Al dictado

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Este viernes quiero hacer una prueba y voy a dictar todo el post. Siempre me ha parecido que la escritura y la palabra hablada son dos formas de comunicación muy diferentes. Se utiliza el lenguaje en los dos casos, pero cuando hablamos no hay tiempo para reflexionar o cambiar lo que vamos a decir. Las palabras o las expresiones fluyen muchas veces condicionadas por el modo particular en que el hablante ha ido memorizando su repertorio verbal. Desde luego cada vez está más claro que no tenemos, por así decir, un órgano de lenguaje o una gramática universal, tal como piensan los generativistas. Todo hablante memoriza su vocabulario dentro de contextos pertenecientes a su experiencia vital. La palabra » mesa» o la palabra «silla» no son sustantivos de una manera apriorística, sino que funcionan como sustantivos porque desde un principio esas dos palabras tienen a su lado, irreversiblemente, el artículo definido «la» o el artículo indefinido «una». Por lo mismo, «silla» o «mesa» estarán una y otra vez asociadas a otras palabras del tipo de «salón» o «comedor» y a expresiones como «poner/ quitar la mesa». El error de tantos gramáticos ha sido pensar que existe una sintaxis anterior al uso de la lengua. En la dicotomía famosa entre lengua y habla, habría que insistir en que solamente existe el habla o, por mejor decir, las hablas de cada hablante. Dicho lo cual, el habla hablada es más espontánea y, por tanto, más verdadera, más auténtica, en relación con el idiolecto del hablante, que el habla escrita, si se me permite el oxímoron. Nuestro repertorio verbal está guardado en diferentes recámaras dentro del cerebro. A un nivel superficial el hablante encadena frases comunes dentro de su repertorio. Tanto en los saludos como en las frases que uno intercambia en el ascensor o con un colega cuando se lo encuentra por la mañana antes del iniciar su jornada de trabajo, el hablante recurre a un repertorio mostrenco. Parece indudable que si quiere comunicar alguna información nueva, leída esa mañana en el periódico o escuchada en la radio, deberá forzar la memoria y recurrir a frases y expresiones que ya no se encuentran, digamos, en la primera recámara que utilizamos en el trato superficial. La escritura nos permite reflexionar sobre lo que deseamos comunicar y, al mismo tiempo, acudir a otros repertorios que pueden estar fuera de nuestra memoria. Pondré un ejemplo. Alguien escribe un artículo y, en un momento dado, se le ocurre emplear una cita. Si escribe a vuela pluma, parafraseará tras repensar o intentar recordar, pero en muchos casos el escritor acudirá a su biblioteca y buscará entre sus libros la cita que quiere emplear. (Actualmente todo esto resulta mucho más fácil gracias al Internet. La comunicación es cada vez más precisa. Solamente el perezoso puede escudarse en citas erróneas). La diferencia mayor entre la comunicación hablada y la comunicación escrita está seguramente en la composición. Al hablar nos dejamos llevar por el curso azaroso de las palabras, mientras que cuando escribimos tenemos la oportunidad (y habría que añadir la obligación) de planificar de una manera mucho más ordenada lo que vamos a decir. La escritura es siempre espacial e inmóvil mientras que la palabra hablada se plasma en un continuo temporal en el cual ninguna palabra vuelve a oírse más. Hay, sin embargo, una paradoja. La palabra escrita, que es siempre inmóvil, siempre pétrea, se puede cambiar en todo momento, se puede sustituir, se puede amplificar, mientras que la palabra hablada, que fluye como fluye un río, nunca se puede apresar, desaparece, sin dejar nada a su paso, salvo quizá la esfumada estela en la memoria de quien la oyó

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.