Albania, transiciones y memorias históricas

Una visita a la capital albanesa invita a la reflexión sobre cómo los pueblos gestionan su memoria histórica más reciente: Tirana muestra que es compatible recordar lo más oscuro del régimen de Hoxha y rendir honores a los partisanos antifascistas.

0
153

Albania fue posiblemente el país más aislado del mundo, sólo por detrás de Corea del Norte. Perteneció a uno de los dos bloques de la Guerra Fría, pero incluso dentro de éste fue enemistándose y rompiendo relaciones paulatinamente con quienes tenían que haber sido sus aliados naturales: primero con la Yugoslavia de Tito, luego con la URSS post-stalinista, finalmente también con China tras su acercamiento a Estados Unidos.

Albania, tras esta historia de desencuentros múltiples, decía de sí misma que era el país más puro en la aplicación del socialismo, el único país socialista del globo, incluso. Pero tenía miedo de todos. Convivía con la permanente aunque seguramente ilusoria amenaza de una invasión oriental o quizás occidental, quién sabe. Aunque la persistencia del trauma es entendible conociendo un poco la historia previa del país.

Sea como sea, los búnkeres defensivos horadan todo su territorio. Se cuentan por muchos cientos. Algunos, dos por ejemplo en Tirana, se han convertido en museos. Visitarlos es el mejor ejercicio posible para comprobar cómo es posible que un país hasta hace muy poco tan cerrado, tan ensimismado, con unas élites tan temerosas tanto de lo que llegaba de fuera como de lo que tenía dentro, ha podido realizar semejante ejercicio de memoria sobre sí mismo en cuestión de pocos años, de unos pocos lustros, ni siquiera de décadas.

Se trata de un trabajo de recuerdo que es una evaluación del régimen de Enver Hoxha con todo lo que tuvo de oscuro -no dan margen a ni una sola luz- que también tiene lugar en el Museo de Historia o en la Casa de las Hojas, la sede de la antigua Sigurimi. Es un ejercicio que no se ha hecho aún en un espacio museístico en España con la dictadura franquista, pese a que esta última cayó quince años antes que el régimen pseudo-comunista albano y databa también de más antiguo.

En definitiva, esta manera que tiene Albania, pero también otros países del Este, de hacer memoria (en sus dos acepciones de recordar y de construir recuerdos) en los museos, creando un relato colectivo sobre el pasado, o en las calles, quitando o preservando honores, difiere drásticamente de la española, por inexistente en este último caso.

Podríamos atribuir la diferencia a varias razones y esbozar hipótesis. En primer lugar, es posible que en la sociedad albanesa haya un elevado nivel de consenso sobre la historia reciente de su país, un consenso que vendría además reforzado por la legitimidad que aportaba a la caída de su régimen que a nivel internacional se estuvieran viendo procesos similares con el derrumbe del socialismo real en casi todos los Estados (al menos europeos) en los que sobrevivía.

En España, ese consenso sobre el pasado no existe. No hay un relato colectivo sobre la historia reciente del país. La historia española del siglo XX es un campo de batalla. Tampoco ha habido intentos por parte de las élites políticas por tratar de construir ese acuerdo histórico con apoyo historiográfico. El bienintencionado afán de conseguir la reconciliación nacional tras una guerra y en mitad de una cruenta dictadura conllevó, de facto, una legitimación de las razones y las posturas de todos –o puede que más las de una parte, la más poderosa y más capaz de encontrar un mayor eco para su interpretación interesada y exculpatoria de los hechos–. Siendo esto así, en el mejor de los casos, provocó que cada cual tuviera su propia memoria sobre lo sucedido y que los recuerdos y visiones particulares y partidistas primaran sobre la verdad histórica.

La presencia de la memoria histórica en los museos albaneses y la inexistencia en la museística española de un relato sobre nuestro pasado reciente también puede tener que ver con cómo acabó el régimen en un caso y en el otro.

Los sistemas así llamados comunistas fueron derrotados, sufrieron un derrumbe sin paliativos y en toda Europa del Este, y ello en una época en que el bloque capitalista presumía de vivir en su apogeo.

El franquismo también fue vencido, pero quizás sin que lo pareciera tan a las claras ni de manera tan contundente, si es que entendemos la Transición como una reconciliación entre las dos Españas que, las dos, habían hecho tanto cosas buenas como cosas malas. Ese poner en pie de igualdad a los demócratas de la Segunda República Española y al régimen dictatorial de Franco hace muy difícil narrar una historia respetuosa con la ciencia y que no moleste a nadie.

«Héroes del pueblo»

Pero queríamos hablar sobre todo de Albania. Y lo que maravilla de su manera de hacer memoria, sobre todo viniendo de España, es que una condena sin paliativos al régimen de Enver Hoxha no resta ni un ápice al reconocimiento a los «héroes del pueblo» que en Albania siguen siendo los partisanos antifascistas, muchos de ellos comunistas, de la Segunda Guerra Mundial. Su heroica historia -incluida en ella de la Hoxha, también partisano en su juventud, y la de otros dirigentes que fueron del régimen- goza de todos los honores en los museos y en las calles de Tirana.

Qué bonito consenso, sobre todo en un momento como el actual, alrededor del valor del antifascismo y de la condena a un socialismo sin libertad (si es que el socialismo puede llamarse así si no es la libertad una de los ánimas que lo inspiran).

Aunque Tirana también es la muestra de cómo se cae en la tentación del resplandor vacuo de un capitalismo monopolista que tiende naturalmente a la concentración de la producción y la riqueza y que borra las señas de identidad de cualquier sociedad: en la capital albanesa no hay prácticamente representación de las grandes cadenas globales, es cierto, pero sufre del verdadero drama de las franquicias locales, fotocopias unas de otras y a su vez éstas inspiradas en las occidentales. Estas firmas ejercen de disolvente de lo auténtico (qué será lo auténtico, también es verdad) y se reproducen a sí mismas en todas las esquinas de la ciudad, con terrazas cubiertas a reventar de gente con la venia para fumar y dotadas con estufas hipercontaminantes que hacen el aire irrespirable, más todavía en tiempos de Covid.

Algo parecido sucede con los modernísimos rascacielos de cristal de colores que jalonan las calles por todas partes y que amenazan con irse haciéndose los dueños indiscutibles del lugar. Fascinación capitalista. Obnubilación por lo pretendidamente moderno. Aunque esos brillos (sobre todo en la noche) y sus imaginativas formas arquitectónicas son muy tentadores, los ojos de los viajeros seguro que se dejan llevar todavía más por los aún elegantes edificios de apartamentos de la época comunista que se encuentran alrededor de la casa en la que vivió Hoxha, y, sobre todo, por las casas más humildes, cuyas fachadas pintan de colores desde hace unos años, o, aún más, por las que son de ladrillo visto (no bonito, como el habitual en España), sino el de obra, de tal manera que parece evidente que la vivienda se quedó así porque no había dinero para más.

Este ‘totum revolutum’ en la arquitectura y el urbanismo de Tirana es multiculturalismo en términos religiosos. Del ateísmo (Albania ha sido el primer y único país ateo por decreto) se ha pasado a un verdadero espectáculo callejero en el que disfrutas de la musical llamada del muecín que logra imponerse al ruido del endemoniado tráfico mientras te ciegan las luces de Navidad.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí