Al dictado de la nueva tecnología

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Me encuentro hoy especialmente perezoso. Mi estado natural, como se sabe, es la indolencia, pero hay días en los cuales el cuerpo me pide -y casi me exige- quedarme dentro de la cama escuchando música mientras leo el New Yorker o la prensa deportiva. Así estoy ahora mismo, en la cama y con los ojos cerrados, sin ganas siquiera de leer el As o el Marca. Es casi la una de la tarde. Una vocecita interior me dice que al menos debería rellenar las seiscientas palabras del blog de los viernes. Cojo el teléfono y llamo a mi mejor amiga en Nueva York, por si tiene ella alguna pastilla o brebaje o fórmula para despabilarme.

 

-Nada de nada, hijo mío. Lo tuyo no tiene solución. Descansa y mañana será otro día.

 

Le digo entonces que tengo que escribir el “post” de los viernes y que, por lo menos, me dé algún tema.

 

-¿Un tema? Habla de Steve Jobs o de la deprimente economía o de los indignados de Wall Street. Yo qué sé. Hay tantas cosas de qué escribir que me pasma que me hagas esa pregunta.

 

-Ya, ya, le digo, pero yo no soy periodista y evito en lo posible tocar temas de candente actualidad. Lo mío es otra cosa…

 

Mi amiga me corta.

 

-Pues escribe de tus cosas. De lo gandul que eres, por ejemplo.

 

-Ya lo he hecho en otras ocasiones y no quiero repetirme. Además, ¿a quién le puede interesar mi pereza?

 

-Desde luego que a nadie. Se me ocurre algo.

 

-Dime, le digo

 

-¿Tienes a mano el iPad?

 

-Sí, claro. Ya sabes que no me desprendo de él ni para dormir. Ahora mismo estaba leyendo un artículo en el New Yorker antes de llamarte.

 

-Ve entonces a las aplicaciones y bájate “Dragon”, un programa de reconocimiento de voz. No te llevará ni un minuto.

 

Le pido explicaciones, pero ella no me las da. Simplemente me ordena que lo baje sin rechistar. Así lo hago. La operación de bajada, en efecto, se hace en un santiamén. Con la yema del dedo pulso el verde icono, una especie de ramita verde, tras de lo cual aparece a continuación una superficie grisácea por toda la pantalla, con un botón rojo que dice “tap and dictate”.

 

-¿Y ahora…?

 

-Ahora asegúrate, antes de ponerte a dictar, que la lengua en cuestión es el castellano de España.

 

Me aseguro. Pulso el botón y echo una primera parrafada. Todas las tonterías que digo quedan perfectamente reproducidas. Mi amiga se ríe al otro lado del teléfono, mientras yo le expreso mi asombro.

 

-Aquí tienes otra prueba más de por qué el paro occidental no hará sino aumentar en los próximos años. En muy poco tiempo no habrá ya secretarias. Escribe sobre eso, me dice mi amiga.

 

-Eso ya lo he escrito, le digo.

 

-Mi amiga se carcajea al otro lado de la línea.

 

-Pues repítelo con otras palabras. Todo el mundo se repite. Además, ¿no serás tan memo de pensar que eso es original? Que el paro actual está estrechamente unido a la irrupción de las nuevas tecnologías y la economía global lo saben hasta los parvularios.

 

-¿Tú crees? Los economistas se debaten entre más estímulos con el dinero público o planes de austeridad. Nadie dice que acabemos con los nuevos inventos.

 

Mi amiga vuelve a carcajearse.

 

-Es que nadie quiere declararse ludita, pero tú me dirás cómo se va a crear mano de obra si cada día que pasa se inventa algo que nos quita el trabajo de las manos. Todos terminaremos de brazos cruzados. Tú estarás así feliz…

 

-Seguramente, le digo a mi amiga. Pero antes, por favor, resuélveme lo del “post”. Pues, aunque soy muy perro, me gusta cumplir con esta obligación.

 

-Muy fácil, me dice mi amiga. Dale al botón y transcribe esta conversación, con algunas licencias, como tú sueles hacer.

 

-Y las comas y los puntos y los dos puntos…

 

-Díctale como te dictaban a ti de crío en la escuela. “Soy un vago. Dos puntos. Estoy otra vez cansado. Punto…”

 

Le hago caso. En menos de cinco minutos transcribo lo que aquí se lee. Mi amiga, que me ha escuchado todo el dictado, me pregunta por el resultado.

 

-Es impresionante, le digo, pero no sé si algo banal para colgarlo en mi blog. Debería retocarlo un poco, reescribirlo quizá…

 

Mi amiga me interrumpe.

 

-No le toques ya más, que así es la cosa.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.