Al escritorio

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"Ah, un apaciguamiento –el guía escupe las frases como si tal cosa–, para nuestro destino siempre hay un apaciguamiento, somos tan devotos, tan devotos...". Ediciones del Subsuelo publica el primer volumen de la Trilogía alpina de un devoto de Bernhard y Beckett

 

Ante mí va el guía. Conoce el camino; si pierdo apoyo o el equilibrio me salvará, si me caigo a lo largo de la cuerda me rescatará y, para que eso no ocurra, va subiendo delante de mí. Si él se cayera o me quisiera mal, yo estaría perdido; pero lo he alquilado para mi protección, le pago bien, mi seguridad le importa, y yo quiero subir; le he pagado, así que tiene que obedecer mis órdenes, y le sigo. Pero en este momento me asalta una inexplicable debilidad, como ya me ocurrió una vez en el Grosselend –en aquella ocasión estaba solo, y pude arrastrarme de vuelta hasta el valle–, de repente mis fuerzas me abandonan y no puedo seguir. Sin duda hemos salido cuando aún era de noche, hace mucho que estamos en camino, no tengo mucha práctica en caminar por el hielo y las traicioneras rocas, a mano derecha las laderas heladas de los dos Klammerkopf se despeñan de forma aterradora, y sin embargo mi agotamiento es un enigma, incluso una molestia, no quiero sentirlo y, sin embargo, tengo que tenerlo en cuenta. Interrumpamos el ascenso, le digo al guía, ¡demos la vuelta! Soy YO quien tiene que decidir si damos la vuelta y cuándo, así estaba acordado, responde el guía, con una brusquedad que no le había notado en el valle, sé distinguir muy bien un aparente agotamiento de uno auténtico, no es usted el primero que al llegar a este punto cree estar agotado, es lo que se llama agotamiento del Klammerkopf; ¡así que adelante, ahora!, tengo que cumplir mi obligación y asumir mi responsabilidad, al fin y al cabo necesito el dinero. Tengo una pequeña finca en el valle, prosigue el guía, mientras doy tumbos detrás de él, y en los últimos tiempos han pasado tantas cosas, tantas cosas… Mi padre ha muerto este año, enciende la luz, mujer, me muero, le dijo una noche a mi madre, y segundos después estaba muerto… A uno de mis hijos, dice el guía, le regalé una bicicleta por sus buenas notas, y en su alegría fue enseguida a ver a una tía abuela en los prados altos; en el viaje de vuelta hacia mi granja se salió del sendero forestal, bajó corriendo una ladera y chocó con furia inimaginable contra un molino; sucumbió a sus lesiones en la cabeza en el mismo helicóptero de rescate… Poco después se ahorcó uno de mis primos… Y no hace mucho que mi hermano, el coleccionista de piedras, fue encontrado en el Hocharn, congelado, aferrando incluso muerto un topacio ahumado tan grande como una mesita de noche. Pucher le advirtió de que venía una fuerte borrasca, y quiso retenerlo… demasiado tarde; encontraron a mi hermano al cabo de tres días, helado, cubierto de nieve… Ah, tantos entierros en tan poco tiempo, parece que atraigo la desgracia, verdad… pero, naturalmente –el guía sigue hablando sin preocuparse de mí, avanzando con decisión, a veces le oigo como de lejos, a veces las paredes empinadas que nos rodean refuerzan el efecto de sus palabras, hace mucho que he abandonado mis altas y elevadas metas, y sin embargo seguimos subiendo–, naturalmente somos  obtusos, se nos ha atribuido otra relación con la muerte, devenir y perecer es del todo natural para el campesino, se dice, y nada importa… ¡A nosotros, los campesinos montañeses, no nos espanta que un allegado muera, que un niño se malogre, para nosotros es como si a una oveja la partiera un rayo o una vaca sufriera daños, se dice! ¡No sentimos nada, al fin y al cabo vamos a la iglesia, venimos a menudo desde tan lejos hasta la iglesia, en el valle, verdad, somos sumisos a Dios y encendemos velas cuando hay una tormenta…! ¿Y acaso no somos también devotos de la religión de la Naturaleza, no tememos desde siempre a las poderosas montañas, a los  espíritus de la montaña? Pero claro que sí, también somos devotos de la religión de la Naturaleza, un etnólogo vino una vez al pueblo y lo averiguó, en nuestra devoción a la madre de Dios y a Dios Padre se ha conservado algo pagano, incluso usos celtas… Ah, un apaciguamiento –el guía escupe las frases como si tal cosa–, para nuestro destino siempre hay un apaciguamiento, somos tan devotos, tan devotos…

 

¡Pero eso se ha acabado, eso fue érase una vez! ¡Ya no necesitamos forasteros, veraneantes husmeando por aquí, que dan vueltas en torno a los alerces y los cembros, las aquileas y los martagones como si fueran una de las maravillas del mundo! Agricultura, agricultura alpina… ¡basta ya!, profirió el guía. Los raros cembros, las aguas en cascada, el famoso acónito del Tauern… ¡No interesa, queremos puestos de trabajo! ¡Necesitamos polígonos industriales, infraestructuras, pistas de esquí en los glaciares, le digo, funiculares, centrales hidráulicas! Se lo digo: centrales hidráulicas y más centrales hidráulicas, eso es lo que necesiamos y eso es lo que tendremos, grita el guía. Ah, esas enormes masas de agua que se precipitan, totalmente inútiles, en el Mar Negro, que se filtran en el bloque del Este… Desde los glaciares y los manantiales que nos rodean al valle, del valle al Drau, el Drau desemboca en el Danubio y el Danubio en el Mar Negro, es increíble. ¡Puestos de trabajo, es lo que necesitamos! En 1938 planificaron la central hidráulica de la que hablo, y sigue sin estar construida, y hay que discutirlo; ¡si los que la planificaron lo supieran! ¡Pero ahora ya está bien, puestos de trabajo, digo, puestos de trabajo! El guía se echa a reír. ¿Me he presentado? ¿Qué nombre he utilizado… Tobías Reiser? Ja, ja, eso ha estado bien, no puedo menos de ensalzarme a mí mismo, yo, Tobías Reiser, no está mal. Así que escuche, estimado amigo de la montaña, escuche la sentencia: soy Florian Köll, el hombre que convirtió un rincón llamado Windisch-Matrei en el Municipio Europeo Matrei, ¡un alcalde europeo! Y lo que le he contado de la pequeña finca, de la muerte de mi padre… ¡todo mentira! Las paredes de roca devuelven la risa del guía. Mi padre goza de muy buena salud, es fuerte y ha llegado lejos como funcionario del Gobierno regional en Innsbruck, el presidente regional, Wallnöfer –¡un monumento, se lo digo yo! – es amigo suyo. ¿Que mi hijo se ha matado con la bicicleta? ¡Mentira, señor mío, mentira! Mi hijo es demasiado gordo para montar en bicicleta, así de bien le va. Y, como puede usted imaginarse, mi primo tampoco se ahorcó, ni mi hermano murió por un topacio ahumado, tendría que haber sido idiota. No, ambos tienen puestos bien remunerados en el sector eléctrico, para ser exactos en las sociedades gestoras de la prevista central hidráulica, y rebosan de optimismo. ¡Entiéndalo de una vez, es demasiado tarde, demasiado tarde, demasiado tarde!, grita el guía, de un modo que resuena igual que latigazos en mis oídos. Va a ser una presa única, una obra de arte, al menos cuarenta prados desaparecerán para siempre dentro del embalse, robaremos su absurda belleza a todos los arroyos de los glaciares de los valles circundantes y los conduciremos hacia un sensato aprovechamiento. ¡La pacífica convivencia de economía y ecología, la variante del compromiso! Vendrá el martín pescador, el martín pescador, que habita en nuestros embalses, el martin pescador, solo que de su compañía eléctrica… Ni un martín pescador sin presa, eso está bien, ¿eh? Y crearemos puestos de trabajo, ¡no sabe usted cómo!, grita el guía, y estalla en una carcajada tan infernal que temo que desencadene aludes sobre nosotros y nos arroje a ambos a la perdición; locura laboral, locura laboral, quiero gritarle con voz débil, pero ya no me sale ni una palabra.

 

El guía me precede por el hielo, montaña arriba. Aunque conoce mi estado, o precisamente por eso, tira, si me detengo, de la sirga con tirón implacable y me sigue arrastrando, hacia la oscuridad que se abate de pronto, ¿o tan solo oscurece a mi alrededor? Adelante, adelante, hacia el progreso, hacia la luz, oigo gritar al guía como desde muy lejos; ¿se ríe, canta incluso? Un punto luminoso aparece a lo lejos, ¡el refugio Prager, se me pasa por la cabeza, la salvación!, y entonces la luz se apaga, y a las tinieblas se les une el silencio.

 

 

 

 

Este fragmento pertenece al arranque de Al escritorio, primer volumen de la Trilogía alpina, traducido por Carlos Fortea y que acaba de publicar Ediciones del Subsuelo. Según señala la editorial, el autor practica aquí uno de sus principios estéticos: “Si el lector dice: realidad, el autor replica: literatura. Si el lector dice: literatura, el autor replica: realidad”.

 

 

 

 

Werner Kofler (Villach, 1947-Viena, 2011) era uno de los escritores minoritarios más destacados de la literatura contemporánea en alemán. Autor de relatos, obras teatrales y piezas radiofónicas llenos de alusiones a la literatura y a círculos literarios y mediáticos austríacos y alemanes, Kofler se definía a sí mismo como heredero de figuras como Kleist, Kraus, Beckett y Bernhard.

Autor: Werner Kofler