Alagoanas, 2: Coco y ocupaciones

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Salimos de São Paulo con la intención de recorrer el litoral brasileño. Llegamos hasta el Estado nordestino de Alagoas, cerca de la frontera con Pernambuco, y comenzamos a descender de vuelta a Sampa. Os escribo desde Sergipe, un pequeño estado entre Alagoas y la inmensa Bahía. Aquí, en Pirambu, pocos kilómetros al norte de la capital sergipana de Aracaju, se respira un clima de tranquila belleza; el mar no hace alardes, pero todavía deja ver los mil tonos azulados que se quedaron grabados en nuestra memoria en los mil mares alagoanos.

 

A cada rincón, una bolsa, un vaso descartable, un embalaje; siempre plástico, plástico por todas partes, que la inconsciencia humana arroja a ese mar que nos da la vida. La belleza indescriptible de estos paisajes, el agradecimiento y la humildad que me asolan ante la grandeza exhuberante de la Naturaleza, de cada uno de los ecosistemas brasileños, se entremezclan con una tristeza infinita por la arrogancia y la ignorancia de un ser humano obstinado en maltratar la mano que le da de comer; en dañar a esa madre, Pachamama, que se obstina también en seguir alimentando a su hijo más malcriado. Se obstina todavía, pero algún día no podrá más. Y ahí, como dijo aquel jefe indio norteamericano hace cuatro siglos, nos daremos cuenta de que el dinero no se come, y veremos con la misma lucidez que aquel otro jefe samoano que nuestra civilización, esa misma que fue capaz de llevar el desarrollo tecnológico y cultural del hombre a niveles antes nunca pensados, lleva ya siglos en una carrera de locos que nadie puede ganar: esa que nos empuja a trabajar el día entero en cosas que odiamos para consumir cosas que no necesitamos y que van esquilmado -antes lentamente; ahora, con 7.000 millones de almas poblando el planeta, a mayor velocidad- los recursos generosos, pero limitados, de ese Planeta que llamamos Tierra cuando deberíamos llamar Agua; el Planeta Azul. Y se me viene a la cabeza una frase de la senadora y activista verde Marina Silva que, colocado en un cartel en Trancoso, al sur de Bahia, nos recordaba que «la naturaleza tiene una esencia femenina: No tiene cómo defenderse, pero sabe vengarse como nadie».

 

En los más de 5.000 kilómetros que hemos recorrido desde que salimos de la caótica capital paulista, hemos recorrido los estados de Rio de Janeiro, Espíritu Santo, Bahia, Sergipe y Alagoas. Hemos visto cómo cambiaban los paisajes, las tonalidades de verdes, al tiempo que lo hacían también los acentos, los rasgos de las personas que íbamos encontrando en el camino. Eso sí: los paisajes, tan diversos, eran todos hermosos, ricos, verdes. La tierra es muy generosa en Brasil. Lo sigue siendo después de cinco siglos de expolio, que no es poco.

 

Al norte del estado de Bahia, pasado Salvador, percibí el mayor contraste paisajístico del viaje: la densa mata atlántica dejaba paso a las palmeras. La mata atlántica se ve todavía frondosa; sin embargo, apenas queda un 7% de ese inmenso mantel verde que cubría originalmente todo el litoral brasileño, hasta bien adentro, cuando los portugueses llegaron por primera vez a Brasil -al sur de Bahia, eso que hoy llaman Costa del Descubrimiento-. La parte mejor conservada está en el sureste del país, entre São Paulo y Bahia; en la región nordeste, a partir de Bahia, comienzan a sentirse los efectos del monocultivo. Al norte de Bahia, los coqueiros (las palmeras) comienzan a monopolizar las vistas. En Alagoas el efecto es aún más marcado. El coco abunda no sólo en el paisaje, sino en la mayor parte de las manifestaciones gastronómicas de la región. Bebemos agua de coco, comemos pescado con salsa de coco y arroz con coco, el postre es una cocada y para tomar, nada mejor que una batida de coco con cachaça. En la playa, bajo ese sol de justicia nordestino, la sombra de las palmeras es de las más dulces y providenciales, y esos kilómetros de coqueiros otorgan a las playas alagoanas ese aire caribeño que tan bien combina con el azul y el verde del mar. Los artesanos locales fabrican con coco sus collares, pendientes, cajitas, monederos. Dios estaba inspirado, caprichoso, el día que inventó el coco. Y sin embargo, nos alerta Alisson, el coco está muy lejos de ser una especie autóctona. La realidad es mucho más perversa. Los portugueses trajeron el coco hace cuatro o cinco siglos, viendo que el árbol africano se adaptaba con facilidad al clima y al suelo de la Suramérica tropical. Hoy, con el país volcado al agronegocio exportador, el coco vuelve a ser rentable, y los coqueiros monopolizan el paisaje alagoano casi con codicia. Las hermosas vistas de la Praia do Gunga (en la imagen) son el mejor ejemplo de ello: en esa foto se condensa la contemplación de la belleza de las palmeras a la orilla del mar y la intuición de que alguna cosa está errada cuando kilómetros de suelo ven crecer una sola especie.

 

Al sur o al norte de la playa de Gunga se suceden kilómetros en los que la caña de azúcar monopoliza el paisaje y la economía. Como en otros estados nordestinos, la caña, que fue otrora la principal fuente de riqueza del país, vuelve con fuerza e impone un cultivo conocido por la devastación que provoca en el suelo -como casi todo monocultivo- y por la dureza del trabajo de recogida, que tan a menudo utiliza a mano de obra en condiciones análogas a la esclavitud. El Brasil de los siglos XVI y XVII creció al albor del azúcar hasta que, con el suelo ya devastado, con la mata atlántica ya casi extinguida en las regiones más al norte, el descubrimiento de metales preciosos en otras regiones, principalmente en el actual estado de Minas Gerais, desplazó el núcleo de poder de Brasil y el eje de la economía. Después vendría también el café, que está en la raíz del rápido desarrollo y prosperidad de São Paulo. En común a toda esa historia: monocultivo, exportación, expolio, trabajo esclavo. Hoy que Brasil se yergue orgulloso de su poderío económico, consciente de su riqueza natural, con una población a la que Lula da Silva regaló buenas dosis de autoestima, y ahora que los poderosos del próspero hemisferio norte reciben una severa dosis de humildad, continúa predominando, sin embargo, esa orientación exportadora y asentada sobre el latifundio que no sólo expolia los recursos naturales con una rapidez y capacidad de devastación superiores a la enorme generosidad de la tierra, sino que también perpetúa las miserias del modelo social que arrastra el latifundio: desigualdad y pobreza.

 

A nuestro paso por Alagoas, vemos varios campamentos del Movimiento de los Sin Tierra (MST) y de otros movimientos que luchan por un reparto más justo de la tierra. El MST nació en 1984 con un firme objetivo: la reforma agraria, la deuda pendiente y urgente de un país que está entre los más latifundistas del planeta desde su propia fundación, cuando los portugueses decidieron dividir el territorio en inmensas capitanias hereditarias. En Brasil, el 1% de los propietarios poseen el 40% de la tierra; el índice de concentración, donde el 0 es la máxima igualdad y el 1 la máxima desigualdad, alcanza el 0,85. Lo peor es que esos datos no han mejorado un ápice desde 1950. Sólo con el gobierno de Jango la reforma agraria estuvo un poco más cerca de hacerse realidad; las oligarquías no tardaron en derrocarlo e impusieron una dictadura militar que consolidó el modelo del agronegocio exportador al que hoy da continuidad esa izquierda moderada de Lula y Dilma. Los Sin Tierra siguen luchando a través de su principal arma: las ocupaciones de tierras baldías. Familias campesinas sin casa ni tierra ocupan territorios que no están siendo utilizados para exigir su expropiación y reparto, basándose legalmente en los principios de una Constitución que defiende la función social de la tierra. Según el MST, unas 186.000 familias esperan su reasentamiento en campamentos. A menudo deben enfrentarse a la violencia de las oligarquías rurales ante la indiferencia e hipocresía de gobiernos rehenes de la bancada ruralista en el Congreso y del impulso económico que garantizan las multinacionales del agronegocio, esas mismas que multiplican su lucro con agrotóxicos y transgénicos y arrebatando la plusvalía a campesinos despojados.

 

Alagoas condensa las contradicciones de un Brasil rico, bello, exuberante y también desigual y violento. Un país bonito por Natureza en el que, hoy como en los tiempos de los quilombos, ese reducto de libertad que conquistaron los esclavos negros, miles de personas luchan por cambiar las cosas, para Brasil y para el mundo.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.