Al límite de la muerte

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Me juego la vida cada día. Cruzo el umbral de la puerta sorteando los peligros que me acechan allende los mares cristianos de Ashrafieh, rezando para que la balanza no se desequilibre una tarde cualquiera y acabe consumida en una orgía de sangre, crucifijos, minaretes y kilos de pistachos.

 

Con los primeros rayos de sol se extiende la humedad. El taxista me observa con mirada inquisitiva y me espeta sin remilgos “¿De dónde eres?”, como si no tuviera yo ya suficiente desgracia con sudar como una cerda a las 8 de la mañana como para que me confundan con una judía. Temo una emboscada, sonido de teléfonos, un zumbido persistente y en cuestión de segundos el coche partido en dos por un misil Tomahawk. Un chaval empotra el vespino contra el maletero. Debe de ser el enlace. Nadie le hace ni puto caso mientras yo guardo todas las tarjetas de crédito en el sujetador. Será por repartidores…

 

Avanzo por una acera asfaltada. Un negro me adelanta y se da la vuelta para sacarme la lengua lascivamente. ¿Cubrirá el seguro médico la visión espontánea y vespertina de una morcilla de más de 30 cm? Qué habré hecho yo para merecer esto, que camino mirando el suelo, sin sonreír jamás a los desconocidos, pensando, como los rusos, que solo un imbécil considera que aún quedan motivos para esbozar una sonrisa…El negro se para esperando que lo alcance. Yo me santiguo y rebusco en el bolso la tarjeta del agregado militar español con el fin de espantarlo cuando la vea.

 

Café Balthazar. Una especie de lámparas con forma de virus cuelgan del techo. El público se compone básicamente de disminuidos mentales con Blackberry. Después del camarero obeso mórbido soy la única a la que el culo le ocupa toda la butaca. Me dirijo al baño con suma precaución, sobrecogida del miedo ante la posibilidad de tropezar con una teta siliconada o echar botox por error en el café.

 

Sufro por nuestros soldados, incomunicados en el sur, atiborrados a conguitos, encerrados en la base por un mundo mejor, arrastrándose bajo las alambradas para salvar a las rebeldes vacas libanesas que desafían a Israel, llamando a capítulo a esos incontrolables chicos de Hizbollah.

 

Anochece. Desde la plaza Sassine solo hay un camino posible y temible de vuelta a casa. La acera es como un túnel del terror del que no sabes quién podrá surgir de detrás de los árboles. No tarda en divisarse el primer candidato: joven, vestido a la moda y con una mano inequívocamente en la chorra. Me susurra algo cuando paso a su lado y yo, sin descuidar nunca la educación, le pregunto, “Perdone, qué dice, no le entiendo”, antes de huir despavorida calle abajo y refugiarme en una iglesia ortodoxa.

 

La vida en Beirut es una lucha diaria por la existencia, una guerra sin cuartel a la que nos sometemos valerosamente, ignorando si saldremos vencedores. Abres el envoltorio de las galletas caducadas, comes la carne reempaquetada hace cuatro meses, te bañas en los residuos tóxicos de Tiro, esquivas los disparos tras fuentes de mármol de un millón de dólares, recorres el valle de la Bekaa sopesando lo costoso que saldría mantener a un rehén español, pesado y politoxicómano, para regresar finalmente al hogar, impregnado de ese olor que solo desprende el verdadero macho curtido en Líbano, Eau de H´ypocrite.

 

Sí, hermanos, somos duros.