Al norte, piquetes y cocaína

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En Los pibes suicidas, el escritor salteño Fabio Gabriel Martínez retrata la vida de un sector de la juventud de su provincia antes que la Argentina de Menem, Duhalde y De la Rúa volara por el aire en diciembre de 2001.

 

En Los pibes suicidas (editorial Nudista), el escritor salteño Fabio Gabriel Martínez, radicado en Córdoba, compone un perfecto fresco del inicio del movimiento piquetero en esa provincia del noroeste argentino narrando la vida y el desastre de un grupo de jóvenes devastados en su vida pública y privada por una política que no sólo destruyó los recursos naturales sino también intimidades y subjetividad. El libro, publicado por las ediciones Nudista, es una muestra del vigor de las editoriales independientes del interior del país y de sus escritores. Martínez migró a Córdoba cuando el desastre noventista había empezado. Hijo de un operario de la YPF privatizada, estudió en clínicas literarias con Luciano Lamberti, y recuerda con temor y temblor esos años.

 

Ambientó el libro en la Salta de los primeros piquetes del siglo pasado, unos años de la catástrofe del 2001. Además de retrato de caracteres, ¿tenía alguna idea de que se lea ese punto de inflexión histórico como tal, sin esa pretensión?

Tenía ganas de hablar de los noventa y sus consecuencias. Porque creo que ahí se encuentra el tema que siempre aparece en mi narrativa. Por eso hablé del Tartagal (noroeste de la Argentina) que dejé. Me vine a estudiar a Córdoba a principio de 1999 y el neoliberalismo de Menem estaba haciendo estragos en  mi zona. Y creo que el motor de la historia surge de la siguiente idea: qué hubiera pasado si me quedaba en Tartagal, si no tenía las oportunidades que tuve gracias a mi situación económica y me quedaba allá en una ciudad a punto de estallar. Sin embargo, no busqué rigor histórico sino que me preocupé por el ambiente y las sensaciones de esa época.

 

La violencia –explícita o soterrada– es permanente: las condiciones sociales, los personajes contra los otros y contra sí mismos. ¿Cómo hizo para mantener la tensión hasta el final?

Trabajé por mucho tiempo la novela. Tenía una idea clara de lo que quería decir pero plasmarlo en la historia se tornaba difícil. En una primera versión los pibes suicidas eran más y a todos les pasaban cosas terribles. Gracias a las lecturas de Luciano Lamberti y Pablo Natale me di cuenta que tenía que simplificar. Saqué personajes, reescribí la primera y segunda parte y las separé en capítulos, buscando que cada uno de ellos, o por lo menos la mayoría puedan funcionar como cuentos independientes con la tensión necesaria, ya que creo que eso es clave para un buen relato. También me ayudó mucho corregir parte de la novela en una clínica literaria dictada por Lamberti, a la cual asistían otros escritores cordobeses como Mariela Laudecina, Hernan Tejerina y Gustavo Centineo. Gracias a ellos logré pulir esta novela.

 

Es una novela de diálogos. Pero el argot, las costumbres, los usos, los abusos ¿podrían estar pasando en cualquier barriada de Córdoba o del Gran Buenos Aires, ¿no?

Yo creo que sí, que la mayoría de las situaciones de Los pibes… podrían pasar en cualquier parte, pero también creo que hay algo que de alguna manera le da una característica particular, que es la frontera. La historia se centra en Tartagal, que queda a 50 km de la frontera con Bolivia, y ese lugar es demasiado terrible y lo aseguro, esa realidad supera ampliamente mi ficción. También está la privatización de YPF, que para nuestra zona fue devastadora; en ese derrumbe hay miles de historias.

 

También es un relato de catástrofe inminente. Uno no sabe que va a pasar pero algo va a pasar. Algo denso. Esa escritura, falsamente lineal, ¿cómo la trabajó?

Creo que lo catastrófico surge desde un primer momento debido a la situación que rodea a los personajes. Los pibes suicidas tienen muy en claro que todo se va a derrumbar, pero ellos deciden esperar esa explosión volándose la cabeza, escuchando buena música, tomando la mejor merca (cocaína) aunque en el fondo guarden una esperanza de salvación. Y en cuanto a la escritura, desde un principio decidí apelar a la primera persona, con un lenguaje seco, contando sólo lo necesario, luchando con mis limitaciones porque de otra manera no sale y robando mucho de otros autores. Me sirvió un montón leer novelas como Los detectives salvajes, La ciudad y los perros, Menos que cero, Pedro Páramo. A cada página que leía se me ocurrían nuevas ideas. Y para que la primera persona no canse tanto, incluí tres capítulos donde aparece una tercera persona, tratando de estilizar el lenguaje. Entonces, la historia principal parece detenerse para dar lugar a situaciones que la contextualizan.

 

Se podría pensar en una suerte de sociología narrativa pero es reducir su complejidad. ¿Pensó que podía ser leída así?

Creo que lo que cuento es una visión particular de cómo viví esos años en Tartagal. A mi viejo lo desvincularon de YPF y sin embargo el gran sueño argentino parecía cubrir todo y a mi manera, me tragué la mentira de (Carlos Saúl) Menem. También yo me fui sabiendo que la zona iba a explotar y nunca volví, me quedé en la comodidad de Córdoba. Tal vez por eso fue que escribí esta novela, fue una manera de volver, y para que la gente del departamento San Martín tenga una visión particular que deja en claro que los 90 fue lo peor que nos pudo pasar.

 

¿Qué escritores lee, relee? ¿Qué está leyendo ahora? ¿Y sus planes?

Autores contemporáneos. Empecé a leer mucho de grande y la verdad, a muchos clásicos no leí. A veces me junto con amigos escritores, pedimos comida, tomamos vino, jugamos al poker, hablamos de literatura y cuando le confieso que no leí, por ejemplo, Zama de (Antonio) Di Benedetto me ponen un cono de silencio. Disfruté mucho el último libro de Sergio Gaiteri, La Vertiente, que para mí es un referente. La sed, de Hernán Arias, me encantó, me pareció de una sensibilidad increíble. También releí varías veces El loro que podía adivinar el futuro, de Lamberti, porque para los que estamos en Córdoba fue una obra que marcó un quiebre y me sirvió para lo que estoy haciendo en este momento que es un libro que está entre el cuento y la novela pero que pretende bordear el realismo. Hay un cuento que  se llama Dioses del fuego, trata de unos chicos que queman autos y ese relato marca el ritmo del libro entero. Este año lo arranqué leyendo libros de escritores jóvenes salteños. Tenía ganas de ver que se estaba haciendo en mi provincia y la verdad que me encontré con muchos chicos que están llenos de ganas y estoy seguro que pronto van a sacar grandes libros.   

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.