Al norte de los Pirineos

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Ah, la France, la France…

 

Visitamos Marsella y París. Sin cámara de fotos. Otra mirada, ahora que en los alrededores de la Torre Eiffel se detecta tan fácilmente aquellos que producen fotografías expresas para el facebook. Los contrastes son algo más que térmicos. En Marsella, nos bañamos, un día de calor casi excesivo, en un mar Mediterráneo de un azul imposible. Los mercados y la lengua árabe en todos los rincones nos sorprenden tanto como la suciedad -ni nos extraña, un día después, que haya estallado un brote de dengue, y mira que venimos de un país tropical- y el aire decadencia de una ciudad donde las contradicciones sociales de una Francia casi permanentemente asustada por el fenómeno migratorio se concentran hasta el punto de palparse en las calles.

 

El pueblo francés imprimió en la historia los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; buscó debajo de los adoquines de la comodidad burguesa en mayo de 1968. Pero ese mismo pueblo es, también, profundamente conservador, y esa faceta francesa que al sur de los Pirineos nunca vimos con tanta lucidez se manifiesta en un discurso xenófobo tan presente como la irrefrenable mezcla de culturas en la que vive inmersa Francia. Paseando por las cercanías de la catedral de Notre Dame, me encuentro con un puñado de indignados que han acudido a la convocatoria del 19 de junio. Unos gendarmes más serios y amenazantes de lo necesario separan a manifestantes de turistas y acaban acorralando a los primeros en un pequeño espacio de la plaza. Su brusquedad me sorprende, aunque no demasiado. Después leo, y no me sorprende nada, que cien indignados acabaron en las gendarmerías aquella tarde.

 

París se nos antoja una ciudad que hace ostentación de su riqueza, de un poder que se palpa secular, que se despliega desde el Jardín de las Tullerías hasta el Arco del Triunfo, desde la Torre Eiffel hasta el paseo del río Sena, pasando por las suntuosas terracitas para turistas junto a la Sacré Coeur de Monmartre. Y todo el tiempo pasan cosas: artistas callejeros en cada rincón, exposiciones operformances a cada paso. Posiblemente, la ciudad con más turistas del mundo, la ciudad más citada del mundo. Aunque su ostentación del lujo se haga por veces obscena; aunque carezca de la belleza natural de urbes más desordenadas y agitadas, como Rio de Janeiro. ¿La ciudad del amor? Hay quien dice que lo francés está sobrevalorado, y puede ser. Desde luego, el vino y la comida lo están, a mi modesto opinar. Pero, a fin de cuentas, París me sigue pareciendo una de las ciudades más hermosas del mundo. Claro que, me digo, o Rio continua lindo...

 

 

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.