Al final, un mundo feliz

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El año ha terminado en el mundo entero, incluso para los que usan calendarios ajenos a la parafernalia occidental, como tibetanos, judíos, chinos. Bueno, esta lista, que no alargaremos, no está confeccionada después de un minucioso estudio de las costumbres de ningún pueblo, salvo la sospecha de que estos pueblos citados podrían no usar el calendario de la Iglesia Romana por cualquier oculta razón.

 

Felicidades al mundo entero por el año 2010, que, bien visto, no parece una fecha de calendario. Sobre todo para nosotros que  llevamos años fechando con 19xx. Sí que fue una gozada lo de firmar los documentos con 1978, pero aquello pasó. Felicidades al mundo entero porque al final se asienta lo de firmar todas la tonterías que producimos empezando con un 2. Felicidades al norte, felicidades al sur, felicidades a los que vivieron el tsunami, y también a los que se salvaron de la salvajada de New Orleans. Bueno, cuando lo recordamos, tenemos la impresión de que fue una catástrofe causada por mano humana, y no una desgracia natural. Y si fue natural, ¿qué hacían ahí  los soldados armados?

 

Felicidades a los de Ulan Bator, a los de Frente Polisario, y a los que sufrieron las inclemencias, hace algunos años, del volcán Pinatubo. En Alaska hay osos, pero siempre fue noticia porque George Bush lo perforó, o juró hacerlo, para chupar el petróleo de los indios que allá  vivían. Felicidades a los indios de Alaska por un año nuevo 2010. En Johannesburgo la gente ya no sabe qué hacer para agrandar los cementerios, y eso desde que el país ocupó las primeras listas del mundo por la gente infectada por el SIDA. Suenan campanas del balompié mundial, y de Angola, con la pólvora ajena en el cuello de los futbolistas, lean las noticias e infórmense de las lágrimas de los jugadores de Togo, pasaremos el balón para que el viudo y los huérfanos de Manto Tshabalala lo chuten a los jugadores de la delantera del equipo del país.

 

Muchos de nosotros creemos que se organiza un mundial en un país lleno de problemas para taparlos, aunque algunos ilusos creen que es justo lo contrario, hacerlos visibles para que José Blatter ayude a resolverlos. ¿Sabe alguien quién fue Manto Tshabalala, si es que se escribe así el nombre? Pues la ex flamante ministra de sanidad del coloreado y mandeliano país. Resulta que la muy señora era tan descreída de su cargo y de la ciencia de los blancos que afirmó que el SIDA se podía combatir con una dieta plena de ajos. O sea, HIV versus Ajos, como si dijéramos que necesitamos que llegue el árbitro para juzgar tan dispareja lid. Y ahí anduvo la señora Manto con esta necedad en la boca y con un hígado comido por el alcohol hasta que vino a visitarla la persona más natural de su país: la muerte.

 

Ya murió Doña Manto y allá ya soltará la lista de sus remedios para otros males.

Felicidades a la gente de Ghana, a los de Burkina Faso y a los piratas de Somalia. Ah, no sé en qué piensan los islamistas africanos, pero el que esto escribe no esperaba que una fe foránea pudiera paralizar todo un país. Si solamente me quedara una cosa por firmar en la vida, firmaría la expulsión de todos estos fanáticos a Arabia, o a Dubai, y que vayan a rezar cien veces al día si quisieran, pero no entiendo cómo hay doctores que defienden todavía que se piense que los fanáticos del Islam se merecen un respeto, nuestro respeto.

 

Claro que contamos con la enemistad del coronel Gadafi si seguimos pensando así de la religión que le da de comer, pero Muhammad no nació en África y Jadicha, su viuda, no fue como la reina de Shaba, quien sí paseó por la orilla norte de la cama del rey de reyes y dejó hijos con otra fe en la parte oriental de Etiopía. Jadicha es de otro continente, y nadie rezaba cinco veces al día entre nosotros hasta que ella consintió que usaran su dinero para propagar una fe que no sabe perdonar a los que la abrazan. Así empezó el fraile Torquemada hasta que le dijeron que si seguía así, Juan Carlos II no podría hablar con Mohamed VI para hablar de la vida de Aminatu Haidar porque no se entenderían.

 

Felicidades a todos, Camerún, Gabón, con una democracia modélica, Congo Kinshasa, con un impecable delfín que reina de maravillas, Chad, Nigeria, oh, Nigeria. Aquí en África Central esperamos todos que el rey Obiang se consolide como el rey que fue desde que brotó el petróleo tras su oración, según creen algunos acólitos irrefrenables. Acá, con la victoria abrumadora, asfixiante, que obtuvo en las últimas elecciones, felicitado y besado por todos los mejores besadores de todo el mundo, aquí estamos en sus manos, y nunca mejor dicho.  (Es porque se vota con la derecha, donde te pringan con tinta indeleble para que no digas que quieres votar cuatro veces para llenar la urna de las papeletas del presidente-fundador). Fortalecido porque le seguimos en sus juegos civiles, el jefe tiene la facultad para decir la última palabra sobre cualquier tema en este República de Guinea Ecuatorial. Los jueces, los periodistas, los maestros, los militares, los que han estudiado diplomacia y todos los que han estudiado dos carreras lo saben y lo dicen cada vez que alguien les pone un micrófono al borde de los labios.

 

Con este panorama totalizador, si nuestro rey decidiera crear un río que dividiera la parte continental en cinco fragmentos todos le secundarían, y hablarían de ecologismo a una sola voz. Si nuestro jefe quisiera declararse vitalicio, y bien que puede a tenor de la descendencia que va dejando, saldrían los próceres nacionales a decir que esto ya se les había ocurrido, y que viva el rey. Si quisiera suprimir la moneda y volver a los trueques, lo conseguiría con la mayoría de su parlamento.

 

Aquí en la república, un decir, todo está en movimiento. Cualquiera que se asomara vería todas las palas y motopalas en alto, removiendo el suelo a más no poder: gente de Malí, chinos, otros chinos, egipcios, gente que habla el latinoamericano, la cosa está que arde de tanto polvo que levantan. Pero saben que todo esto se hace porque todo el mundo quiere ser feliz, eso es, ser captado por las cámaras del oculto gran hermano. Y esto es verdad legal porque si el rey nuestro dejara hoy de existir, si dejara ahora mismo la silla, quien viniera a ocuparla no encontraría agua potable en Malabo, ni en Bata, ni en Annobón. Tampoco encontraría una luz eléctrica estable en los mismos sitios citados. Lo demás ya no se dice. ¡Claro que saldrá alguno a decir que en estos 2010-1979= 31 años no ha tenido ni tiempo ni dinero para proveer a las ciudades guineanas de más y mejor agua!

 

El futuro es otra cosa, siguen las palas mecánicas en funcionamiento, la cuestión es remover. Llegados aquí, vemos que el mundo en particular sigue lo que se propuso desde que se supo que la gente podía ser feliz. El culmen de esta felicidad es que haya un ojo que viera todo como el gran hermano, y que todos vivan la misma camiseta para decir que en la cumbre de tal sitio se pudo pero no se hizo, pero que da igual, pues nadie quiere impedir el cambio climático si el asunto es contaminar más y vender mejor.

 

El gran hermano nos mira a todos, ¿y saben qué?, llegará un día que alguien montará una gorda detrás de todas las cámaras, y mostrará otra vez que las torres gemelas se pueden pulverizar, para el pasmo de los que por ahí andaban, y Alá sigue siendo grande.

Entonces, cuando esto ocurra otra, sabremos que una simple fiebre, como todos los males que juntos toleramos en todos los puntos cardinales de este mundo, puede ser el indicio de un mal mayor. Ah, fiebre, calor, fuego, temblor.

 

Muchas gracias, feliz año nuevo.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.