Al escritor que empieza

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Tengo un sobrino que escribe y que lo hace muy bien. No tiene todavía ni 17 años. Me pide consejos, me manda sus escritos, me habla de sus lecturas. Resulta curioso imaginar la vida del hombre de letras en los próximos veinte años. Cuando yo tenía su edad no sabía ni escribir a máquina. Uno se compraba un cuadernillo y si tenía vocación por la palabra escrita, emborronaba y emborronaba. Ahora el simple verbo “emborronar” se ha quedado obsoleto. Nadie echa borrones ni tacha ni le sale callo en el dedo corazón, como nos salía a los que nos daba por ahí. El procesador de textos lo ha cambiado todo. Uno puede darle vueltas y más vueltas a la cosa hasta dar con la frase feliz. Noto, eso sí, que muchos escritores, especialmente los más jóvenes, recuecen demasiado las oraciones, los escritos. Falta ritmo. Hay mayor corrección, sí, pero menos espontaneidad. Aunque puede ser un simple error de apreciación mío. Mi sobrino, debo decir, escribe con gran soltura, aunque yo le recomendaría que empezara a experimentar con los programas de reconocimiento de voz, pues con seguridad ese será el futuro. No veo a nadie tecleando de aquí a diez años salvo para arreglar tal o cual errata o para desenredar algún párrafo torpe o lioso. Entramos, ya lo he dejado dicho alguna vez en este blog, en la era de la escritura oral. Juan Valdés pedía, allá por el siglo XVI, escribir como se habla, sin manierismos, con el lenguaje de la calle. El estilo suelto es más atractivo que el estilo demasiado elaborado o tortuoso, aunque quizá mi escritor favorito sea Proust, famoso por esas oraciones de mil palabras que se desparraman por la página como un delta entreverado de incisos y digresiones. Seguramente la escritura oral acabará con la densidad prosística, aunque me temo que habrá también más verborrea. Ya hay mucha, en todo caso. A mi sobrino le diría que escriba todos los días, sin descanso, al menos 500 palabras, como hacía Graham Greene, pero que publique más bien poco y solamente cuando crea que está diciendo algo verdaderamente de interés, a no ser que escriba para los amigos. Quiero advertirle a mi sobrino que el escritor del futuro deberá abrirse entre una muchedumbre estruendosa de blogs, de tuits y de palabrería electrónica desperdigada por la Red. Otra cosa que mi sobrino debería tener muy en cuenta (y no sólo él, sino todo aquel que tenga la ocurrencia de dedicarse a escribir) es que el sistema editorial vigente durante estos últimos doscientos años está dando las últimas boqueadas. Los libros serán electrónicos y reproducibles de manera infinita y, por ello, difícilmente vendibles. El negocio editorial será electrónico o no será. Si nadie vende o compra aire, menos aún venderá o comprará textos que se reproducen con un simple clic. Por lo tanto, el escritor joven, como es el caso de mi sobrino, lo primero que debe hacer es crear una página en la Red y colgar allí sus escritos. Cuanto más invierta en esa página, mejor. La página Web no puede ser una chapuza. El joven escritor deberá saber que en los próximos años el negocio editorial estará en la Red y que las editoriales, si quieren seguir prosperando, serán acaso las que se dediquen a su construcción, como quien construye islas artificiales en mitad del océano. Puedo imaginarme al escritor del futuro en la atalaya de su página Web y desde allí todas las mañanas echando al mundo un cuento, un poema o un ensayo sesudo sobre la poesía de Rainer María Rilke. Mi sobrino, en uno de sus escritos, con fina ironía, imagina a un adolescente medio cascarrabias -como lo son casi todos- que da preferencia a los sentimientos sobre todo lo demás. Ciertamente la misión de todo escritor, sea grande, pequeño o mediano, es la de transmitir emociones a través de la palabra y, si es posible, explorar el mundo de la imaginación. La imagen puede valer mil palabras en el mundo real, pero la palabra, en manos de un buen novelista, genera miles de imágenes y un continuo borboteo de sentimientos. A mi sobrino, finalmente, le diría, en esta apresurado post que tecleo, que nunca olvide que la palabra escrita es al final un simulacro y que lo más importante es vivir. Vivir, sobre todo. Pues solo quien mucho vive y goza y sufre escribirá -si está tocado por el dedo de los dioses- alguna cosa que merezca ser con el tiempo leída y recordada.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.