó contra el director de cine, sobre las cuales Diane no sólo negó, sino que, además, mantuvo intacta la defensa acérrima hacia Allen. Algo que reconoce, que no esconde en su biografía. ¿Por qué debía hacerlo? Diane conocía a Woody posiblemente mejor que nadie. Y lo quería, seguía queriéndolo, aun a distancia y en silencio; conformándose únicamente con revivir algunos recuerdos, como, por ejemplo, la de aquella tarde que pasaron juntos sentados en las escaleras del Museo Metropolitano observando a la gente que iba y venía. “Nos reímos y decimos las mismas cosas de siempre. Nos cogemos de la mano y nos quedamos en silencio mientras el sol empieza a ponerse. Es una tarde perfecta. Con Woody hubo muchas tardes perfectas”.
No obstante, aparte de Woody Allen, Warren Beatty o Al Pacino, hubo otro hombre que poco se cita o se recuerda, y ese es Jack Nicholson, quien, junto a su gran amiga, la directora y guionista Nancy Meyers, le regalaron a Diane “dos regalos y un beso”. De los dos regalos, uno fue el papel que interpretó como Erica Barry y que Meyers escribió ex profeso para ella en Cuando menos te lo esperas; el otro, fue el cheque que le envió Nicholson (a quien conocía desde que rodaron Reds, de Beatty) con el porcentaje que le correspondía a Diane como co-protagonista del filme. Y en cuanto al beso… Diane sólo recordaba un torbellino similar al del primer amor; el desbloqueo de un recuerdo, que te sacude y aviva lo que se creía olvidado. Ese revuelo físico y emocional, según Diane, que emanaba de la boca de Jack y ella no lo podía controlar. Se veía impelida ante semejante torrente, y sólo podía ceder, dejarse amar, aunque fuera en la ficción, repitiendo una escena sin parar porque Jack, cuando la besaba, hacía que Diane enmudeciera, incapaz de memorizar lo que su personaje, en ese momento, tenía que decir. Así funcionaba el magnetismo y atractivo de Jack Nicholson. Por otro lado, de lo suyo con Warren, se apresura a decir que fue algo casi y literalmente pasajero, fruto del rodaje de Reds. Aunque Diane lo menciona como debe: con respeto, sabedora de lo mujeriego y rompecorazones que era, pero también como el típico hombre –¿caballero?– que no duda en acompañarte donde sea; viajar contigo en avión sólo para que cojas su mano y tu fobia a los aviones pase a un segundo plano. Todo, para que una vez aterricéis en el aeropuerto correspondiente él se despida de ti dándote un beso y coja otro avión de vuelta a casa. A la suya, por supuesto.
Sin embargo, cuando habla de Al Pacino sucede algo que con los otros no había pasado. Un cambio de opinión, de objetivo, que sobrevino y paralizó a Diane. Por una vez, desde su adolescencia, dudó. Dudó en si debía o no compartir su vida con alguien; en si era su destino casarse, encontrar un compañero o construir una vida junto a él. Al Pacino, en parte, le recordaba a su hermano Randy, pues era igual de misterioso y distante, que no frío, más bien un interrogante, solitario y sensible que “detestaba las despedidas. Prefería desvanecerse tan misteriosamente como aparecía”. Un niño de la calle, un loco sencillo y maravilloso para quien el mundo nunca dejaría de ser como esa calle del Bronx en la que creció. Ese tipo de hombres que se obcecan en interpretar el papel de lobo solitario que no les corresponde. Pero esa es la imagen que les gusta dar; esa la fachada y la apariencia con la que vagan, saltando de relación en relación, hasta que llega alguien con quien no pueden disimular. Que los desenmascaran, y entonces no sólo se les cae la careta, sino que tampoco tienen reparo en ir quitándose las capas, desnudándose lenta y progresivamente en la intimidad que le transmite la otra persona y descubrir que, aun sin parecerse del todo, de algún modo se le asemeja. Diane Keaton era esa persona para Al Pacino. Y Al Pacino, entre otras cosas, la voz en off de narrador que, con su peculiar mundo interior y complejo, a Di –como le llamaba Pacino– le encantaba oír. Era él y nadie más. Quizá the one and only, como suelen decir los norteamericanos; el elegido a quien Keaton pidió matrimonio más de una vez a pesar de sus negativas y sus largas. A pesar de sus idas y venidas. Es lo que tiene el amor que, cuando se siente de verdad, cuando se percibe desde las entrañas, no hay otro igual y, por ese motivo, se arriesga aun poniendo en entredicho lo que se pensaba y defendía años atrás.
Otro de los motivos por los cuales Al Pacino ocupó un lugar importante en la historia y vida de Diane Keaton fue debido a que el declive de su relación coincidió con la decadencia física y el tumor cerebral que, vertiginosamente, carcomía la mente y el espíritu de su padre, Jack. Corría el año 1990, y Keaton sufrió dos pérdidas de las que tardó en recuperarse, pues, por mucho que amase a ambos hombres o se esforzase por retenerlos y mantenerlos cerca, el destino acabó siendo más fuerte que ella. Al Pacino, por su parte, no aguantaba el peso de quedarse, de estancarse. Necesitaba huir y alejarse; rechazar la proposición de Diane y mudarse. En cuanto a Jack, éste no podía aferrarse más a la vida. Bastante había aguantado siendo un conejillo de indias, sometiéndose a una innovadora terapia de electrochoque para disminuir o paliar el avance del tumor. Pero de nada sirvió. El tumor siguió su curso, como Pacino, y en cinco meses todo acabó. Primero Jack, después Al. El amor, sentencia Diane, es un gran trabajo y no romántico precisamente, sino crudo y algo descarnado, que exige saltar y entregarse sin redes ni arnés. Y es posible que Diane intuyera que lo suyo con Al Pacino no iba a funcionar, pero confiaba en que su padre viviese algo más, como aspiramos todos quienes aún tenemos la suerte de contar con uno. Pensamos: “que no fallezca demasiado pronto”, que tengamos tiempo de decirnos lo que callamos, de contar con su confianza y su amparo; con el abrazo dado en un momento determinado. Si de su experiencia con Al aprendió la lección de amar sin reparo, de su padre se llevó la serenidad de encarar lo que no podemos eludir: “confío en afrontar la vida como él afrontó la muerte. De cara, sin adornos ni confusión”. Como le escribió Jack en una de sus últimas cartas: “Sé que no puedo llevarme este mundo conmigo. Ni siquiera sé dónde estoy la mitad del tiempo, pero te diré algo, Diane: me encuentro mejor. No nos damos cuenta de lo mucho que apreciamos las pequeñas cosas”. Y en esto, la actriz californiana acabó siendo maestra. Perder un amor, como dice Diane, es previsible, pero perder a un padre… nadie nos educa ni nos prepara para ello. Es un golpe que pone tu mundo del revés, obligándote a replantear cuestiones que, en otro momento, habías pasado por alto o incluso obviado, como por ejemplo la maternidad. ¿Ser madre a los cincuenta es cuestión de desesperación, de arrebato ante la pérdida o una decisión que, debidamente razonada, puede enriquecer tu vida tanto como la de tus hijos?
Lejos de precipitarse, Diane lo meditó y así lo reflejó en sus escritos. Preguntándose lo que cualquier persona con criterio debería. Exponiéndose bajo un juicio y escrutinio que pocos son capaces siquiera de intentar, aunque sólo sea por ser sinceros con un mismo. Por no engañarse. Por mirarse al espejo sin remordimiento. Esto es lo que soy, lo que quiero ser y a esto es a lo que me arriesgo. En su caso, a adoptar primero a Dexter y después a Duke y, en su biografía, dejarles, como se citaba al principio de este homenaje que ha acabado convirtiéndose en breve ensayo, el mejor legado: su testimonio, sus textos, sus cartas escritas de su puño y letra, como decía respecto a Jack, “sin adornos ni confusión”. A Dexter, ese rayo de luz con carácter y personalidad arrolladora, le decía que no sintiera vergüenza por tener una madre mucho más mayor en comparación con las demás, las de sus compañeras de clase; que tuviera paciencia como Diane la tuvo con Dorothy mientras ésta lidiaba con la enfermedad de Alzhéimer que, poco a poco, fue arrebatándole la identidad; que no dejara de preguntar; que fuera independiente como ella lo fue alentada por su abuela; que hallase el modo de encontrar un punto en común a pesar de las generaciones que les separaban; que “las personas evolucionan hacia lo que quieren ser. En cierta forma, tú misma creas lo que eres”, pero sobre todo, que no perdiera su humanidad, pues ella era una privilegiada gracias no sólo al trabajo, vida o filosofía de su madre, sino a la herencia –y no precisamente económica– de sus abuelos y otros familiares; esa herencia educada que alberga lo que es indivisible y no puede medirse por ser intrínseco al ser humano, como son los valores éticos que engrandecen el espíritu de todo hombre y mujer; el saber ponerse en el lugar del desfavorecido y, sin juzgar, prestar atención, escuchar, ayudar. Y a Duke, ese bebé intuitivo que nació con un hoyuelo en la barbilla –debilidad de Diane– que no quería separarse de ella un solo instante, que necesitaba tocar y sentir la presencia de su madre, a la que ansiaba abrazar y no soltar, le decía que no se sintiera extraño por tener una familia que no fuera “normal”. “Normal”, ¿qué es “normal”? ¿Qué conlleva “normalidad” en una familia cuando todas gozan de sus rarezas y su peculiaridad?, se pregunta la actriz, sin dejar de prevenirle ante las posibles faltas o desagravios provocados por otros compañeros. Y lo hace, no desde la imposición, sino desde la benevolencia y el sentido común; desde el punto de vista keatoniano, que es tan maternal como emocional y, a su vez, racional, pues no hay nada más lógico que ver la adopción como un hecho natural que implica cierta pérdida: la despedida de una madre a la que tal vez no se conoce y, en consecuencia, el amparo y protección de otra. Aprender a desprenderse de un ser querido a una edad demasiado temprana, pero cuya secuela implica, además de madurez, la predisposición de interiorizar una lección de vida que, con atención, esmero o mimo, puede llegar a ennoblecer a la persona afectada, convirtiéndola en alguien que antepone las semejanzas y la unión al conflicto y la discrepancia. En fin, pasados todos estos años desde el escrito de esa primera carta, me gusta pensar que, a día de hoy, ante la pérdida de una segunda madre, Duke ha sabido aplicar el consejo de virtud y moral que Diane le legó.
“Dexter y Duke me han cambiado la vida. La gente dice que tienen suerte de tenerme. Yo no pienso eso. Esa no es la verdadera historia. La verdadera historia es que yo soy la afortunada. Ellos me han salvado, y sé de qué: de mí misma”. El amor de una madre, sea ésta biológica o adoptiva, es un amor imposible de medir y cuantificar. Es puro y es desinteresado. Un amor que, inconscientemente, no sabes que te falta hasta que esos “milagros sencillos” llegan a tu vida y, como dice Diane, la cambian, transformándola en algo mejor. Enriqueciendo esta experiencia humana que, o bien hemos elegido, o bien nos ha tocado sufrir, pero que, sólo por eso, por ese amor incondicional, vale la pena vivir.
Capítulo final
Todos nacemos siendo conocedores de nuestro destino. Un destino que puede llegar más pronto o más tarde, el momento como tal poco o nada importa, pero que es inevitable lo sabemos desde que nacemos. Llegamos condicionados y, a su modo, malditos por esa lacra que nos acompaña hasta el final, y lo único a lo que nos conviene atenernos durante el proceso de vida y muerte es a vivir dignamente. Cometiendo errores, desde luego, pero también aprendiendo de ellos, saliendo adelante. Amar sin miedo ni reparo, aunque sea una vez para, como decía el personaje de Erica Barry, “experimentar lo mejor de la vida” pese a las lágrimas derramadas a causa de una ruptura. Por eso nunca es tarde. Nunca es tarde para enamorarse o para aprender a vivir, pues cada cual tiene su ritmo, su tempo. A unos les llega antes, a otros después, pero todos se acaban encontrando ahí donde el destino, impaciente, los estaba esperando. El problema, si es que puede considerarse como un “problema”, es que tanto lo bueno como lo malo surge cuando menos control se tiene. Cuando la vida se nos escapa porque ese es su cometido y se nos revela yendo por libre, campando a sus anchas. Y sí, hay momentos en los que parece que todo es consecuencia de nuestras acciones o decisiones. Que lo que sucede responde a una serie de causas y efectos propiciadas por nuestro movimiento. A veces oscila a favor y otras en contra, pero la mera oscilación es lo que suma, lo que contribuye y colabora. Pensamos que todo, en realidad, surge a raíz de nuestra acción; por la resolución que tomamos estando tan desfallecidos como inspirados, pero lo cierto es que no dejamos de elegir, de escoger entre una o varias opciones y, sobre esa base, vamos avanzando, tanteando. A veces a ciegas, a veces con la mirada completamente abierta y cristalizada, pues la ruta se advierte nítida y despejada. Y al final resulta que todos tenemos un camino propio pero que desemboca y se entrecruza en otros, como si formásemos parte de un gran mapa donde todos los atajos e itinerarios fueran válidos. Ninguno de ellos queda descartado ni resulta descabellado. Todo es probar. Todo es tratar de aprovechar el tiempo prestado que se nos da para que, a lo largo del trayecto, seamos conscientes de los obstáculos; de las alegrías, de las tristezas y del amor que se esconde tras cada bifurcación, pues la vida sucede ahora, y sucede siempre, a ambos lados de la carretera.
Cada cual decide cómo vivir. Sobre qué bases asentar y construir en adelante sus pilares, sus fundamentos, pulir sus virtudes y atenuar sus defectos. Decidir, a la edad que sea, convertirse en madre aun cuestionándose el derecho a serlo. Tomar la elección de no casarse, pese a proponerlo, y cantar a los cuatro vientos, a ser posible junto a Bette Midler y Goldie Hawn en El club de las primeras esposas, aquellos primeros compases del You don’t own me, de Lesley Gore, que ponían en jaque el matrimonio de época y reivindicaban, con la entrega de Diane cuando canta, eso de:
“And don’t tell me what to do
Don’t tell me what to say
And please, when I go out with you
Don’t put me on display
(…)
I don’t tell you what to say
I don’t tell you what to do
So just let me be myself
That’s all I ask of you
I’m young, and I love to be young
I’m free, and I love to be free
To live my life the way I want
To say and do whatever I please”
Basta contemplar como es debido la interpretación de Diane para apreciar que esa canción no era una simple canción, sino un himno y una declaración sin temor. “Así que déjame ser yo misma/ eso es todo lo que te pido”. Ese fue el reclamo que se hizo, tanto a sí como a sus parejas, y al que jamás renunció. Que Diane Keaton fuese un verso libre es evidente, pues era alguien que se hacía notar cuando entraba en el set rodaje y, sin querer, lograba que todos a su alrededor se rindieran a ella, asombrados por su encantamiento, su humor y su risa. Así lo atestiguan compañeros suyos como lo fueron Steve Martin y Martin Short cuando la recuerdan. Era transparente, sincera y, en su inseguridad –en ocasiones considerada baja autoestima–, se hallaba su grandeza. Era original y risueña. Una mujer que nunca olvidó de dónde venía, ni lo que le enseñaron sus padres cuando uno perdió la razón y la otra la memoria, comprendiendo en los procesos de ambas que “todo el amor del mundo no puede amortiguar la realidad del dolor”, que “envejecer es un juego hacia atrás”, que todos nos marchitamos, que, cuanto más avanzamos, irónica y paradójicamente, más retrocedemos y más pequeños nos hacemos. En eso consiste vivir e ir sumando experiencias sin perder de vista la atención en las pequeñas cosas, en los momentos que, aun discretos e irrepetibles, sin saber cómo ni porqué, se convierten en eternos y hacemos lo imposible por retenerlos. Por, en determinadas situaciones, recurrir y aferrarnos a ellos para volver a sentir y, en consecuencia, revivir a quienes estaban con nosotros, compartiéndolos. “Los recuerdos son sólo momentos que se niegan a ser ordinarios”, decía una cita que Dorothy tenía pegada en la pared desde hacía años. La misma Dorothy que llevaba dentro a una artista plástica que reclamaba un público que nunca encontró por no haberse concedido esa gracia que, presuponía, le quedaba lejana; que, después de haber visto Annie Hall le dijo a su hija que no cambiara, que no envejeciera, que se mantuviera fiel a su forma de ser y estar en el mundo. Que, de algún modo, fuera como esos recuerdos que se niegan a pasar inadvertidos, y se convirtiera en aquello a lo que estaba destinada desde que nació: una mujer excepcional y extraordinaria.
“Mi madre sabía una cosa: todo se reduce a la familia. Un día nos damos cuenta de que hemos pasado la vida con unas pocas personas. Es mi caso. Tengo una familia; dos en realidad, o tres pensándolo bien. Están mis hermanos, y están mis hijos, pero también una familia extendida. Las personas que han permanecido a mi lado. Las personas que han acabado siendo más que amigos; las personas que me abren cuando llamo a su puerta. A esto se reduce todo. A las personas que tienen que abrirnos la puerta, no porque siempre quieran, sino porque lo hacen”, dice Diane en un capítulo dedicado a la familia y titulado ‘Ahora y siempre’, como sus memorias. Y es que nadie ha resuelto aún el misterio que entraña el final de nuestra vida, más allá de una especie de túnel y una luz que te alcanza y te envuelve transportándote ahí donde, que sepamos, ninguno de los que marcharon ha querido regresar. ¿El motivo? Sólo ellos lo conocen, pero por algo será. También se dice que, para que el proceso de un estado a otro, de un umbral a otro, no sea abrupto ni doloroso; para atenuar el miedo o el rechazo a ese instante de abandono y desprendimiento del cuerpo, aguardan nuestra llegada esos seres queridos que perdimos hace tiempo. Los que se fueron antes de nosotros quién sabe si para guardarnos un sitio o hacernos un hueco cerca de ellos. Pero el caso es que, supuestamente, ahí están. Ellos son quienes nos abren la puerta. Sonrientes, además. Calmados. Rejuvenecidos incluso, con los brazos extendidos. Algunos son familia y, otros, amigos cercanos; esa otra familia sobre la que hablaba Diane unas líneas más arriba, que no son conscientes de los días, meses o años que han pasado, sólo que ahí todo se relativiza. Y es curioso, porque hace no mucho, el abuelo de una conocida, antes de fallecer, en un arrebato de lucidez, miró a los que estaban con él en la habitación de hospital y dijo: “Si vierais la fiesta que hay al otro lado, no estaríais llorando”. Aquella afirmación, casi categórica debido a la seguridad y seriedad con que fue pronunciada, caló en esta conocida mía, y en mí, una vez fue compartida. También se dice que, exhalado el último suspiro, hacemos un recorrido a modo de flashback, desde los últimos hasta los primeros pasos, donde resaltan escenas con un matiz peculiar y un aura un tanto sagrada; donde todo parecía funcionar, donde nada malo podía pasar y, de hecho, así pasaba. Acabada la secuencia, se salía de ella no sólo indemne, sino además con una sensación de plenitud y agradecimiento por haber sido partícipe o testigo de un instante donde si no era felicidad al menos provocaba una sensación similar que lo colmaba todo. Donde había música, baile, caricias, besos y, sobre todo, ese sentimiento que magnifica lo sencillo y cotidiano dando sentido a nuestra existencia. Y tal vez la muerte sea eso: volver a uno o varios recuerdos sin abandonarlos. Permanecer en ellos sin regresar a ningún otro lado.
De todos los recuerdos que Diane dejó por escrito, pienso en uno que, a los catorce años, sin poder evitarlo, empezó a arrastrar consigo, como dice ella. Uno que se desarrollaba en la colina de Ensenada donde sus padres bailaban bajo la luz de la luna al ritmo de una canción mexicana que interpretaba un grupo de mariachis: “Los vi besarse con un sentimiento tan arrebatador que (…) me llenó de admiración y respeto. Incluso me dio algo más en lo que creer: su amor. Arrojándome en brazos del romance de mis padres comprendí que no habría despedidas”. Y, en efecto, no las hubo porque tal vez, sólo tal vez, en el plano abstracto y misterioso donde ha ido a vagar la energía, que no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma, de ese ser magnífico llamado Diane Hall Keaton, una puerta se ha abierto ante ella. Curiosa, la empuja, y se sorprende al comprobar que sus padres continúan bailando en la colina de Ensenada como si los días, meses y años no hubiesen pasado; como si Diane hubiese permanecido ahí, observándolos. Al advertir su presencia, Jack y Dorothy se paran y, con los brazos extendidos, le dicen a su hija que se acerque, que no tenga miedo. Entonces Diane avanza despacio, entre nerviosa y asombrada. No puede evitar abrazarlos cuando los alcanza. Tampoco sabe si lo que cae de su rostro son lágrimas, pero se siente emocionada, tanto, que para consolarla Dorothy no duda en acariciarla diciéndole: “de ahora en adelante puedes bailar con nosotros cuando quieras. Ahora y siempre, Diane”.
[A la memoria, vida y recuerdo de Diane Hall Keaton, 5 de enero de 1946–11 de octubre de 2025].




